DAN PERJOVSCHI: DEL DESIGN AL INSIGHT

Miguel Fernández Campón

Cuando la saturación de imágenes indiferentes ha terminado por obstaculizar el pensamiento, ¿qué particularidades encontramos en los dibujos de Dan Perjovschi (Sibiu, Rumanía, 1961) que logran transformar nuestra percepción del mundo? ¿Qué existe en ellos de no asimilable ni subsumible dentro del flujo iconográfico contemporáneo? ¿Puede hoy una didáctica transmitir una ética desde lenguajes no metafísicos? Cuando Perjovschi, como un maestro de la re-descripción transparente, permite el acceso al público durante la realización de sus instalaciones-performances, ¿qué procesos de comprensión activa?

Si algo habla de la singularidad de las obras de Perjovschi es su creación de cápsulas irónicas de historia. Si el design posmoderno se presentaba como confort de las urbanizaciones del ser, en sus dibujos observamos el insight del evento, donde el punto, la línea y la superficie suponen desvíos desde la perplejidad de existencias a-históricas e intemporales hacia un comprender inmediato. No estamos ante abstracciones ni partículas de clarividencia tautológica, sino en átomos de sentido anómalo donde lo suprimido-olvidado de la historia retorna en acontecimientos de apropiación crítica. ¿Puede llegar a ser inocente la geometría? ¿No ha existido una cancelación de su exterioridad histórica, un silenciar de su hacerse mundo? En Perjovschi no hay posibilidad de neutralidad: un triángulo invertido multiplicado basta para releer la transición desde lo simpático-local de Transilvania hasta la monstruosidad no identitaria de lo general; una línea ondulada identifica la pertenencia de las personas a colosalismos económicos y el trazo discontinuo puede re-interpretar el mundo bajo significaciones político-sociales. Girar, tachar, invertir, subrayar o incrementar elementos imitando la proliferación de semejanzas tardo-capitalista expropia los envíos de un pasado incomprensible en una mundanización del dibujo inmanente. Es eso lo que exclama su visibilidad. Sin embargo, ¿son el punto, la línea y el plano presencias visibles cuyo origen es el presente entendido como periodismo y crónica social?

Dan Perjovschi1

En Perjovschi existe un acontecimiento que nunca fue. Se supuso un futuro a la Rumanía comunista, se produjo la revolución de 1989 y la caída de Ceaucescu. Era el momento de aquello esperado. Sin embargo, como si hubiésemos saltado una página en el libro de la historia, la reconstrucción de la identidad sufrió en pocos años la llegada totalizadora del modelo del Oeste, hasta que Rumanía entró a formar parte de la Unión Europea en 2007. ¿Se trataba de hacer venir al mundo a nuevos ciudadanos bajo los disfraces de neutralidad y homogeneidad de una pediatría neo-ilustrada? ¿Existe un punto de la historia que se superponga a otro punto sin alterar su curso? ¿O tendremos que revivir la vergüenza de explicar la ausencia a una presencia que lo es todo, llegando a relatar la historia universal ante nuevos confesores? En Perjovschi el acontecimiento de la página inexistente del tiempo genera diagramas, sismografías de una ausencia no acontecida que sólo puede enunciarse en la irónica aceptación y repetición de un super-pasado no sabido ni querido. El antes del comunismo local y el después del neo-liberalismo transnacional son, en la sonrisa de Perjovschi, el recuerdo del tránsito por un lugar inexistente. Hay una sonrisa que espacia y disminuye la imposición definitiva, que abre la posibilidad de una ilegible identidad post-comunista. Narrar, enlazar, dibujar, reír: siempre queda el espacio de la permisividad de las otras historias, por inaudibles y no testimoniales que sean. ¿Desde dónde reímos? ¿Occidente puede reír más allá de las genealogías del amo y del esclavo? Si es cierto que ha cambiado el suelo bajo nuestros pies, si bajo nosotros existe, también, la imposibilidad de no caer, pisar debe ser pensar lo inaceptable-inevitable en un Ereignis de la ironía. La auto-colonización y nuestra risa no componen la suma de la unidad, sino el lugar que habitamos en la complicidad de mundos despertados por una instantaneidad amable. Perjovschi agita las reglas del juego del pensamiento cuando ríe, porque acepta su evidencia y la constitución no violenta de otro jugar, como si la procedencia y el futuro fueran ruidos excedentes de una infamia que se desborda desde el centro para despertar el evento.

