¿CÓMO VOY A INTERPRETAR ESTO, JOHN?

Terry Eagleton

Traducción y notas: Mario Domínguez Parra

Ilustración: Mayte Alvarado

Paul Auster / J.M. Coetzee

HERE AND NOW

Letters 2008–2011

256pp. Faber

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Es un delirio romántico suponer que los escritores sean proclives a tener algo interesante que decir sobre las relaciones con respecto a la raza, las armas nucleares o la crisis económica, simplemente en virtud de ser escritores1. No hay ninguna razón para asumir que un par de distinguidos novelistas como Paul Auster y J.M. Coetzee tengan que estar más enterados del estado del mundo que un físico o un neurocirujano, como tristemente confirma este intercambio epistolar entre ellos. De hecho, no hay razón para que los escritores deban tener algo impactante que decir sobre la escritura, por no hablar de Cachemira o el Ejército Republicano Irlandés de la Continuidad. Sus comentarios sobre sus propias obras pueden ser incluso más obtusos que los de los críticos. Si T.S. Eliot creía en realidad que La tierra baldía solamente era una pieza de rugido rítmico, como una vez afirmó, nunca deberían haberle concedido la Orden del Mérito.

Los comentarios de Coetzee sobre la presente crisis económica no sólo son erróneos sino también hueros. A la economía mundial realmente no le ha ocurrido nada más, escribe frívolamente a Auster, que un cambio de estadísticas2. Es improbable que el Banco de Inglaterra, por no hablar de aquellos que han visto que los mafiosos financieros les han arrebatado sus hogares o sus sustentos, quede más que impresionado por este argumento. Tampoco, a juzgar por su cautelosa respuesta, lo está Paul Auster, aunque siente demasiado respeto por su famoso colega como para expresarlo al instante. Misteriosamente, Coetzee prosigue y sugiere que poner esto en orden requiere un nuevo sistema económico3, una lógica que su amigo por correspondencia sabiamente deja sin mencionar. La verdad es que ninguno de estos dos hombres sabe de economía y no hay razón para que tener habilidad para manejar una metáfora deba otorgarte semejante perspicacia. Es probable que sólo aquéllos que hayan heredado una creencia en el artista como sabio, profeta y visionario se sientan consternados por el hecho de que ninguno de estos bien-pensant liberales tengan muchas cosas originales o profundas que decir sobre la entidad política. Ciertamente, la introspección en el tema más penetrante de Coetzee es darse cuenta de que tiene que callarse. «Llegado este punto», anuncia, comparándose irónicamente con el demente Ezra Pound, «creo que debería abandonar mi rol de comentarista de la actualidad económica»4. Sin embargo, ¿por qué, para empezar, permite entonces que sus absurdas especulaciones se publiquen? Auster, también, admite finalmente que «No estoy muy preparado para hablar de ese tema»5, aunque no antes de hablar sobre ello más bien demasiado.

Coetzee sí que posee, de hecho, una buena cantidad de reflexiones valiosas sobre su Sudáfrica natal pero, excepto algunos apartes sugerentes, no les otorga voz aquí. En su lugar, los dos hombres conversan sobre los libros electrónicos6, las películas de William Wyler7, los beneplácitos de la máquina de escribir8, el curioso fallo de la mujer de Auster a la hora de preparar lombarda hervida para su cena de Navidad9 y el hecho de que Auster se encontrase con Charlton Heston no menos de tres veces en unos pocos días. «¿Cómo voy a interpretar esto, John?», pregunta entrecortadamente sobre estos misteriosos encuentros. «¿Te pasan a ti cosas como éstas o me pasan sólo a mí?»10. A las que responde respectivamente «No demasiado» y «Por supuesto que no»11. No hay nada malo en escribir a un amigo sobre la lombarda hervida, en subir una colina en bicicleta o en los sueños en los que se practica sexo con la madre de uno; lo que es verdaderamente asombroso es que se suponga que esto habrá de captar la atención de unos completos desconocidos al darse la coincidencia de que uno haya escrito varias novelas de éxito. En este sentido, el libro explota la paradoja de toda biografía literaria: estamos interesados en los tipos de vestidos que llevaba la señora Gaskell12 porque era una escritora famosa, sin embargo los tipos de vestidos que llevaba no guardan relevanciacon su carrera literaria en absoluto.

