LA REBELIÓN DEL OCIO: ARQUITECTURA UTÓPICA Y DIVERSIÓN ORGANIZADA

Tom Cordell

Traducción: Marie Menard

Ilustración: Paula Presa

TRABAJO DE MIERDA

Recientemente estuve filmando en la ruta turística del monte Atlas, al sur de Marruecos. La parada de las 11 de la mañana consistía en una visita a una fábrica donde se manufacturaba la especialidad local: aceite de argán. Se trataba de una cooperativa exclusivamente femenina que proporcionaba trabajo a mujeres divorciadas.

Como ventana al pasado resultaba fascinante, pero no parecía demasiado atractivo como trabajo. Claro que era mejor que vivir en la pobreza absoluta, pero resultaba aburrido, lento y, casi con total seguridad, ocasionaba artritis; las condiciones generales de cualquier trabajo de mierda.

Pensando en alto, murmuré: “¿No sería mejor utilizar máquinas?”

Nuestra guía turística me recriminó de inmediato: “¡Pero entonces estas mujeres no tendrían trabajo!” Por supuesto, tenía razón; a menos que las mujeres fueran las propietarias de las máquinas.

LA DIALÉCTICA DEL OCIO

Alrededores de Mánchester, Inglaterra, 1932. Cientos de senderistas invadían unos páramos abiertos y baldíos cercanos a Mánchester, propiedad del duque de Devonshire. El duque hacía uso de ellos doce días al año, para cazar en su tiempo libre. Los invasores reivindicaban el derecho de la población local a caminar por los terrenos durante su domingo libre de trabajo. Los guardas se resistieron y el resultado fue la primera rebelión del ocio del mundo.

La invasión de Kinder Scout fue organizada por un judío comunista de veinte años, Benny Rothman. Su gran idea consistió en darse cuenta de que, al reclamar el derecho pacífico a caminar, se podía atacar de manera directa la idea de la propiedad privada. Su desafío no pasó inadvertido para los magistrados locales, que lo sentenciaron a tres meses de prisión.

La pionera politización del ocio de Rothman originó un nuevo movimiento. Unas semanas más tarde, unos diez mil senderistas se reunieron para atravesar Kinder Scout en protesta por las sentencias de prisión.

Entre ellos se encontraba un joven dramaturgo y cantante llamado Jimmy Muller, cuyo nombre artístico era Euan MacColl. MacColl y su futura esposa, Joan Littlewood, fundaron una nueva forma de teatro politizado que se inspiraba directamente en la invasión de Kinder Scout. Creían que la acción masiva basada en experiencias culturales compartidas podía cambiar el mundo. Diecisiete años después, en 1949, una parte de ese sueño se convirtió en realidad: como respuesta directa a la invasión de Kinder Scout, el gobierno laborista de la posguerra creó parques nacionales por toda Gran Bretaña, concediendo a todos los ciudadanos el derecho a acceder a terrenos privados. El ocio había demostrado ser una potente fuerza organizativa para el cambio político.

EL FUN PALACE

Londres, 1964. Un grupo de radicales británicos diseñaba los planos para un enorme edificio que, según creían, abriría las puertas a una nueva sociedad. Lo llamaron “Fun Palace”.

Su visión: un futuro informatizado, mecanizado, libre de trabajos agotadores y tediosos, donde la humanidad tendría libertad para vivir de forma creativa en una era de ocio. Si, en la Gran Bretaña industrial, el trabajo definía la división social y la desigualdad, en una sociedad posindustrial, su antítesis –la diversión– podría curar esas heridas.

El grupo estaba liderado por Joan Littlewood. En los años treinta había creado una compañía de teatro itinerante llamada Theatre Workshop, comprometida con su sueño de utilizar el arte como catalizador para crear una nueva sociedad socialista. Tras muchos años de pobreza y lucha en el camino, Littlewood por fin obtuvo éxito y fama a principios de los sesenta.

El diseño del proyecto corría a cargo de un joven arquitecto llamado Cedric Price. Se trataba de un hombre cuyo trabajo llegaría a reconfigurar la arquitectura moderna, aunque apenas terminó ningún edificio. Price era un antiarquitecto que, por lo general, veía la construcción como la solución equivocada –en una ocasión, aconsejó a un cliente que quería una nueva vivienda familiar que la solución a su problema no eran los ladrillos y el cemento, sino el divorcio–.

Como impulsor del proyecto se encontraba un hombre enormemente popular en los sesenta, aunque prácticamente desconocido hoy: Tom Driberg, columnista de la prensa rosa, personalidad televisiva y miembro de la izquierda laborista en el Parlamento británico. Su visión de un futuro igualitario se forjó durante las horas que pasaba cada día en busca de sexo gay en los baños públicos de Londres. Aquí, durante la búsqueda de sus propios placeres, descubrió que todos los hombres eran iguales ante la porcelana. Para Driberg estaba claro que el cambio radical tendría que apropiarse del espacio y hacer uso de él de modos que fuesen mucho más allá de la imaginación de sus diseñadores.

