FASHION BEAST. O DE CUANDO LA MUERTE DE LA INOCENCIA DIO PASO A LA DICTADURA DE LO MUNDANO

Elisa McCausland
reinohueco.blogspot.com.es

 

FASHION BEAST COVER

Alan Moore, con Malcom McLaren (Sex Pistols)
Anthony Johnston / Facundo Percio
FASHION BEAST
Panini Comics (2013)

 

En un mundo saturado de objetos de consumo y sujetos consumibles, en el que el trabajo ha perdido su valor, la única salida es poseer una “cartera de conductas posibles”. Nace Kate Moss como arquetipo en 1990, momento en el que acaba Fashion Beast. Porque, por mucho que sus autores insistan en la negación de un marco específico; por mucho que incidan en que podría haber ocurrido en cualquier tiempo y lugar, que podría tratarse de cualquier guerra (cualquier posible Apocalipsis), este cómic exuda años ochenta y cierta visión de futuro; uno que, para nosotros, ya es pasado, pero no por ello caduco. La importancia de este producto, pensado y escrito por Alan Moore y Malcom McLaren en los ochenta para cine y adaptado en este siglo a formato cómic por Anthony Johnston, radica en que sus autores intuyeron certeramente la inanidad que vestiría, no solo la siguiente década, también el siguiente siglo. Y eso es digno de elogio.

Más allá del supuesto trasunto posmoderno de cuento de hadas que nos han querido vender, este cómic es reflexión y conjuro, al estilo Alan Moore. Concebido como guión cinematográfico en 1985 por encargo de Malcom McLaren, el famoso mánager de los Sex Pistols, y adaptado a formato cómic por Anthony Johnston, Fashion Beast es definida por el guionista Alan Moore en el prólogo de la presente edición como “extravagante y bullanguero conglomerado de la vida torturada de Christian Dior fusionada con la fábula de La Bella y la Bestia y la estremecedora y luminosa adaptación cinematográfica que Jean Cocteau hizo de esa historia”. No obstante, y más allá de las coordenadas de rigor, donde cabría añadir el interesante dibujo de Facundo Percio, que mantiene el pulso a lo largo de los diez números que componen el tomo editado por Panini, cabe insistir en esta obra como artefacto visionario.

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Fashion Beast
habla de un tiempo en el que, “alejada de la historia y de la política, la mujer modelo no conoce ni las tentaciones del mal ni los tormentos del deseo. Es una superficie plana y mate sobre la cual se inscribe en relieve la ropa. Como siluetas que desfilan en las pasarelas, las modelos son las silenciosas centinelas del estilo” (Christian Salmon). O como apunta Jean Claude Celestine, el diseñador y magnate de la moda sobre el que versa esta historia: “Ser un maniquí es ser la muñeca a través de la cual se hace el vudú. Ese es el sentido de ser modelo”. Y es que, a diferencia de las actrices de cine antes de los noventa, la modelo no tiene storytelling. Eso se debe a que esta moda, la anterior a la caída del muro y el pistoletazo de salida del neoliberalismo, es continuo homenaje al genio del modisto, del creador. Una moda concebida como “convento consagrado a la invocación del bello estilo”: lo que sucede sobre la pasarela es una ceremonia donde el cuerpo desaparece para dejar que la ropa hable.

Celestine vive en su torre de marfil, en su cuarto oscuro, en su celda. Representa el Viejo Orden, uno donde la manufactura es el ritual y el vestido, el ansiado milagro. Arquitecto de un sentido de la realidad cercano a la mística, donde se concibe la moda como la última religión, se atreve con una última tirada de su baraja de tarot. Adelantan los arcanos el nuevo orden narrativo por venir. El económico ya está decidido: Escenario de crisis, con un invierno nuclear como amenaza y una guerra ampliando el campo de batalla del capital. En este contexto, la moda es señalada como cómplice. Materialista, superficial, interesada. Pocos comprenden que no quiere espectadores o consumidores, sino fieles. Los detractores gritan en las calles: “Estamos en guerra: nuestro enemigo es la extravagancia”. A lo que Celestine, resignado, responde: “Su mundo es frágil y no soportan ver cómo se exhibe su fugacidad”.