Cualquiera podría justificar aquí conversaciones sobre los significados idiomáticos de la palabra «basket»13 o sobre si toda la población de Israel debería ser transportada al estado de Wyoming14, si simplemente brotaran como un conjunto de apartes en una intensa comunión de almas artísticas. Esto, sin embargo, dista mucho de ser así. Es probable que aquellos que recurran a este libro en busca de iluminación artística (¿y por qué si no se recurriría a él?) se sientan dolorosamente decepcionados. Hay probablemente más en este volumen sobre deportes que sobre ficción. Ambos hombres son fanáticos de los deportes; ambos fracasan a la hora de reconocer que el deporte en estos días es el opio del pueblo; y ambos siguen intentando dejar de hablar de ello mientras sufren severos episodios de reincidencia15. De hecho, tan pronto se han embarcado en otro tema el boxeo o el béisbol regresan como espantosa cabeza de rey Carlos16 para dominar el discurso. Hay algo de charla de coleguitas sobre el deporte como creador de heroísmo y de nobleza de espíritu. Más bien de manera algo ñoña, Auster incluso envía a su amigo la fotocopia de una página de The Baseball Encyclopedia17 y una foto que le hicieron cuando tenía cinco años con su equipaje de fútbol americano18.

Coetzee ve el deporte como, entre otras cosas, una preciosa forma de vinculación masculina19, lo cual no es una mala forma de describir parte de lo que está en marcha entre estos forros. Hay un estilo de compadreo más bien desagradable: Coetzee, un hombre austero, lacónico, que apenas se prodiga en cumplidos extravagantes, habla de «el placer de que visites [Auster] nuestra sala de estar» y prosigue con su admiración por las «envidiablemente meditadas y bien formadas frases que pronuncias»20, más bien como si acabase de terminar una conversación con un ordenador extraordinariamente inteligente21. También expresa «cierto cariño fraternal hacia tu valentía testaruda y no apreciada»22, una valentía que resulta no ser más exigente, por parte de Auster, que el acto de sentarse sólo ante su mesa durante todo el día. Ha habido actos de coraje más ilustres. Auster, en su estilo estadounidense más emotivo, es el más halagador de los dos, al declarar su «ilimitada fe en tu obra [la de Coetzee]»23 y al sonar moderadamente consternado ante la probabilidad de tener que estar en desacuerdo con él. No existe la menor posibilidad de que cualquiera de los dos escritores vaya a someter la obra del otro a un riguroso análisis crítico. No pensarían en hacer eso más de lo que anatomizarían despiadadamente a la mujer del otro.

En el volumen sólo hay realmente dos fragmentos de interés en relación con los tipos literarios. Uno de ellos es una reflexión estrafalaria, ligeramente irónica de Coetzee sobre el papel del móvil en la literatura. Puesto que el argumento tradicional tiende a depender de mantener a los personajes separados, así como también de juntarlos, ¿cómo cambia esto un mundo de accesibilidad instantánea, constante? ¿Cómo, por ejemplo, podría esto afectar a la novela de adulterio, una práctica que ha tenido que adaptarse, de hecho, a nuevas formas de comunicación?24 Hay también un par de cautivantes cartas de Coetzee, pequeñas gemas sobre las que los críticos postcoloniales están obligados a abalanzarse, sobre su complicada relación como afrikaner con la «lengua materna» inglesa. Muchos escritores e intelectuales contemporáneos, señala, «tienen una relación distante o interrogativa con el idioma en el que hablan o escriben»25. Mientras crecía, informa, siempre pensó en la lengua inglesa como propiedad de los ingleses, nunca como posesión suya. «Los ingleses inventaban las reglas del idioma como les venía en gana […] la gente como yo los seguíamos de lejos y obedecíamos las instrucciones que nos daban»26. A los veintiún años, y mientras vivía en Inglaterra, estaba bastante seguro de que podía escribir y hablar mejor la lengua que la mayoría de los nativos, pero se delataba como extranjero tan pronto abría la boca27. Auster hace una acotación, con unos comentarios bastante menos sutiles sobre sus abuelos, emigrantes judíos, y su esposa noruega28.

