… A LA TORRE DE CONTROL

Javier Rodríguez Marcos

Una nota

Si escribes versos y eres poco prolífico corres el riesgo de terminar escribiendo más poéticas que poemas. La culpa la tienen las antologías (y las charlascoloquio). Te incluyen en una, luego en otra y en otra y para cada una debes redactar un ideario sobre lo que significan para ti la literatura en general, la poesía en particular, tu generación grosso modo y la vida en detalle. Si te gusta pensar –o si no tienes más remedio- te gustan las poéticas. La que sigue a esta nota fue fruto de un encargo de la Fundación Juan March de Madrid, que en 2009 me invitó a un ciclo en el que un digamos autor cuenta un martes en una conferencia su idea de la poesía1 y el jueves de la misma semana lee unos poemas. Ni que decir tiene que el contraste entre una y otros suele ser galopante. La teoría es mucho más dócil que la práctica. En el fondo, a mí me interesa menos pensar la poesía que mi poesía (signifique esto último lo que signifique). De ello es buena prueba, Marshall McLuhan mediante, el título elegido. Nunca estuve en una torre de marfil. Nunca, creo, estaré en una torre de control. La poesía, sí.

Materialismos. La cocina y el cosmos

Puede que vaya contra mi interés al confesarlo pero, sí, soy un materialista. Ya lo dije: creo más en la historia de las cosas que en su definición. Y haciendo algo de historia, me doy cuenta de que la distancia entre Naufragios y Frágil va, creo, más allá de unas pocas canas. Es la que va de los 24 a los 34 años y de una calle empedrada en el barrio renacentista de Cáceres a una ambientada por las ambulancias en el barrio de Lavapiés. Con todos los años, las calles y las ciudades –Nantes, Roma, Perpiñán, Barcelona– que hay por medio. ¿En qué se traduce esto a la hora de escribir un poema? En que la actitud ya no es la misma. Poniéndonos pedantes podríamos decir que se ha producido un paso de la analogía (entre las palabras y las cosas hay una relación natural) a la ironía (esa relación existe pero es una convención artificial). Por eso casi todos los poemas que he escrito en los últimos tiempos llevan dentro sus propios mecanismos de distanciamiento: porque, queda dicho, ya no soy capaz de usar ciertas palabras sin sentirme ridículo. Si aparecen, me siento obligado a contrarrestarlas con algo que baje la temperatura.

¿Cómo escribir a estas alturas sobre el amor o la naturaleza con convicción? Nunca pierdo de vista esa pregunta. Tal vez por eso lo llene todo de paréntesis, idas, vueltas, revueltas y adversativas. Poniéndonos más pedantes aún, un francés, o tal vez Paul de Man, que era canadiense, diría que cada texto incluye, junto a los elementos de su construcción, los de su deconstrucción. Vamos, que los míos son poemas con andamio. En el fondo, asumo que todo es fruto del descreimiento, es decir, de que no soy creyente. No creo en la otra vida ni en la existencia de otro mundo anterior o posterior a éste. Por eso no creo en que se pueda trascender la realidad en un poema, que es lo que se suele decir cuando se escriben poemas, digamos, realistas y uno quiere ven-

derlos en el mercado de la trascendencia. Retratar, criticar, mejorar incluso el mundo, tal vez; trascender, no. Lo siento, ya lo dije, soy materialista.

Y sin embargo, hago un inciso, creo en la resurrección. Aunque sólo sea porque hay un puñado de personas a las que me gustaría volver a ver. Lo que sucede es que mi resurrección es también muy de andar por casa, nunca mejor dicho. Quiero decir que, en efecto, todavía se puede escribir hoy un poema sobre esa idea (como sobre ideas abstractas como la alegría o el miedo) que no resulte impostado y de manual de símbolos prestigiosos. El poeta checo Vladimir Holan lo hizo. Y Clara Janés lo tradujo así. Resurrección: «¿Qué después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí / al estruendo terrible de trompetas y clarines? / Perdona, Dios, pero me consuelo / pensando que el principio de nuestra resurrección, la de todos los difuntos, / la anunciará el simple canto de un gallo… // Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento… / La primera en levantarse / será mamá… La oiremos / encender silenciosamente el fuego, / poner silenciosamente el agua sobre el fogón / y coger con sigilo del armario del molinillo de café. / Estaremos de nuevo en casa».

