MANIFIESTO DE MI TELEVISIÓN MATRIARCAL: POR LA ELIMINACIÓN ICONOGRÁFICA DE LOS VARONES

Nacho Palomitas en los Ojos

palomitasenlosojos.com

Mi televisión es un matriarcado donde la presencia de los hombres si bien no está prohibida se reduce a mera tramoya sentimental y excepcionalmente a ser objeto de deseo ya que ese magnífico medio que es el cine parece que ha sido capaz de evolucionar hasta afinar la visión tridimensional pero aún no ha sido capaz de crear una retórica de la mirada de deseo femenina. Estamos aburridas como espectadoras de ver tantas naves que explotan en nuestras caras y tan pocas miradas de soslayo o de frente dirigidas a glúteos masculinos que se levantan de la cama. Esta purga iconográfica de hombres que estamos llevando a cabo en nuestro televisor ha tenido como principal efecto la eliminación de las historias de honor, de superación y de construcción de masculinidades en ese género que se extiende desde el Bildungsroman, la novela de aprendizaje del S.XIX, novela de transición entre la niñez y una adultez descaradamente heterosexual, hasta gran parte del cine mainstream de los ochenta. Niños y hombres, por no hablar de los horrorosos niños-hombres de las películas de la factoría de Judd Apatow como Supersalidos o Virgen a los 40, sus exageradas muecas y mohines varoniles, así como sus ridículos mitos han sido desterrados con un bostezo producido por el aburrimiento de una historia que nos ha sido contada hasta la extenuación: la de la riña de patio y la patada a la espinilla. En ese panorama ginocéntrico el único placer culpable que nos permitimos es Wes Anderson ya que en el modo terriblemente aparatoso y barroco con el que demuestra sus paranoias masculinas (especial atención a Daddy’s Issues) no podemos ver sino otro signo de decadencia de ese estado defectuoso del espíritu que es ser hombre.
En nuestra casa junto a la manta, la gata y la infusión relajante desfilan mujeres que luchan, que trabajan, ¡¡¡que aman!!… porque señores, las mujeres en el cine amamos como los hombres conquistan el Oeste, dan un derechazo o disparan a un villano es decir, con la determinación con la que una se enfrenta a una gran aventura. Consideramos que las historias sentimentales si bien son cepos ideológicos en los que podemos vernos atrapadas, no son ni mucho menos una distracción de los espíritus inferiores sino un refugio narrativo que ha hecho mucho más por crear una “habitación propia” para las generaciones pasadas de mujeres que muchos de nuestros arquitectos y sus cocinas panópticas donde la madre creía gobernar la casa pero donde en realidad era vigilada por todos los flancos. Las mujeres leyendo los libros románticos de la colección Arlequín o viendo las novelas en el televisor del comedor extenuadas tras recoger los platos y limpiar las migas del pater familiae creaban un reino epistemológico propio que combinaba los más grandes y los más vulgares sentimientos pero que era impenetrable para el Varón. Por eso mismo odiamos y maldecimos la figura del varón posmoderno melodramático ejemplificado en el autismo masculino de Bill Murray, por su apropiación de los giros de un género que jamás debió pertenecer a los hombres.
Como espectadoras no somos expertas ni académicas porque la voz de la Academia es la voz del Varón Titulado sino que somos herederas de las amas de casa tradicionales ante un televisor de sobremesa, es decir, estrictas con los hábitos pero erráticas con los contenidos, pasionales con las historias pero dormilonas por el descanso que merecemos como espectadoras y como trabajadoras de esta miserable sociedad hetero-patriarcal y capitalista en la que nos ha tocado vivir. De este modo el cine se convierte en un arte cotidiano donde la pantalla es una radio y no un altar: en nuestras proyecciones privadas discutimos vehementemente, lloramos, dormimos y volvemos a poner la escena del beso porque “casualmente” nos hemos perdido un diálogo esencial para la trama. Exigimos que nos liberen de nuestros prejuicios intelectuales y que los directores y directoras repitan la escena del beso desde distintos ángulos (un recurso que a día de hoy sólo es utilizado por los creadores y creadoras de series románticas de Corea, el principal exportador audiovisual asiático) porque la lógica de la Espectadora Sentimental no es sólo narrativa o utilitaria sino que precisa del placer de la mirada que es obtenida por la repetición de una acción significativa (el esperado beso). Nuestro grito de guerra es “¡¡Rebobinado y placer escopofílico!!”.

La eliminación iconográfica del varón nos ha llevado a descubrir una serie de relatos que de una manera puramente pasional y atropellada pasamos a reivindicar. Uno de los títulos más emblemáticos de un cine sin hombres es una película maravillosa pero muy problemática como es The Women (1939) de George Cukor, título donde no aparece ni un solo hombre en sus dos horas y pico de metraje (ni siquiera se escucha su voz) en una historia de lujo en plena época de Depresión llena de todo lo que nos gusta a las señoras: amores contradichos, mujeres divorciadas, vestidos aparatosos (genial la escena del pase de modelos que es merecedora de un secuencia en color) y diálogos afilados (“Tu padre era un hombre excepcional en muchos aspectos excepto en ese”). Sin embargo la mera ausencia de hombres en este relato acaba convirtiéndolos en el centro del relato, su retirada es puramente física y multiplica su importancia simbólica que hace que todos los diálogos y acciones estén marcados por esos varones que se escamotean. Centralidad que queda ejemplificada en la maravillosa pero masoquista última escena final.