Como muchos escritores, estos dos novelistas comparten un predecible desagrado por los críticos. Cuanto más ilustre el escritor, menos acostumbrado está normalmente al comentario negativo, y por consiguiente es más enojadizo y susceptible cuando aparece. Auster hace un comentario sobre un ataque a su obra notoriamente desagradable, por parte del crítico James Wood29, que le produjo la impresión de que un desconocido le había atracado30, un símil que aquéllos a los que les hayan dado un porrazo en la cabeza y les hayan robado bien podrían considerar un tanto hiperbólico (¿a cuántas personas les roban los amigos?). El crítico, refunfuña Coetzee, es «como ese niño que le tira guijarros al gorila del zoo, sabiendo que lo protegen los barrotes»31. Aparte de ser falso –hay críticos que de hecho han recibido puñetazos de escritores furiosos, como admite el mismo Auster32, o que han sido destrozados por sus iracundas respuestas–, la imagen del zoo es inconscientemente reveladora. ¿Son todos los críticos realmente pueriles y todos los escritores víctimas desamparadas, torpes de sus venablos ponzoñosos? El mismo Auster no es reacio a una mancha de difamación, al deplorar «la arrogancia, la prepotencia y la vanidad monomaníaca, que consumía todo el tiempo disponible»33 de un amigo fallecido, aunque esto, ciertamente, es sólo para consumo privado.

La autocrítica, sin embargo, es otro asunto. Entre otras cosas, el papel de Auster como estadounidense emotivo y positivo es el de apuntalar al lóbregamente autocrítico sudafricano, un hombre que ha decidido vivir «en los márgenes del universo conocido»34: en Adelaida. Coetzee no tiene mucha fe en que su obra perdure35, confiesa que nunca puede recordar nada de lo que ha dicho en una entrevista36 y reconoce la penuria de su imaginación visual37. El trabajo de Auster es entonces el de poner reparos lealmente. El propio Auster se acusa menos a sí mismo, menciona más a la gente que conoce y es más sentimental, con el molesto hábito estadounidense de apilar dadivosos elogios sobre su propia esposa.

El hecho de que Coetzee sea el mejor novelista de los dos se refleja en la diferencia entre los estilos epistolares de los dos hombres. Incluso en una carta informal, Coetzee escribe una prosa esculpida, disciplinada, meticulosa, en contraste con el tipo de inglés más parlanchín, flexible de Auster (éste habla en un momento de ciertos paisajes noruegos que «literalmente» no son de este mundo38). Hay veces en las que el sudafricano, preciso con las palabras, suena más como el autor de un libro de texto sobre derecho que como un centrifugador de mundos imaginarios; pero tiene una corriente de tenue humor irónico de la que carece en gran medida su interlocutor, que intercala un buen chiste y dos o tres pésimos39. Quizá no sea coincidencia, a este respecto, que Auster también se entregue al tópico rimbombante, como por ejemplo «Ansiamos la amistad porque somos seres sociables»40 y (bochornosamente) «[…] soy un firme creyente en la felicidad universal»41. También produce coletillas tan sentenciosas, dignas de un niño explorador, como «Lo nuevo da placer, pero también lo da lo conocido»42 y «La idea [en el deporte] no es ganar, sino hacerlo bien»43. Cuando Coetzee se deja llevar por una autocrítica irónica, ridiculizando su propio papel de anciano quejica ante los males de la modernidad44, Auster pasa por alto el tono sardónico y aconseja seriamente que los dos «continúen con la vigilancia más absoluta, profetas despreciados que gritan en el desierto»45. El aire de prepotencia es inequívocamente no-coetzeeano.

«Este libro llena un vacío muy necesario», se cuenta que comenzaba una reseña legendaria, quizá apócrifa. Lo mismo, desgraciadamente, se puede afirmar de éste también. Los aficionados al béisbol podrían considerarlo más gratificante que los amigos de la ficción. Nos amenaza con un nuevo género al completo en el que los lectores se deleitarán con el pensamiento de Martin Amis sobre la contabilidad pública simplemente porque son los pensamientos de Martin Amis o harán cola para escuchar una charla de Bono sobre las enfermedades tropicales sólo porque ha hecho muchos bolos. Uno queda aliviado, sin embargo, al saber que tanto Auster como Coetzee mantienen que la respuesta apropiada para la crítica negativa es mantener un silencio orgulloso, no pegarle un tiro en el estómago al crítico. Para este reseñista, es una de las características más gratificantes de todo el proyecto.

Mayte Alvarado_JPEG

1La reseña original apareció el 29 de mayo de 2013 en http://www.the-tls.co.uk/tls/public/article1266164.ece. La traducimos aquí con el consentimiento tanto del autor como de The Times Literary Supplement [N. del E.].

2Carta de Coetzee del 6 de diciembre de 2008 (p. 25).

3Ibídem (p. 27).

4Carta de Coetzee del 30 de diciembre de 2008 (p. 36).

5Carta de Auster del 10 de enero de 2009 (p. 41).

6Carta de Auster del 29 de julio de 2010 (p. 186).

