Rebañar como una de las bellas artes

 

FREEGANISMO A4

Mercedes Cebrián

Ilustración: Mayte Alvarado

Así lo veo yo al menos: cuando murió Franco, España quiso emprender un tratamiento de choque contra la caspa que, lamentablemente, arrasó con no pocas secciones de su cuero cabelludo. Ya hemos comprobado que en lo que respecta a la dicotomía memoria/olvido no se han hecho las cosas bien del todo: lo leemos en la prensa día sí y día también y nos lamentamos, siempre con la sensación de que todo eso no es responsabilidad nuestra sino de aquellos que ostentan el poder. Pero al examinar con atención y un buen microscopio las acciones cotidianas que realizan nuestros conciudadanos, nos llevamos la sorpresa de que también nosotros, en el día a día, hemos gestionado mal nuestro pasado reciente, como si un gran malentendido nos hubiese conducido, casi sin darnos cuenta, a convertirnos en esos grimosos personajes llamados nuevos ricos.

Un buen ejemplo es nuestra relación con la comida: hasta hace bien poco la palabra “despilfarro” era lo que primaba en ella. Me remito a las escandalosas cifras que aparecen en noticias como la que daba El País el 20 de enero de 2012, donde se afirma que en la UE se desperdician anualmente 179 kilos de comida en buen estado por habitante, lo que equivale a un total de 89 millones de toneladas al año. El 42% de este desperdicio tiene lugar en los hogares, según un informe de la Comisión Europea.

¿Es muy atrevido afirmar que en los años noventa despilfarrar comida se había convertido en algo moderno? Tirar al gran cubo de plástico lo que ya no queríamos se volvió un modo como otro cualquiera de expresar el “ya somos europeos”. Al igual que nos reíamos de la abuela que, antes de deshacerse de un colchón viejo le sacaba todo el relleno de lana y lo guardaba en bolsas por poca utilidad que le diese después, esbozábamos una sonrisilla sarcástica ante quienes decidían conservar en un cuenco minúsculo las tres rodajitas de zanahoria y la media patata que habían sobrado de la menestra. Todo alcanzaba el estatus de “sobra” en cuestión de segundos: la comida no ingerida, aunque estuviese intacta, adquiría el (nulo) valor de esos trastos baratos comprados en un Todo a Cien, trastos que, por su inutilidad y escasa belleza, parecían estar pidiéndonos a gritos su deseo de acabar en un vertedero.

La recomendación de consumir preferentemente antes de tal o cual día todo tipo de alimentos nos instaba a deshacernos de ellos pensando que si pasaban dos horas desde la tan señalada fecha, el Danone o quesito El Caserío de turno se tornarían radiactivos. Solo las monjas recogían los yogures caducados para después servirlos en sus comedores de beneficencia: el no derrochar la comida estaba inevitablemente asociado con lo clerical, o con las imágenes de una posguerra en la que aparecían muchachos de aspecto cadavérico y niños con la cara tiznada, de ahí que no quisiéramos acercarnos demasiado a ello.

Pero ya empezábamos a oír hablar de las doggy bags de los americanos: por lo visto, cuando iban a un restaurante y no podían terminarse el plato, pedían que les envolvieran lo sobrante, que para ellos era simplemente parte de la ración que habían pagado. Pero siempre quedaba mejor camuflar las intenciones con un “¿me podría envolver esta comida para que se la lleve a mi perrito?”, de ahí el nombre que adquirió la práctica. Había aún en el aire cierta vergüenza hacia la voluntad de no despilfarrar. Pero un buen día de 1999 el músico estadounidense Warren Oakes dijo “esto se acabó”, y creó el término freegan –de “free”, libre, y de “vegan”, vegano–, que apareció por primera vez en su manifiesto titulado “Why Freegan”, escrito como reacción contra el derroche de alimentos. Él, en tanto que consumidor, se sentía cómplice de ese tirar compulsivo y ya casi inconsciente. Pero al consumir lo que otros piensan desechar en breve, la cosa cambiaba. De eso sabe mucho también Tristam Stuart, activista y autor de Despilfarro (Alianza Editorial, 2011), que alimentó a cinco mil personas frente a la National Gallery de Londres en 2011. El menú: arroz con verduras al curry que salvó de acabar en la basura. Stuart pretendía concienciar a comensales y curiosos acerca de los peligros que entraña el hecho de que el mundo se haya convertido en una fábrica de comida.

Y mientras esperamos nueva legislación al respecto, pues acercarse a los supermercados a la hora del cierre para llevarse lo que tiran no es tan sencillo como quisiéramos, continuaremos guardando para el día siguiente nuestra media patata hervida y nuestras tres rodajas de zanahoria. O seguiremos celebrando comidas comunitarias con alimentos supuestamente pasados de fecha pero en perfecto estado, como ya han empezado a hacer los participantes de los colectivos Comida Basura (Madrid) y Feeding Zaragoza.

www.comidabasura.wordpress.com

https://es-es.facebook.com/feedingzgz

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Un comentario en “Rebañar como una de las bellas artes

  1. Hace poco estuve en una barbacoa y, al terminar, me llevé toda la carne que sobró y que íbamos a tirar. La he congelado en paquetitos y me la voy comiendo poco a poco.

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