Se me ocurren pocas maneras más certeras de tratar de manera concreta un asunto tan abstracto. Y no deja de ser curioso que el escenario del poema de Holan sea una cocina. En una ocasión, el poeta Martín López-Vega le preguntó a Seamus Heaney cuál era la mezcla ideal en poesía. El Nobel irlandés le contestó que la que había visto en la casa que compartían Mandelstam y Ajmátova: la mezcla entre cocina y cosmos. Cuando leí su respuesta me vinieron inmediatamente a la mente unos versos de Eleina Feinstein y una nota del diario de Virginia Wolf. Estos son los versos de Feinstein. El poema se llama, no por casualidad, Musa: «Licenciosos, desnudos, a cubierto, discutimos / sobre los viejos tiempos, cuando había ocasión / para tales placeres // y las tiernas palabras / se aderezaban con romero y ajo / como la carne de un cordero joven. // –Tal vez la poesía sea algo / entre cocina y sacrificio– murmuro / mientras llenamos las cajas del mercado. // –Silencio. Mira. Las hayas se han dorado, / el aire sabe a otoño y la calle se extiende / lavada por la lluvia, limpia a la luz de octubre».

Ya ven, cocina y cosmos, cocina y sacrificio. «Lee a Jaspers y revistas de mujeres», dicen unos versos de Wislawa Szymborska. «No es posible escribir directamente sobre el alma; en cambio, basta mirar al techo, a los animales más comunes del zoo para que el alma se cuele dentro». Lo anotó Virginia Woolf en su diario y yo me acuerdo de ella cada vez que alguien, yo mismo, recurre a la palabra alma. Una palabra en la que creo pero que designa un concepto en el que no creo. Volviendo a las relaciones entre cocina y escritura, también Woolf anotó esto: «Ahora, no sin placer descubro que son las siete, y que debo hacer la cena. Abadejo y salchichas. Creo que es cierto que uno adquiere cierto dominio sobre el abadejo y las salchichas si se para a escribir sobre ellos».

Existencialismos. El genio y el ingenuo

Al final uno termina, y tal vez sea algo triste, escribiendo a la contra. Para empezar, contra uno mismo, contra sus propios tics y sus propias certezas, su clase social y su declaración de la renta. Ya dije que soy un materialista, algo que para mí es otro modo de decir racionalista, escéptico y otras hierbas amargas. Y que, lejos de cualquier idealismo, creo que las condiciones materiales tienen un peso decisivo en las cosas llamadas del espíritu. Una vez más: lo que tiene historia no puede tener definición. Por eso me resulta gracioso que la gente hable de la «esencia» de la poesía, por ejemplo (de las esencias patrias, ni hablamos). Y es que, en el fondo, todavía queda un residuo de las antiguas creencias religiosas incluso entre los ateos o agnósticos que intervienen en el campo de las artes. Una mezcla de adoración, fetichismo y fe en el genio que se ha desplazado de Dios a la Poesía. La digestión del Romanticismo más cosmético está siendo algo pesada. En esa actitud, hay una mezcla de ingenuidad y orgullo sacerdotal que, más que a incienso, me huele a chamusquina. Sobre todo porque, como en muchas religiones, supone un descrédito de la realidad que, lejos de traducirse en crítica, se traduce en desprecio y nostalgia. Es decir, en actitudes muy cómodas.