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La moda concebida como religión necesita de signos del más allá cuando la fe se debilita. ¿Cómo seguir alimentando el mito cuando lo viejo ya no sirve? Adaptándose a los tiempos, lo que implica una mutación, la de las relaciones entre cuerpo, sexo y género. Es por esto que la niña abandonada, el maniquí del nuevo orden, no tiene cuerpo ni de hombre ni de mujer. Puede ser cualquier cosa. La modelo-objeto sobre la que añadir el traje queda atrás, como quedarán las sólidas diosas de carne y carne que inmortalizaron fotógrafos como Helmut Newton o Patrick Demarchelier en las Vogue de principios de los noventa. La protagonista de Fashion Beast representa una nueva especie. Es white trash con aspiraciones. Se llfashion beast3ama Muñeca por nostalgia; lo subraya el contraste entre ella y los maniquíes sin vida que ordena una operaria justo después de su elección como modelo principal por le patron Celestine. “Mi madre me regalaba muñecas; le gustaba que jugara con ellas” comentará en el más revelador de sus encuentros el modisto a su musa.

Nace la heroína de esta historia de una aparente ambigüedad, pero conforme avanza la fábula, Muñeca Seguin va revelando sus motivaciones –deseo ciego de fama y reconocimiento, aunque no los merezca-. Una andrógina guardarropa con ambiciones en la moda que aprovecha sus golpes de suerte. En el trepar adueñándose del trabajo ajeno reside el potencial gentrificador de esta mujer con recursos. El más evidente, la mentira. La protagonista no juega su mano, sino que la gestiona. Cegada por la soberbia y la ambición, se permite creer que está por encima de aquellos que, para los autores de este cuento, significaron a finales del siglo pasado nombres como Gianni Versace o el ya mentado Christian Dior. Creador y modelo, que torna a musa, se alían en pos de un proyecto, una idea de la moda que se muere. “En la imagen hay un poder. Nuestros afectos, nuestras vanidades, son las máscaras del diablo que nos dan poder, que nos hacen queridos o temidos”, descubre Celestine a Muñeca. El poder del glamour y su significado más antiguo y original: Magia.

fashion beast7fashion_beastEl tercero en discordia es el artífice de lo que finalmente terminará representando Muñeca, una combinación del “Porque yo lo valgo” y el “Do it yourself” que vertebrará la filosofía líquida propia del capitalismo tardío; los consumidores de antaño convirtiéndose en productores, en empresarios de sí mismos. O como apunta el escritor Christian Salmon: “Una generación aplastada por la conciencia de su identidad narrativa y de la imposibilidad de realizarla, condenada a producir sucedáneos de relatos para sustituir la experiencia real”. Lo que nos lleva, aunque pueda parecer irónico, al resurgir de la carne, pues en el atardecer de los tiempos el cuerpo pasa a importar mucho más que aquello que lo viste. “Se trata de escribir en el cuerpo y no con ropa, sino con un tatuaje, con una sombra o con una actitud” (Miquel Roig, director creativo ejecutivo de Saatchi y Saatchi). El paradigma por el cual Celine afirmaba que “nuestras ropas son más grandes que nosotros, están más allá de las criaturas que las habitan” ha dejado de valer.