Los dibujos detallados se superponían al nuevo edificio situado sobre la árida zona industrial abandonada del este de Londres. Las ilustraciones subrayaban cómo se pondrían ahora al servicio de la diversión de la gente los espacios que habían albergado un día el trabajo industrial de masas. Se esperaba que los usuarios reconfiguraran las actividades del palacio, incluso el edificio mismo.

He aquí una muestra del manifiesto del Fun Palace:

Elija lo que quiere hacer –u observe a otra persona hacerlo–. Aprenda a arreglárselas con lasherramientas, la pintura, los bebés, la maquinaria, o simplemente escuche su melodía preferida. Baile, converse o déjese llevar adonde pueda observar cómo otros hacen funcionar las cosas. Manténgase al margen por el lugar con una bebida y póngase al día de lo que ocurre en el resto de la ciudad. Pruebe a comenzar una rebelión…”

Pero el Fun Palace no iba a poder ser. En octubre de 1964, mientras Price se encontraba bosquejando el diseño, Littlewood declaró a la revista Vogue: “Preveo el desastre de esta catedral-burdel. Me estoy arriesgando. ¿Qué importa? Algún día funcionará.”

La derrota no vino de las fuerzas reaccionarias capitalistas, sino de la Izquierda. La oferta del palacio sobrepasaba la imaginación de la institución laborista tradicional; para ellos, el poder de la clase obrera provenía de la identidad laboral, de la familia y de la represión que estas necesidades más frívolas ejercen sobre el placer. Se propagaron rumores de que el palacio pervertiría a los inocentes, de que los actores (universalmente conocidos por sus principios transgresores) estarían disponibles para tener relaciones sexuales con el público en los arbustos del exterior del edificio.

Las reuniones para presentar el proyecto solo consiguieron intensificar la hostilidad. Un residente local vociferó: “¿Una nueva actitud hacia el tiempo y el espacio? ¿De qué está hablando? Yo les diré de qué va esto: un montón de alborotadores infestando el lugar día y noche.” La clase trabajadora urbana mostró escasa inclinación por emanciparse a través de este tipo de cultura. Un hombre le dijo a Littlewood: “Ya tenemos todo lo que necesitamos aquí: un museo, un cine, y las mujeres tienen sus labores.”

E” DE “EMANCIPACIÓN”

La visión más general del Fun Palace terminaría por realizarse, aunque de dos formas diferentes y totalmente contradictorias. Arquitectónicamente, el concepto de edificios reconfigurables de alta tecnología de Price inspiró incontables aeropuertos y esos templos de acero y vidrio de la iniquidad: el edificio Lloyds y el Shard.

Por fortuna, el verdadero espíritu del palacio cobró vida a finales de los ochenta con una aplicación convenientemente radical de la tecnología al ocio de masas: a través de la farmacología. El consumo masivo de éxtasis en las fiestas rave –que, de forma adecuadamente transgresora, se organizaban en espacios industriales de trabajo abandonados– conseguía crear, al menos durante unas pocas horas, un mundo sin distinciones de clase. De forma todavía más significativa, le daba al trabajador la oportunidad de elegir maximizar sus propios niveles de serotonina durante su tiempo libre y concentrar su posterior disminución durante la siguiente semana de esclavitud asalariada.

La mezcla desinhibida de sexo y éxtasis que dominó la escena rave durante los noventa y los dos mil fue algo que Driberg –uno de los primeros activistas a favor de leyes liberales en materia de drogas– hubiera apoyado con toda seguridad.

Hay que admitir que esta utopía se desvaneció con la crisis, y los rumores de que ciertos ministros del gabinete tory habían consumido éxtasis en su juventud hacen que sea todavía más difícil pensar que solamente las drogas pueden ayudar a crear un mundo mejor. Los ricos y poderosos tampoco han renunciado nunca a nada si no existía alguna amenaza de violencia.

Pero ahora que la solidaridad social basada en el trabajo parece tan ajena a la moderna existencia urbana como el espectáculo de la extracción manual de aceite de argán; en estos tiempos de desempleo y subempleo masivos, quizá necesitamos retomar la idea de Benny Rothman de organizarse en torno a la diversión compartida. ¿Alguien a favor de una rebelión del ocio?

leisure riot 300ppp-Paula Presa

Artículo publicado originalmente en Strike! Magazine, summer 2013, pp. 18-19 http://issuu.com/strikemagyo/docs/strike_3_forissu Strike! Magazine es una publicación independiente de agitación cultural que se distribuye trimestralmente en Gran Bretaña.
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