Con el tiempo me he ido dando cuenta de que no está mal ser herederos de Sísifo. Herederos felices. Camus decía que había que imaginar a Sísifo feliz y yo estoy de acuerdo. Que la vida no tenga un sentido trascendental (cosa que yo creo sin necesidad de decir que es absurda, aunque no tengo ningún empacho en decirlo si hace falta) me parece una menudencia (casi una liberación) comparado con todos los horrores que puede tener la misma vida. Pensar que el sentido (en la Edad Media, que todavía dura para algunos, dirían la sustancia o la esencia) está en otra parte, como decía, me parece una maniobra de distracción.

¿Es eso existencialismo? (Parece que seguimos en la digestión del Romanticismo, que según Isaiah Berlin tuvo, entre otras, dos consecuencias: el existencialismo y, glups, el fascismo). Paréntesis aparte y dicho geográficamente, me interesa menos por la vía alemana (que al final tiene, paradójicamente, algo de esencialista que puede dar cierto repelús) que por la francesa (de menos vuelo pero también más con los pies en la tierra). Y menos por Sartre que por Camus. Sartre me parece un novelista sin talento narrativo, un buen memorialista, un filósofo de altura muy preocupado por cosas que a mí me preocupan poco y un pensador político de salón, pura gauche caviar. Camus es mi escritor favorito del siglo XX. No creo que sea un filósofo existencialista. De entrada porque no creo que sea un filósofo. Sus ensayos tienen menos enjundia que los de Sartre, pero Camus sabe de lo que habla cuando habla de la injusticia. Además, se la jugó pensando por su cuenta cuando toda la progresía no salía de los dogmas de obligado cumplimiento. Por otro lado, siempre he pensado que El primer hombre, su novela póstuma, es el libro que a mí me hubiera gustado escribir. Hay otros autores que me parecen «objetivamente» mejores, pero Camus habla de mí. Además, sus teorías sobre el realismo literario, como un lugar tan alejado del arte por el arte como del formalismo temático que cree hacer buena literatura con temas a priori buenos, me parecen muy actuales.

La vergüenza como criterio estético

Y es que no hay temas más o menos poéticos sino mejor o peor tratados. De hecho, a veces la poesía se confunde con lo poético como se confunde la pintura con lo pintoresco. Más que por el tema, un poema se distingue por el tono. En mi caso, creo, es meridiano a partir de un libro como Frágil. En él se da ese paso de la analogía a la ironía del que hablaba antes. También el lenguaje es más seco, menos «literario», más incómodo porque intenté dar valor a lo que Umberto Saba llama-

ba las palabras trilladas. Más que lo que quería decir, sabía lo que no. Buscaba escribir algo que a alguien en una situación extrema, a alguien que no lee poesía, por ejemplo, no le pareciese ridículo. La vergüenza y los remordimientos me parecen dos grandes criterios estéticos. De ahí los paréntesis y las continuas tomas de distancia y las referencias a la escritura dentro de los propios poemas, es decir, eso que los manuales llaman lo metaliterario. Es una obsesión. Y una limitación. Mucho de lo que he escrito trata de lo que pueden decir las palabras, sin dar por sentado que puedan decir algo pero desde la necesidad de que lo digan.

¿Pero que lo digan cómo? Lo mejor que se pueda. Una de las definiciones de poesía que más me gusta en ésta que he visto atribuida a varios padres, entre ellos a Shelley: las mejores palabras en el mejor orden. Adorno, en su Minima Moralia, lo dijo así de claro: «El escritor no puede aceptar la distinción entre expresión bella y expresión exacta». Como reconocía el propio Adorno, esa idea la tomó de Hume, que en su momento más pragmático escribió que «la exactitud favorece siempre a la belleza, y el pensamiento exacto al sentimiento delicado».

