CÓMO CONQUISTAR OCCIDENTE. J. M. Coetzee y los cánones poscoloniales

Lily Saint

Traducción: Ana Ávila

Resulta difícil ser considerado un escritor de éxito y, al mismo tiempo, ocupar una posición marginal, incluso hoy en día.

J. M. Coetzee

El debate en torno al canon empieza a estar un poco canonizado. […] Afortunadamente, este descuido está siendo rectificado por trabajos recientes que pretenden separar a la literatura de su etérea posición, redefiniéndola directamente como una forma de producción material con los pies en la tierra. Ian Baucom, partiendo de la obra de Giovanni Arrighi, es quien va más allá, quizá, cuando sugiere que los estudios de literatura contemporánea mundial funcionan según un modelo centrípeto parecido al de las compañías coloniales de los siglos XVII y XVIII. Al mismo tiempo que la industria editorial se expande hacia el exterior desde las capitales de Londres, París y Nueva York para incluir obras del «resto» del mundo, la riqueza generada por estas nuevas y a menudo «exotizadas» obras se reintegra a las metrópolis centrales en vez de compartirse con sus lugares de origen. Como Baucom dice claramente: «la expansión contrae». […].

I

A pesar de los señalados intentos en el seno del academicismo por perturbar y anular la hegemonía de la llamada tradición occidental, instituciones académicas, eventos, publicaciones y personas también mantienen una relación de complicidad con el canon occidental mediante el sostenimiento y la reproducción tanto de sus rígidas fronteras como de la idea misma de frontera. Pascale Casanova destaca el papel esencial que las «autoridades consagradoras» (académicos y críticos) y los «corredores de divisas» (traductores) juegan en la formación del canon. […] Los procesos de selección y rechazo son solo uno de los modos en que las prácticas académicas reproducen los cánones. […] Las complejas responsabilidades de un comité organizador de una conferencia o una antología académicas obligan a una confrontación con la extraña fusión de celebridad y palabra. ¿Cuánta fama puede haber en un nombre?

Y ¿en un nombre sudafricano? ¿Cómo contribuyen o desmienten el éxito de un autor las marcas de pertenencia lingüística? ¿Cuánto capital cultural puede tener un simple nombre?

El Coetzee del título contiene una cantidad de valor importante y en constante aumento –valor en el sentido marxiano del término, que indica la fuerza de trabajo que se ha empleado y se sigue empleando en la producción del Coetzee en el mercado literario-. ¿Cuánto se extiende su valor más allá de su obra, incluso confiriéndole mérito? […] El propio nombre de Coetzee, tal y como él mismo destaca en su autobiográfica Infancia, amenaza constantemente, a pesar de sus más fervientes deseos, con ubicar sus complicidades en el ámbito de los Afrikáners. Quizás el hecho de que este autor esté marcado por llevar el mismo apellido que brutales y prominentes defensores del apartheid se ignore en los estudios de la obra de Coetzee debido al monopolio que los académicos sudafricanos blancos tienen en los estudios literarios sudafricanos. ¿Acaso estos críticos evitan hacer referencia a la marca del nombre porque tienen miedo de hablar de lo que sus propios nombres revelan?

II

Una de las razones por las que Coetzee supone un interesante caso de estudio para examinar las tendencias contemporáneas en la formación del canon es que a menudo sus propias novelas citan directamente obras canonizadas, como el popular y canónico texto de Daniel Defoe Robinson Crusoe, o bien incluyen guiños en su material estructural y temático a autores claramente canónicos como Kafka y Dostoyevski. […] En parte, Coetzee logra esta canonización ya-desde-siempre de sus novelas porque su escritura concuerda con ciertas ideologías que impulsan los mercados europeo y norteamericano.

