CÁCERES UNA, GRANDE Y LIBRE

Matías & MacGregor

El 21 de julio de 1936, representantes sublevados del ejército y de la guardia civil ocuparon el ayuntamiento de Cáceres para exigir que les fuera entregada la alcaldía. Así lo hizo, sin ofrecer resistencia, el entonces alcalde democrático, Antonio Canales, que, sin embargo, no se libraría de morir fusilado en las navidades del año siguiente junto a otras casi doscientas personas. Con la entrada de los sublevados en el ayuntamiento empezó y, casi al mismo tiempo, terminó la guerra civil (ah, los eufemismos) en Cáceres. Después de los bombardeos de la aviación soviética, no hubo enfrentamientos armados. Solo represión por parte de los vencedores.

Cuentan que, desde el inicio de la guerra, cada vez más cacereños se echaban a la calle para celebrar las victorias del bando rebelde. Y que los pequeños comerciantes cerraban sus negocios como si fueran días de fiesta. Estaban ganando (habían ganado) los que, entre democracia u obediencia, habían elegido someterse a ese integrista religioso que fue Franco (omnipresente como un fantasma, no necesita nombre propio ni títulos). Habiéndose propuesto erradicar los progresos del “maldito siglo XIX” y “hasta los últimos vestigios del espíritu de la enciclopedia”, en el verano de 1936 ubicó el cuartel de las tropas del sur en el palacio de los Golfines de Arriba, al frente de un ejército de militares reaccionarios, terratenientes, grandes y pequeños propietarios, jerarcas católicos, fascistas-falangistas y otros zombis. Vamos, como dice la rima, la ca(la)ña de España.

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Así comenzó a tomar forma (en realidad llevaba gestándose desde hacía siglos) la Cáceres una, grande y libre que venía a concretar el proyecto de Franco de borrar la modernidad. Las nuevas élites (las de siempre), aclamadas por la ¿masa?, encontraron muy pronto en la Cruz de los Caídos, construida aun antes del final de la guerra, un lugar idóneo para celebrar sus aquelarres militares y religiosos.

Si nosotros esculpiéramos hoy sillas eléctricas en el centro de las rotondas que pueblan nuestras democracias estadounidenses, estaríamos imitando a aquellos que, en conmemoración de la cruzada católica que vino a liberar España de las hordas de demonios comunistas, erigieron un inmenso instrumento de tortura romano en el corazón de la ciudad, que, desde entonces aquejado de podredumbre, de ese olor dulzón que tanto desconcertaba a (a la postre exiliados como) Buñuel y Dalí, no es capaz de librarse de la amenaza de ser devorado por la mosca. Porque ¿qué otra cosa cabe esperar de una sociedad que no cuestiona sus símbolos?

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La técnica de la refotografía, explotada por proyectos como Arqueologia del punt de vista o Ghosts of History, se limita a volver a fotografiar espacios que ya han sido registrados por la cámara en otra ocasión, con la esperanza de que, al montar una imagen sobre la otra, se genere un tercer sentido.

La refotografía surrealista que proponemos en Cáceres una, grande y libre (ahora sí, con cursivas) añade a esta yuxtaposición otro elemento: el humor absurdo, una sonrisa torcida con la que denunciar una situación que tiene muy poco de absurda y que fue orquestada durante la Transición (y planificada mucho antes): la continuidad (no solo) espacial de la dictadura en nuestra actual democracia capitalista.
El uso de la refotografía surrealista arroja también una amarga reflexión sobre la masa, sobre ese magma del que todos formamos parte en alguna ocasión y que, convocado por las élites, ayer se echaba a la calle para aclamar a los genocidas (y, con suerte, emborracharse) y hoy lo hace para escenificar una inofensiva huelga general. Una masa que quizá solo veía en Franco a un señor que les felicitaba la navidad por la tele todas las nocheviejas y en su heredero, el rey, al que vino a hacerlo después, pero en nochebuena. Una masa que quizá no ve que, lejos de canalizar las reivindicaciones laborales de los ciudadanos, los sindicatos mayoritarios actuales, que no solo han heredado de los Sindicatos Verticales su sede, son uno de los principales órganos de control social al servicio del nuevo régimen “democrático”. Las comillas vienen a preguntarse si es posible la democracia sin igualdad laboral y sin un reparto justo de la riqueza. Es decir, si no gana las elecciones el que tiene dinero y, por tanto, el control de los medios de comunicación. Si, con el monopolio de la televisión y el del relato de la realidad, Franco no hubiera ganado las elecciones. Respuesta: Fraga, otro fantasma, ministro franquista de Información [censura] y Turismo de 1962 a 1969 y padre de la Constitución, fue el presidente elegido por los gallegos durante más de quince años. Saponi, mando del Frente de Juventudes falangistas hasta 1974, fue alcalde de Cáceres de 1995 a 2007.

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“30 años y pocos cambios”, reza el grafiti. Hay, por suerte, nuevos espacios que se resisten al imperio del pasado y de la refotografía. Ante las escaleras del ayuntamiento frente a los estudiantes, la policía antidisturbios no defendía otra cosa que las tradiciones de los que quieren que todo siga igual porque tienen qué perder, de los que oponen Dios a la razón y la experiencia, el Juicio Final a la justicia, frente a las reivindicaciones de los que queremos que todo cambie y, para ello, no dejamos de abrir (o pintar) grietas en el muro de la Transición.

Cáceres una, grande y libre es una obra en marcha en manos de los herederos (otra vez, no solo) ideológicos del franquismo: los políticos que rigen el Ayuntamiento, la oligarquía que los financia y la masa que refrenda a los primeros con su voto y mantiene a la segunda con sus hábitos de consumo. Cáceres una, grande y libre es también un proyecto en marcha, en crecimiento, que pretende dar cuenta de la imposibilidad de construir una auténtica democracia hasta que no cortemos los vínculos que nos unen con un pasado, sin eufemismos, vergonzante y criminal.

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