Siente el pensamiento, etcétera

La conjunción entre pensamiento y sentimiento es otro de los grandes fetiches de la poesía moderna, víctima de una confusión que ha utilizado a María Zambrano como argumento de autoridad. En efecto, la invocación a la pensadora española suele hacerse pasando por alto que sus teorías no son más que una lectura de Platón más interesada en subrayar la divergencia que la convergencia entre filosofía y poesía. Al contrario de lo que suele venderse en los mercados del prestigio, la de la poesía sería una palabra previa a la «violencia» conceptual que da lugar al pensamiento filosófico. Que de ahí haya derivado una defensa de la llamada poesía metafísica o meditativa, por excelsa que ésta sea, no es más que el amargo fruto de una mala interpretación que hace que parezca más elevado un poema que reflexiona sobre un tema afín a la filosofía con un tono en el que cada concepto vale su peso en oro.

Y, sin embargo, María Zambrano se había limitado a defender su personal visión del genio poético. En ese barrio, el del genio, habita uno de los poetas que más admiro del siglo XX español, Claudio Rodríguez. Siempre he pensado que hay poetas que alumbran y poetas que deslumbran. Claudio Rodríguez sería de los segundos. Por eso no admite seguidores, sólo imitadores, porque arrasan el terreno por el que pasan. Su luz es tan intensa que quema a todo aquel que se acerca demasiado a ella. San Juan de la Cruz y Lorca a veces serían también poetas de ese tipo. Hay otros, entre tanto, cuya luz alumbra a los que la siguen, poetas con los que es más sencillo dialogar. Pienso, por ejemplo, en Fray Luis de León, Luis Cernuda y Francisco Brines, por citar a tres poetas españoles decisivos en mi formación.

Curiosamente, siendo uno de los poetas más elevados que conozco, Claudio Rodríguez es también uno de los menos abstractos. Él es la demostración de que altura y abstracción no tienen por qué ser equivalentes. A él se le debe, por cierto, un poema antológico sobre un tema peligrosísimo: la alegría. Y es que es mucho más difícil sostener un poema que afirme que el mundo está bien hecho que uno que cante sus miserias. El poema se llama «Lo que no es sueño» y pertenece al libro Alianza y condena. Y dice: «Déjame que te hable en esta hora / de dolor con alegres / palabras. Ya se sabe / que el escorpión, la sanguijuela, el piojo, / curan a veces. Pero tú oye, déjame / decirte que, a pesar / de tanta vida deplorable, sí, / a pesar y aun ahora / que estamos en derrota, nunca en doma, / el dolor es la nube, / la alegría, el espacio, / el dolor es el huésped, / la alegría, la casa. / Que el dolor es la miel, / símbolo de la muerte, y la alegría / es agria, seca, nueva, / lo único que tiene / verdadero sentido. / Déjame que con vieja / sabiduría, diga; / a pesar, a pesar / de todos los pesares / y aunque sea muy dolorosa y aunque / sea a veces inmunda, siempre, siempre / la más honda verdad es la alegría. / La que de un río turbio / hace aguas limpias, / la que hace que te diga / estas palabras tan indignas ahora, / la que nos llega como / llega la noche y llega la mañana, / como llega a la orilla / la ola: / irremediablemente».

Una generación sin alma

Tal vez debería dejarlo aquí porque cualquier cosa que añada no hará más que estropear ese final, pero no me resisto a referirme a una de las cuestiones que más me preocupan de la poesía contemporánea y que es, precisamente, el adjetivo contemporánea. Contra los que piensan que la poesía es algo atemporal –definible, decíamos– y sin porqué, yo creo que el tiempo es uno de los ingredientes fundamentales con los que trabaja un poeta. Por lo demás, en mí conviven sin demasiado desacuerdo un apocalíptico y un integrado. El apocalíptico contempla con cierta alarma cómo empiezan a perder protagonismo dos de las grandes fuentes de las que bebían las artes: la naturaleza y la tradición.