En Cultural Capital, John Guillory hace hincapié en la importancia de las instituciones educativas en la formación de los cánones: «Las obras literarias deben entenderse… como un vector de nociones ideológicas que no son inherentes a la obra en sí, sino a su presentación institucional», aunque su rechazo de cómo el propio contenido ideológico de las obras sirve para determinar su lugar en el centro (o en los márgenes) de sus representaciones institucionales es cuestionable. Casanova da más crédito a la importancia del contenido ideológico cuando muestra cómo los diversos enfoques temáticos de las obras del sur global angloparlante son agrupados juntos bajo el paraguas homogeneizador de la literatura de la Commonwealth como «una curiosa aunque aguda forma de incorporar a la historia de la literatura oficial británica obras que en mayor o menor medida se escribieron contra ella».

III

No debería subestimarse ni la diligencia y el talento de los escritores creativos ni la importancia de la calidad en la producción de un autor exitoso. Sin embargo, aparte de problematizar la propia noción de calidad, también debería investigarse cómo se recompensa la lealtad ideológica. […] El estudio de Derek Barker de 2006 hace uso de análisis estadísticos para mostrar cómo las reseñas literarias sudafricanas juegan un papel vital en el proceso de canonización. Tras un recuento del número de reseñas centradas en un autor sudafricano en particular en las once revistas literarias más importantes de Sudáfrica durante las últimas cuatro décadas, Coetzee se erige de lejos como el autor sudafricano más analizado, tanto durante el apartheid como después de su desaparición. Los artículos acerca de Coetzee sobrepasan a los que tratan de otros autores en una sorprendente proporción de 2:1. […] ¿Qué puede hacerse con esta clara evidencia de la preeminencia de Coetzee en el mercado de las críticas? ¿Es Coetzee dos veces mejor escritor que todos los demás juntos solo porque la literatura crítica ocupa el doble de tiempo en analizarlo? No sería ético llegar a semejante conclusión. Aunque esta tendencia no se limite solo a la crítica literaria sudafricana. […] Ciertamente, merece la pena mencionar el hecho de que las editoriales académicas de fuera de Sudáfrica publicasen tres libros centrados únicamente en Coetzee en los últimos tres años, aunque sólo sea porque no haya aparecido monografía alguna sobre ningún otro escritor sudafricano1. Otra prueba más de la popularidad internacional de Coetzee, además del obvio prestigio de su premio Nobel, puede encontrarse en la elección de Disgrace en 2005 como el mejor libro escrito en lengua inglesa en los últimos veinticinco años por parte del periódico británico The Observer.

¿Por qué se presta tanta atención a Coetzee? Esta discrepancia puede explicarse yendo más allá del argumento sin matices de que las obras de Coetzee son de un mayor calibre estético; obviamente no debería confundirse cantidad con calidad. En cambio, existe una complicada red de procesos funcionando para producir al autor sudafricano de éxito en la arena internacional y la brillante carrera de Coetzee es más el resultado de todas estas fuerzas globales que de cualquier otra noción dieciochesca de genio creativo.

Coetzee ha tenido ventajas obvias que le han ayudado a entrar en los anales de la historia literaria mundial, pero ni estas ni su autodefinición como heredero del pensamiento europeo son las únicas responsables de su incomparable posición en el mundo de las letras2. Son las temáticas y la mutabilidad de géneros de sus obras las que con tanto éxito han conectado tanto con el público lector internacional como con las «autoridades consagradoras» del «espacio literario mundial» (Casanova). En lo que sigue, sostengo que esta aprobación tiene su origen en su atención a 1) el individuo, 2) lo universal, 3) la no-violencia y 4) la estética posmodernista.

En la introducción a una reciente colección de ensayos sobre la obra de Coetzee, Jane Poyner opina que muchas de sus novelas retratan al «escritor blanco lleno de remordimientos». Esta fijación por los liberales blancos que se sienten culpables y que saben expresar la ansiedad y el tormento causados por su privilegiada posición es, comprensiblemente, de un gran interés para más de un liberal occidental leído, por una parte ansioso por encontrar un lenguaje convincente de responsabilidad ética y por otra parte agradecido de leer acerca de las crisis de la individualidad y la moralidad que muchos liberales privilegiados tienen miedo de admitir.

