OBEDECER O INDIGNARSE

José A. Santiago

1.- A la minoría, siempre.

El poeta en lengua alemana y víctima del nazismo Paul Celan escribió en unos versos que, tras Auschwitz, la poesía era como «hablar a los callejones sin salida» (mit dem Sackgassen sprechen). Por las mismas fechas del siglo XX, el filósofo alemán Theodor Adorno llegó a decir que tras Auschwitz ya no era posible seguir escribiendo poesía.

Celan lo hizo. Lo hizo hablando a esos callejones, lanzando una botella al mar en espera de ser recogida y recogiendo él mismo en el poema los restos del naufragio en que el terrible siglo había desembocado.

Por eso, existe valentía en querer hablar a esos ningunos que, por un casual, tomamos un ejemplar de Sara Mago en el que unos valientes quieren decir algo en un panorama material y formal que dista mucho de ser el de la Guerra Mundial, pero en el que la palabra, también ahora, debe «decir»; aunque esa palabra se dirija, en estos tiempos, a unos ningunos que se acercan por las librerías a recuperar el recuerdo de la edad y la rabia racional que han proclamado tantos fanzines, modelo por naturaleza de lo fútil y minoritario. Pero, por ello mismo, de lo más aventurero: poder hablar en espera, acaso, de ser escuchado. A la minoría siempre, como decía Juan Ramón.

En «El tercer hombre», el escritor Graham Greene viene a decir por boca de su principal personaje, Harry Lime (interpretado en la adaptación para la pantalla por un espléndido Orson Welles) que en lugares tan dichosos y estáticos como Suiza, lo único que ha merecido la pena destacar durante siglos ha sido el reloj de cuco. ¿De qué sirve la palabra cuando comes perdices, si es entonces cuando toda historia ya ha terminado? Que estos tiempos difíciles valgan para poder recuperar el aliento de la verdadera palabra; la necesidad de «decir».

2.- El poder de ser obligado y la indignación.

Por ello, la libertad de poder decir es lo que, paradójicamente, menos fuerza otorga a lo dicho. Cuando todo vale o puede valer, nada resulta verdaderamente valioso.

Pero, además, a lo largo de la historia se nos ha mostrado que esa libertad desemboca mayoritariamente en una mera repetición de consignas, en una pereza crítica bajo el yugo del confort. La pérdida de lo que Marx denominaba «conciencia de clase» acaso comenzaría primariamente por eso: la dictadura formal de la libertad.

En estos tiempos de crisis, hemos podido observar cómo de nuevo Marx continúa vigente. Las condiciones materiales se encuentran en la base de toda estructura social e ideología moral, cultural o religiosa. Todos sabemos que lo que estamos viviendo no solo es una crisis financiera.

Y, sin embargo, la proclama a seguir ahora es, a mi juicio, la de culpabilizar a los bancos o a los políticos. La «indignación» ha sido el concepto con el que canalizar la rabiosa impotencia ante un sistema que está desmoronando la vida cotidiana de millones de individuos. Y, sin embargo, antes de ello, muchos de esos millones han constituido ese mismo sistema, sacralizándolo como el único posible, votando a sus legitimadores y dejándose financiar por los banqueros para lograr ese preciado confort.

Considerar una constitución, un sistema económico o la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos como algo inmóvil, intocable o sagrado es obedecer a una doctrina. Es la propia historia (el «tribunal de la ordenación del tiempo» lo llamó Anaximadro en la primera sentencia escrita de la filosofía) la que sitúa los sistemas o normas morales en su quicio. También Hitler quiso cambiar el mundo. También él era un «indignado» que, no obstante, recibió casi el 90 % de votos en unas elecciones libres. Por ello, la libertad de obedecer también implica responsabilidades. Acaso la de indignarse, primeramente y antes de lanzar el grito público, con uno mismo. ¿A quién responsabilizar entonces por la existencia de los campos?, se pregunta el director Alain Resnais en Noche y Niebla (Nuit et Brouillard, 1952), uno de los mejores documentales sobre los Lager ¿Únicamente a Hitler y a sus adláteres? ¿Acaso no fueron los mismos que insultaban y escupían a Jesucristo los que tres días antes, durante el Domingo de Ramos, le saludaban como al Mesías? ¿Quién es responsable?, se pregunta Resnais.

Por ello, el concepto de «pueblo» tantas veces mentado resulta por momentos oscuro y sin contenido, tan apropiado para el fascismo como para la izquierda o la Revolución Francesa. Asimismo, y si debemos entender la idea de la sociedad civil como el garante de la soberanía nacional en cualquier estado democrático, de poco valdría la legitimación del pueblo frente a un enemigo muy real y canalla pero también inventado por el pueblo mismo: el político o el banquero.

Por supuesto que no se trata de vindicar a todos esos verdaderos beneficiarios del sistema, sino de situar su realidad en sus legítimos y libres legitimadores: nosotros. Los mismos que hemos obedecido. Y en democracia también la obediencia es un acto libre. O para decirlo al modo de los superhéroes: «un poder que conlleva una gran responsabilidad». Un «pueblo» educado en la libertad de voto, de opinión, etc. debe estar educado en la responsabilidad que cada cambio de canal, cada voto o cada opinión implican en la comunidad política o moral. Se trata de ser libres, pero antes de eso, a mi juicio, de saber serlo. ¿Acaso es el perro libre de ladrar cuando le quitan la comida? O ¿lo era más cuando, en teniendo ésta bien acoyuntada, no se preocupó de mantenerla por él mismo pese a las promesas de amor eterno del dueño que ahora lo abandona?

Que esta nuestra indignación no resulte, con el paso del tiempo, un mero ladrido rebelde y sin contenido, emitido únicamente por la falta de pitanza. Que sea libre, responsable, futura. Y, sobre todo, que sea.

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Ernst KirchnerSelbstbildnis als Soldat ( Autorretrato como Soldado) 1915.

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