7Carta de Coetzee del 22 de marzo de 2011 (p. 235).

8Carta de Auster del 28 de marzo de 2011 (p. 237).

9Carta de Auster del 12 de enero de 2010, p. 133).

10Vid. nota 1.

11La respuesta de Coetzee, en su carta del 5 de enero de 2009: «[…] a mí no me parece raro que, moviéndote en el mundo del cine, no pares de encontrarte con otra persona de ese mundo» (p. 40).

12Narradora inglesa, nacida en 1810 y muerta en 1865.

13«cesta o cesto». Está en la carta de Auster del 6 de septiembre de 2010 (p. 197).

14Carta de Auster del 7 de abril de 2010 (p. 151).

15De hecho, tanto Auster como Coetzee han escrito sobre el tema. Auster, en su carta del 28 de octubre de 2008 (p. 21), da información sobre sendos artículos escritos por los dos. A este respecto, es sintomática la carta de Auster, del 11 de mayo de 2009, en la que escribe: «La conversación sobre deportes bien podría tocar a su fin, pero…» (p. 75).

16En referencia al rey Carlos I de Inglaterra, decapitado en 1649 tras la guerra civil que llevó al poder a Oliver Cromwell. Es una expresión que en inglés se refiere a una obsesión, pero la imagen es tan potente que he decidido traducirla literalmente. El diccionario Merriam-Webster informa de que Dickens, en David Copperfield, fue el primero en utilizar esta expresión.

17Carta de Auster del 13 de noviembre de 2009 (p. 117).

18Carta de Auster del 28 de marzo de 2011 (p. 240).

19En la carta del 11 de septiembre de 2008 ya hay una primera alusión de Coetzee a este tema, que se limita al deporte masculino (p. 17).

20Esta cita y la anterior están en la carta de Coetzee del 29 de marzo de 2010 (p. 144).

21Coetzee fue programador informático en IBM.

22Carta de Coetzee del 5 de mayo de 2011 (p. 256).

23Carta de Auster del 7 de abril de 2010 (p. 148).

24Carta de Coetzee del 14 de marzo de 2011 (pp. 233-234). Auster le responde el 28 de marzo de 2011 (pp. 237-239).

25Carta de Coetzee, del 11 de mayo de 2009 (p. 73).

26Ibídem.

27Ibídem, p. 74.

28La narradora y ensayista Siri Hustvedt (1955). Estos comentarios están en la carta de Auster del 11 de mayo de 2009 (p. 77).

29En su texto «Shallow Graves: the novels of Paul Auster», publicado en New Yorker (30 de noviembre de 2009, disponible en la red), Wood escribe cosas como ésta: «Although there are things to admire in Auster’s fiction, the prose is never one of them» («Aunque hay cosas dignas de admiración en la obra de ficción de Auster, la prosa nunca es una de ellas»).

30Carta de Auster del 18 de diciembre de 2009 (p. 130).

31Carta de Coetzee del 7 de enero de 2010 (p. 132).

32Carta de Auster del 12 de enero de 2010 (pp. 133-134).

33No he conseguido encontrar ese fragmento en la traducción.

34Carta de Coetzee del 29 de julio de 2010 (p. 184).

35Carta de Coetzee del 29 de marzo de 2010 (p. 145).

36Quien dice esto es Auster, en su carta del 13 de noviembre de 2009 (p. 118). No he encontrado un comentario así en las cartas de Coetzee.

37Sobre dicha penuria, véase dos cartas de Coetzee: del 6 de julio de 2009 (pp. 83-84) y del 29 de noviembre de 2010 (p. 214). Auster también se acusa de «pobre imaginación visual» en su carta del 22 de octubre de 2003 (p. 203).

38Carta de Auster del 21 de julio de 2010 (p. 180).

39Hay uno sobre Clinton en la carta de Auster del 3 de diciembre de 2010 (p. 219).

40Carta de Auster del 29 de julio de 2008 (p. 14).

41Carta de Auster del 10 de enero de 2009 (p. 41).

42Carta de Auster del 10 de enero de 2009 (p. 44).

43Las palabras exactas de la traducción: «No se trata de ganar sino de hacerlo bien […]», en la carta de Auster del 8 de abril de 2009 (p. 63).

44Carta de Coetzee del 18 de agosto de 2010 (p. 192).

45Las palabras exactas de la traducción: «Nosotros, los profetas menospreciados que gritan en el desierto, debemos seguir vigilantes […]», en la carta de Auster del 21 de agosto de 2010 (p. 194).

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