La individualidad, el gran proyecto ilustrado de definición del sujeto, es una preocupación central en la ficción de Coetzee; todas sus novelas están dominadas por un personaje herido y solitario que intenta determinar su propia verdad en relación con el mundo. […] Si la auto-evaluación constituye uno de los focos temáticos del canon occidental, entonces la mera existencia del sistema de apartheid evitó la canonización de muchas obras, ya que solo lugares privilegiados material y físicamente podían permitir demorados ejercicios de auto-absorción existencial. Incluso aunque tales críticas auto-infligidas hubieran surgido de un deseo de corregir las injusticias, tal y como señala Njabulo Ndebele, los discursos morales sobre acciones individuales suelen convertirse en trampas bienintencionadas, desviando paradójicamente la atención de las luchas colectivas materiales existentes en lugar de apoyarlas.

Además de su persistente preocupación por el yo, la obra de Coetzee se enreda a menudo en debates acerca de la universalidad. Peter M. McDonald explora de forma brillante cómo los informes de la censura del apartheid que responden a novelas de Coetzee revelan irónicamente que fue el aparente carácter «universal» de su narrativa el que obtuvo el permiso de los censores, que reconocieron en los deslocalizados escenarios de sus novelas una «manifiesta canonicidad». McDonald escribe que «el dogma de la universalidad –la literatura canónica trata sobre todas partes y en todas las épocas- simplemente estaba demasiado arraigado en el pensamiento de los censores» como para llevarlos a prohibir los aparentemente atemporales y ubicuos textos de Coetzee.

[…] La ambigüedad hermenéutica de su obra es otra de las razones de la popularidad de Coetzee en el ámbito académico occidental. […] Lewis Nkosi comenta la tiranía de la estética posmoderna en la literatura contemporánea, sugiriendo, entre otras cosas, que la larga ausencia de exposición a lo posmoderno de los eruditos occidentales hace que a los escritores sudafricanos negros de nuestros días les resulte prácticamente imposible competir en un mundo en el que lo posmoderno sigue siendo lo más popular. Tal y como los trabajos de Nkosi demuestran, Harold Bloom se equivoca al decir que «la innegable economía de la literatura, desde Píndaro hasta la actualidad, no determina cuestiones de supremacía estética», ya que es precisamente la economía, en conjunción con la ideología racista del apartheid, la que impidió que los escritores sudafricanos pudieran tomar parte en el debate global que estaba redefiniendo lo moderno. Mientras que las obras de Coetzee pueden llevar la marca de Beckett, Defoe, Dostoyevski y otros, lo que le dio acceso a las obras de estos escritores fueron precisamente mecanismos que se lo negaban a la mayoría de sus compatriotas sudafricanos. […] Los críticos discuten acerca de si Coetzee es un modernista, un posmodernista o un tardomodernista a la par que desestiman el exceso de dependencia de las formas de representación realista de otros escritores sudafricanos3.

[…] Otra posición ideológica popular que los lectores occidentales liberales de literatura poscolonial acogen con gusto es la de la no-violencia. Rob Nixon muestra cómo los productos culturales sudafricanos impulsados por los mercados europeo y norteamericano promueven un liberalismo demasiado optimista en conjunción con una afirmación de la resistencia no-violenta. La audiencia occidental era reacia a escuchar acerca de la violencia real en la Sudáfrica del apartheid, particularmente de la violencia perpetrada en nombre de la resistencia. Aunque es de sobra conocido en toda Sudáfrica que tanto el CNA [Congreso Nacional Africano] como el CPA [Congreso Panafricano] tuvieron secciones armadas, la narración occidental de la lucha anti-apartheid ha obviado ampliamente este aspecto del relato de la resistencia sudafricana, reeplazándolo por aspectos idealistas que, de forma reduccionista, representan a la resistencia en función de los extremos religiosos del bien y el mal.