La urbanización del imaginario occidental, que es algo más que fruto del traslado masivo de la gente a las ciudades, ha convertido la naturaleza en una mera cita, cosa del pasado. Y no es que me parezca mal. El campo, como tierra de labor, no es ningún paraíso. Lo sorprendente es que la poesía siga instalada en la naturaleza de un modo que parece venir más de los libros que de las afueras de las grandes urbes. Lo de la tradición es algo más peliagudo. Por una parte, es fruto de una continua adaptación a las supuestas expectativas modernas que me hacen pensar en la duda que Hannah Arendt expresaba más o menos así: muchos clásicos han sobrevivido a siglos de ostracismo, pero está por ver que sobrevivan a décadas de divulgación. Digamos que entre preparar el Quijote para los estudiantes o a los estudiantes para el Quijote, las autoridades (qué palabra dicha hoy) deberían optar por lo segundo. Hace unos meses se publicó en España el primer volumen de la primera traducción completa de la Biblia griega, llamada Septuaginta. Pues bien, el coordinador del equipo de traductores, Natalio Fernández, me dijo en su despacho del CSIC que la suya era la primera generación preparada para llevar a cabo esa tarea, y que probablemente era también la última ya que su especialidad –filología bíblica trilingüe– había desparecido de la universidad pública española. Me temo que no es una buena noticia.

La propia Hannah Arendt, que es santa de mi devoción, decía, al hablar de la brecha entre el pasado y el futuro, que nuestra herencia no proviene de ningún testamento y que el pasado ya no ilumina el porvenir. Yo también lo creo. Durante siglos hemos asistido a una relación con la tradición según la cual las artes nacían dentro de ella o contra ella. Pues bien, creo que las nuevas generaciones han empezado a trabajar no dentro de la tradición ni contra la tradición sino al margen de la tradición (como al margen, ya dijimos, de la naturaleza). Allan Bloom habla de generación sin alma. Para el pensador estadounidense, para que exista alma, como un individuo ha de tener una experiencia política, una experiencia estética o una experiencia religiosa. A nadie se le escapa que ya hay más de una generación a la que esos tres términos le dicen más bien poco y cuya educación sentimental se ha desarrollado al margen de la cultura tradicional. El resto de las artes llevan ya décadas de ventaja, en el sentido estrictamente cronológico, a la poesía. Al final hemos pasado de la torre de marfil a la torre de control, me temo. Lo importante, creo, es no perder de vista la calle.

¿Qué poesía saldrá de todo eso? No sabemos. Pero yo quiero ser optimista. Michaux decía que a falta de sol había que aprender a madurar en el hielo y pienso que eso es lo que nos toca. Pero madurar al fin y al cabo. Juan Antonio González Iglesias, el poeta español vivo que más me interesa, lo dijo con dos versos: «No diré que Petrarca no nos sirve / diré que no nos basta». A eso me refiero: cada poeta debe dar cuenta de su tiempo porque si no habrá cosas de ese tiempo que quedarán por decir. Y hay cosas que no podemos mirar con los ojos de los clásicos, o sólo con ellos, sencillamente porque ya no les alcanza la vista. Ya dije que creo que las condiciones materiales de una persona, lejos de ser accidentales, forman parte de eso que llamamos su esencia. Por eso creo que Viaje al fin de la noche, de Céline, o Hacia la boda, de John Berger, amén de grandísimas novelas, son también estrictamente contemporáneas. Una sobre los horrores del siglo XX. La otra sobre el amor en los tiempos del sida.

Por otro lado, me pregunto si es que, en el fondo, no nos queda más remedio que ser contemporáneos, sin hacer el menor esfuerzo. Pero tengo mis dudas porque no sé si la actualidad se corresponde con la contemporaneidad. Yo estudié filología y trabajo como periodista. No se me ocurren dos destinos más opuestos. La paciencia que requiere una y la urgencia que demanda la otra no siempre se llevan demasiado bien. ¿Recuerdan? Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda. ¿Y la poesía? Últimamente la escribo en la línea 5 del metro de Madrid. Y corrijo y corrijo. A veces pienso que no lo suficiente.

solaris22

Este texto es la segunda parte de la poética titulada “De la torre de marfil a la torre de control”, cuya primera parte publicamos en el anterior número de Sara Mago. Decidimos dividirla en dos por motivos de espacio.

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