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Lo super-pasado y su circunscripción totalizadora hacen que Perjovschi necesite espaciar, apropiarse de un tiempo propicio a pesar de su virtualidad (¿ríe desde allí?), donde no alcance la voz de Ceaucescu (la Securitate) ni del Oeste capitalista, al margen a la vigilancia del logos-Dios-Padre que permita una amistad post-metafísica con el acontecimiento, la que ya encontró cuando produjo la instalación Manzanas rojas al tapizar en 1988 la casa y el mobiliario que compartía con su mujer y compañera artística Lia, llevando a cabo sobre la superficie dibujos que sólo ellos podían ver, la misma que, cada día, encuentra en su cuaderno de esbozos y la que encontraba en su infancia cuando realizaba pequeños dibujos que hacían reír a sus compañeros. El espacio de los museos e instituciones es desplazado en una re-significación no ya de intimidad, sino de dislocación contra-histórica comunitaria. La institución es la pizarra de una escuela del no-saber donde Perjovschi cuestiona la instauración onto-teológica de un sujeto que ha erradicado su origen en las ficciones del hombre-dios como si hubiera aprendido a mover las piezas de una correspondencia con lo universal.

Pero el espaciamiento no reintegra nuestros movimientos desde un ideal de espacio eufónico, porque su generalidad emplazaría los modos de ser transvalorándolos en una continuidad monológica insostenible. ¿Quién puede escuchar el mañana sin ser distraído por la seducción del ahora? Es necesaria la experiencia de co-existencia no utópica con el lugar. Por eso, aunque desde que interviniera en el pabellón de Rumanía en la Bienal de Venecia de 1999 su estatus de artista internacional le permite privilegiar ciertas plataformas para su aparición pública, Perjovschi prefiere actuar allí donde considera oportuno, ya sea en los espacios centrales del MoMA o bien en superficies anónimas, lugares a los que se traslada en una antropología no metafísica. No hay un punto privilegiado del recorrido, pues la reversibilidad de cada pasado-presente establece, en todo momento, una minimización ética de la violencia. La mundanidad descompone la historia en disconformidades casuales, en caprichos innecesarios de los vencedores, igual de innecesarios que se muestran sus dibujos ante nosotros, los que hemos aprendido la no legitimidad de los relatos invariables.

El espaciar es una operación que se realiza en el muro. Pero también puede realizarse en el suelo o en la inmaterialidad del cristal, en los espejos o en las zonas de pensamiento virtual del neo-muralismo de las redes sociales. Más allá del muralismo mexicano o del arte parietal, Perjovschi debilita la presencia fuerte, haciéndola eventual y generando re-envíos de irreverencia, donde el acontecimiento se juega en un sentido que no toma la estética como solución y proyecto, pues supondría tomarnos demasiado en serio, como si fuéramos seres que aguardan la llegada de la antigua luz. Equivaldría a decir que algo ha sucedido. Pero no lo ha hecho. Sonreímos porque no lo ha hecho.

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Recorremos una y otra vez la superficie cubierta con dibujos esquemáticos, de diferentes escalas, sin las cualidades auráticas asociadas a este medio, como si fueran aforismos o nubes conceptuales donde nuestra alienación en una temporalidad intemporal desaparece, y encontramos que la pre-geometría no basta para debilitar las imposiciones de la generalidad. Como si de libros ilustrados se tratase, Perjovschi introduce textos que funcionan como complemento lingüístico de las imágenes, pequeñas anotaciones que señalan nuestra pertenencia a lo contextual y que concretan, aún más, la desaparición de los armazones metafísicos. Pero se trata de un lenguaje que no se hereda de forma a-crítica: las palabras abren, en su distorsión, fragmentación o tachadura nuevos juegos de lenguaje y eventualidades sarcásticas que re-significan la actualidad de nuestros diccionarios cotidianos.

Cuando Perjovschi habla en algunas de sus entrevistas de sus intervenciones como time-specific y no como site-specific, está concretando la mundanización del pensamiento como evento no trascendental. ¿No queda diluida la norma en una ética de adaptabilidad no metafísica? ¿No indica un acontecimiento que discrepa de la nostalgia y que acepta, cada vez, tirar los dados, como si supiera que la segunda vez nos sitúa en escenarios de disidencia no violenta? Su estar aquí y ahora se comprueba en el estatuto efímero, provisional y contra-objetual de sus instalaciones. Si en la Bienal de Venecia de 1999 intervino sobre el suelo del pabellón rumano dejando que los visitantes borraran los dibujos con sus pisadas al transitar por el espacio y si en algunas ocasiones dibuja sobre hojas de periódicos publicados el mismo día de la inauguración, habitualmente sus intervenciones permanecen en los muros de museos y galerías algunas semanas para ser borrados poco tiempo después por la blancura institucional. La durabilidad del ser supondría re-instaurar el tiempo como indiferencia. Pero en Perjovschi el ser no existe, acaece, y sólo queda el dibujo como la posibilidad del acontecimiento. ¿No podrían ser los dibujos de Perjovschi interpretados, desde ahora, como un vacío que deja la deconstrucción de las identidades para narrar a nuestro modo, aceptando los errores y las incorrecciones, una historia que re-comience y que tenga por único pasado la inocencia del acontecer?

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