Sin sorpresa, Coetzee define su posición a lo largo de las líneas que siguen como no-violenta. En [su libro de ensayos y entrevistas] Doubling the Point le dice a David Atwell que «la violencia, tan pronto como siento su presencia dentro, se vuelve contra mí: no puedo proyectarla hacia el exterior. No soy capaz de o me niego a concebir una violencia liberadora». Así, interpreta con aprobación que la Crucifixión es un indicio del «rechazo y… la introversión de la violencia punitiva» de Cristo; en otras palabras, uno ha de responder a la violencia ya poniendo la otra mejilla (rechazo), ya dejando que lo sacrifiquen (introversión). Esta idea aparece de nuevo en su obra Diario de un mal año, en la que el protagonista afirma: «Creo que la mayor contribución a la ética política la hizo Jesucristo al instar a heridos y ofendidos a que pusieran la otra mejilla, rompiendo de esta manera el ciclo de venganza y represión». Pero lo que falta en estos dos ejemplos es cómo la propia situación privilegiada de Coetzee le ha permitido asumir tal posición con respecto a la violencia. En la seguridad de su posición, Coetzee nunca ha necesitado (o necesita) recurrir a la violencia como la CNA o la CPA y otros grupos hubieron de hacer, una violencia del tipo de la que Frantz Fanon defiende en su famoso Los condenados de la tierra.

En otra entrevista, Coetzee explica cómo durante sus años de académico en Estados Unidos se le presionó para que se hiciera profesor de literatura africana, para que se convirtiera en lo que normalmente se conoce como africanista. A pesar de conocer ampliamente las literaturas tanto sudafricana como de otras partes de África, se da cuenta de que «nada le enganchaba de verdad». Particularmente, le daba miedo tener que convertirse en «especialista de un corpus literario periférico y de no muy alta consideración», ansiedad que revela quizás menos acerca de las obras existentes que de su propio deseo de pertenecer a un canon central y «de alta consideración» (Doubling the Point, p. 336: cursivas de la autora). En esta condescendiente condena de toda la literatura africana por periférica y poco cautivadora se manifiesta la ambición mundial de Coetzee.

El éxito de sus ambiciones es de sobra conocido. Los escritores como Coetzee, a pesar de sus buenas intenciones, vienen a presentarse como representantes de las letras sudafricanas, oscureciendo así el conocimiento internacional de otros tipos de escritura.

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*La versión original en inglés de este texto apareció en Ladina Bezzola Lambert y Andrea Ochsner (eds.), Moment to Monument. The Making and Unmaking of Cultural Significance; Bielefeld: Transcript, 2009. Nuestra versión no es más que, de nuevo por motivos de espacio, la traducción de una serie de extractos del texto original. Asimismo, hemos creído conveniente suprimir algunas de las citas más académicas para facilitar su lectura. Estamos muy agradecidos tanto a la autora, Lily Saint, como a la editorial, Transcript, por habernos dejado traducir su trabajo y facilitarnos tanto las cosas [N. de los E.].

1 Resulta interesante mencionar también que Coetzee se convirtió en ciudadano australiano en 2006. ¿Le excluye eso de ser considerado un escritor sudafricano?

2En una entrevista, Coetzee afirmó: «…mi filiación intelectual es claramente europea, no africana».

3Me atrevería a decir que el nivel del éxito (tanto popular como académico) de la novela más realista de Coetzee, Desgracia, sugiere que el reciente interés de la academia por la novela posmoderna es una farsa montada para mantener el poder intelectual en un campo cuyo prestigio social mengua muy deprisa.

chang-coetzee

 Portrait of John Maxwell Coetzee, Adam Chang (2011)

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