Dentro de este hilo de cine sin varones debemos destacar especialmente la década de los 40 que fue la época dorada del melodrama de Hollywood y no por casualidad: la ausencia física de hombres durante la Segunda Guerra Mundial hace que las mujeres acaben en las fábricas, como Rosie the Riveter, pero también en los cines donde pudieron gastar los primeros sueldos después de la gran noche de la depresión económica. La década pasa entre los melodramas maternales de la hierática y lechosa Joan Crawford encabezados por Alma en suplicio (en original Mildred Pierce, 1945) y se encuentra con dos magníficas obras de Bette Davis: Amarga victoria (1939) donde una rica y promiscua vividora acaba con un tumor cerebral en justo pago por sus fechorías lo que le lleva a un bello fundido en negro, y La extraña pasajera (1942) donde Bette Davis pasa de monstruosa solterona a sofisticada mujer de mundo arrastrando un secreto apasionante aunque un poco tonto.
La Segunda Guerra Mundial acaba con una forzada vuelta al hogar de las mujeres norteamericanas a base de machacar la mística de la feminidad y de ampliar casas unifamiliares y suburbanas en los extrarradios de las ciudades. Si existe una película que condense ese momento histórico a través de una trama sentimental es Imitación a la vida (1959) del grandilocuente Douglas Sirk que llevó a su máxima expresión el melodrama clásico en una historia de cuatro mujeres de diferentes razas, clases y edades que crean un complicado microcosmos familiar en una película que lo tiene todo, y además, en abundancia y en preciosismo. Ese mismo año el director Jean Negulesco retrata el maravilloso mundo de las mujeres outdoors, el de las secretarias y sus vaivenes sentimentales en Mujeres frente al amor un verdadero Mad Men femenino de la década con mucho drama e inesperados giros realistas, abortos incluidos.

an_unmarried_woman

Fotogramas de An Unmarried Woman (1978)

Si tuviéramos que destacar una película sentimental que identificaríamos con el surgimiento de la Segunda Ola del feminismo, años sesenta y setenta, sería An Unmarried Woman de Paul Mazursky (1978). Una de nuestras películas femeninas favoritas que trata sobre una mujer madura que vive su divorcio con el apoyo de un grupo de amigas con las que se reúne semanalmente y cuyos encuentros se sitúan entre los grupos de autoconciencia femenina, el relato-río y Sexo en Nueva York. La película es absolutamente maravillosa y está llena de guiños intelectuales, diálogos inteligentes, escenas conmovedoras y un personaje principal absolutamente arrebatador interpretado Jill Clayburgh.
Los ochenta con Reagan y Thatcher en el poder no fue una buena década para las espectadoras ya que los cines se llenaron de historias terriblemente ofensivas como Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987) verdadero manual anti-feminista donde una mujer soltera y triunfadora deviene una psicokiller destroza-familias hasta convertirse en uno de los signos de la política de género de la época. Sin embargo, el cine mainstream nos dio alguna alegría en historias centradas en el ámbito laboral del estilo de Cómo eliminar a su jefe (Collin Higgins, 1980) donde la sororidad laboral de tres empleadas consiguen dinamitar el sexismo de su empresa y que presenta un escenario contrario a Armas de mujer (Mike Nichols, 1988) donde un mujer de clase trabajadora vive su sueño de escalar en el mundo empresarial neoliberal a fuerza de enfrentarse y manipular a su malvada jefa y a base de usar una mascarada que es tanto de clase como de género.
Para ir terminando con esta improvisada lista de películas donde los hombres son accesorios y si nombramos por encima títulos sobradamente conocidos como 8 Femmes de Ozon (2002) o Ghost World de Terry Zwigoff (2001) debemos destacar una serie de títulos extraños de la década de los 90 que se salen del estereotipo de mujeres malvadas y/o consumistas como Jóvenes incomprendidas, originalmente Foxfire, (1996). Una película de la directora Annette Haywood-Carter y basada en una novela de Joyce Carol Oates, protagonizada además por Angelina Jolie y que trata sobre un grupo de chicas malotas que se unen en una pandilla tras haber sido acosadas por uno de sus profesores. Así como But I’m a Cheerleader de Jamie Babbit (1999) una comedia romántica acidísima sobre una porrista que es internada en un campamento para reformar a gays y lesbianas.
Actualmente y contradiciendo la tendencia de una cartelera repleta de pósteres con varones en poses ridículas en los últimos meses nos hemos llevado unas cuantas alegrías con las dos películas protagonizadas por Sandra Bullock (no vuelvan a hablar mal de Sandra Bullock, ¿me entienden?, ¡¡nunca más!!): Gravity de Alfonso Cuarón que crea un nuevo estereotipo de heroína femenina (científica y no neumática) y la ignorada por increíblemente divertida Cuerpos especiales de Paul Feig con la guionista Katie Dippold. Junto a ellas y sólo en algunos cines selectos, la maravillosa Gloria de Sebastián Lelio sobre la vida de una mujer de cincuenta años en el Chile actual y su camino hacia la autonomía personal en una película llena de comentarios jugosas sobre la vida familiar, la soltería, el sexo e ir haciéndose mayor pero del mejor modo posible.
Esta lista si bien tiene grandísimas lagunas está escrita para recordar, primero, que las aventuras masculinas no son universalmente válidas. Segundo, para recordar que por encima de estadísticas que nos hablan de la escasa participación de las mujeres en todos los pasos del cine, incluido la crítica (70% de la crítica en EE.UU. realizada por hombres), existen increíbles historias femeninas. Y tercero para celebrar nuestra fuerza como espectadoras, no sólo como consumidoras sino como lectoras de relatos audiovisuales y para que desde ese puesto privilegiado veamos que la elección de película un domingo por la tarde su puede convertir además en un gesto político.

imacheerleaderban

Fotograma de But I´m a Cheerleader (1999)
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s