Así pues, mientras Jean Claude Celestine esconde el cuerpo bajo la tela, Johnny Tare apuesta por la exposición de la carne. “Todas las ropas tienen que ver con el sexo. Es solo cuestión de qué tipo de sexo”. El modisto que quiere trascender el conflicto benjamiano de la moda con lo orgánico, sabe que el mañana de la pasarela está en la calle: “Mira a todas estas personas, todos esos estilos diferentes. Parecen los últimos cuarenta años de civilización hechos un rebuño en un accidente de tráfico”. La visión de Tare pasa por beber de los márgenes, de “la energía de los verdaderos trabajadores”, para volverla magia, glamour. Para vaciarla de significado y convertirla en significante eterno a la espera del siguiente sentido, de la última y brillante forma de ser, resultar, parecer.

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El suicidio de Celestine (como sucedió con el de Dior) es catarsis y es metáfora: la forma de hacer de antaño ha muerto, devorada por ese relevo que ha dejado de celebrar la ropa para celebrar el nuevo sentido de la vida. La ahistoridad de la moda se estrella contra el “nuevo orden narrativo” que marca el capitalismo global, donde la muerte de la inocencia da paso a la dictadura de lo mundano. Que el relevo, el modisto Johnny Tare, sea un trasunto de Kurt Cobain, con sudadera de Tomboy, apelando a esa ambigüedad donde la identidad se diluye, es una de las claves. El grunge acabando con el glamour del rock; acercando el malestar al escenario. Una estética, la del look waif, que la modelo Kate Moss trasladaría a las portadas de las revistas de moda, a la pasarela. ¿La idea que atravesaba esta mutación? Cualquiera puede ser fashionable. Como afirma el propio Tare, “llevan sus ropas como si fueran banderas. Toda su política, todas las cosas que esperan de la vida, todo resumido por un cierto corte y un cierto color. ¿Y ves cómo se reúnen bajo sus diferentes banderas? Y sí, a veces cambian de idea, a veces vagabundean, cambian de bando. Pero la mayoría de estos críos desfilarán bajo esas mismas banderas durante el resto de su vida, lo sepan o no. Solo por la forma en que piensan. Por su actitud.”

Se diluye el Viejo Orden, pero el germen del futuro no sugiere subversión, o una revolución. “Todo parece feo en este espejo” dice Muñeca al mirarse en la herramienta de control del diseñador muerto. Cuando en el cierre de este cuento Johnny Tare, el portador de la nueva visión de futuro, se asoma a él descubre que es incapaz de reflejar algo que no sea el sistema, perverso y perfecto. No es que la bestia de la moda se alimente de todos nosotros, al contrario; somos nosotros los que, con nuestros miedos y pulsiones, con nuestras ansias de cambio, damos de comer a un monstruo más grande e insaciable. Una bestia que tiene en la moda un interesante aliado que le garantiza la constante novedad.

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Alan Moore y Malcom McLaren firman una fábula sobre un antes y un después. Utilizan la moda como oráculo, y juegan con la idea de una posible cura. La promesa de un Apocalipsis que nunca llega. En su lugar, le damos la bienvenida a la posibilidad de un relato, el del “individuo diseñador” de su guión de vida. Su único objetivo: la simulación. Lo real sustituido por el simulacro, convertidos en esa pesadilla que Salmon concibe como “marca global portadora de un relato de cambio permanente”. No queda otra si queremos sobrevivir en un nuevo y bravo mundo donde los amigos solo importan si engordan tu “valor de marca”.

La osadía es transitoria. ¿La verdadera revolución? Imposible sin guantes de seda. Atraviesan este cómic sangre, tarot y espejos. La magia, el glamour, resucitados. Fashion Beast es odio, herida y realidad en el comienzo; uso (y abuso) de la performance al acabar. Lo que queda después de ésta no es más que la “mecánica humana” (Jean Baudrillard). Lo señalan las cartas en el primer capítulo: el camino, la trampa, siempre es circular. Subraya el espejo deformante este sentido último; espejo que enmarca el comienzo de cada capítulo y que nos habla de la imposibilidad de subvertir el reflejo cuando éste lo ha conformado el sistema hegemónico. Es decir, nuestras más íntimas miserias.

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