CARTOGRAFÍAS DE UN ALZHEIMER SOCIAL Y PROGRAMADO

Enrique Santos Unamuno

Ilustración: Borja González

W. G. Sebald, Austerlitz, Barcelona: Anagrama, 2004.

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En un texto célebre, redactado como conferencia en 1967 pero que soló vio la luz en 1984, Michel Foucault aseveró que el espacio era la gran obsesión de «nuestra época», como el tiempo lo había sido de la mentalidad decimonónica. Algo de ello debía saber el filósofo de Poitiers cuando en esos años había publicado ya, siempre con la cultura occidental en el punto de mira, su lúcido ensayo sobre la demencia y sus paliativos penales y nosocómicos, su reconstrucción histórica de la medicina clínica, su espacialización de los sistemas clasificatorios en su relación con las ciencias humanas, su arqueología del saber y sus agudos análisis a propósito de la institución penitenciaria y sus plasmaciones arquitectónicas. A la espera de sus sucesivas genealogías de la sexualidad, lo mejor de la obra foucaultiana había sido escrito. A día de hoy, la insistencia en la dispersión social del poder y la atención por las cuestiones geográficas y espaciales plasmadas en una lectura sintomática de la arquitectura, el urbanismo o la economía son sin duda avisos dignos de seguir siendo escuchados. Se cuentan por miles los alumnos aventajados de esa visión, caminantes dotados de una mente arqueológica capaz de escarbar en los múltiples estratos ocultos bajo la superficie de meridianos y paralelos barrida por los GPS.

Estas líneas toman como pretexto uno de esos zahoríes de la memoria. Jacques Austerlitz, un vástago del universo narrativo de W. G. Sebald (concretamente, de su última novela, aparecida en 2001, el mismo año de la muerte del escritor alemán). Austerlitz, que da nombre al relato, comparte con Foucault esa obsesión por el tiempo espacializado en edificios y redes de transporte, por los mapas de la desigualdad y la opresión, invisibles y latentes bajo las neutras cartografías oficiales. Por entre la enmarañada y densa prosa sebaldiana, el lector puede ir atisbando la sucesión de edificios monstruosos y descomunales («la compulsión del orden», «la tendencia al monumentalismo») diseminados por la geografía europea y que llevan inscrita en sí mismos la historia del colonialismo, el imperialismo, el capitalismo, el Holocausto… Se trata de zoológicos, museos, lapidarios, balnearios, manicomios, Palacios de Justicia, fortalezas y bastiones militares, campos de concentración, colonias penitenciarias, barrios obreros diseñados con tiralíneas, estaciones ferroviarias, lugares todos ellos a través de los cuales Austerlitz buscará el misterio de sus orígenes, hasta llegar a la actual Bibliothèque Nationale de France, hipertrófico proyecto que se presenta como una memoria total del universo (obligados los nombres de Resnais, Calvino o Borges) y se revela, muy al contrario, un absoluto fracaso en dicha pesquisa del personaje sebaldiano. Lo que ambiciona ser utopía de eficiencia, completud y transparencia pasa a ser considerado una gigantesca máquina entrópica basada en el olvido por acumulación y la postrera sepultura de los recuerdos individuales y colectivos.

La memoria es, precisamente, el hilo conductor de todo el relato. O más bien, la dificultad de invocar los detalles, las vidas y la presencia de las personas, las cosas, las prácticas y las sensaciones, la fundamental contradicción entre una memoria oficial, aherrojada en tramas, personajes, escenarios o motivos estereotipados y «las historias unidas a innumerables lugares y objetos, que no tienen capacidad para recordar, no son oídas, descritas ni transmitidas por nadie». Dos perspectivas o regímenes escópicos parecen así oponerse (o complementarse, según momentos y ocasiones) a lo largo de la novela de Sebald. Por una parte, un paradigma topográfico y cartográfico hijo de la planificación, del espacio bidimensional falsamente euclidiano y de la necesidad de generar desde arriba una imagen panóptica de la realidad. Michel de Certeau trazó ya en 1980 los rasgos fundamentales de esa pulsión olímpica y totalizadora ínsita en la visión cenital, llegando a hablar del voyeur como encarnación de semejante voluntad de control. Las ubicuas tecnologías de la geolocalización no eran por entonces el pan cotidiano, de ahí que el pensador francés aún no pudiera referirse a la inflación de mapas predictivos del crimen que pueblan las actuales ficciones audiovisuales de la maquinaria voyeurística estadounidense. El mapa como algoritmo, proceso, programa, lecho de Procusto en el que tender y dar forma a la realidad. Por otra parte, un paradigma arqueológico (de nuevo la vía foucaultiana) que toma como punto de partida esas cartografías del control y del olvido para proceder de forma sinuosa y laberíntica, como la memoria individual, en un paciente trabajo de rastreo a través del espacio hecho tiempo, del tiempo domeñado por el espacio. Al voyeur amante de las perspectivas a vista de pájaro le sucede así el marcheur de Certeau, un artista del paseo a ras de tierra, de la inmersión total en el caos del espacio vivido. Austerlitz se nos presenta, así pues, como un ambicioso psicogeógrafo que, sin desdeñar las prácticas flâneurísticas urbanas (sus peinados de la red viaria de Londres o París), pone en práctica una lectura arquitectónica y geográfica con epicentro europeo (algo ya presente en otros libros de Sebald como Los emigrados, Vértigo o Los anillos de Saturno) pero irrevocablemente destinada a desembocar en los lugares fagocitados por Occidente, en las heridas que surcan la historia de la geopolítica mundial. Su peregrinación en pos de los orígenes familiares, su derrota final (o su victoria perennemente postergada), son un intento individual por contrarrestar ese Alzheimer social y programado basado en «la progresiva extinción de nuestra capacidad para recordar, paralela a la proliferación de la información».

El resultado de esa búsqueda es una red multidimensional en la que la estación londinense de Liverpool Street halla su fantasmal continuación en la Gare Austerlitz de París (el centro imantado de un relato centrífugo) o en la Centraal Station de Amberes, todas ellas unidas por sus oscuros orígenes, los siglos enterrados bajo sus cimientos, los arreglos y desarreglos de la urbanización capitalista, las dislocaciones de masas enteras hacia otros barrios, la especulación inmobiliaria, todo aquello que obsesionó a Baudelaire (la forme d’une ville / change plus vite, hélas!, que le coeur d’un mortel). Una estructura reticular deudora de la «economía de la esclavitud» postulada por el nazismo, el punto ciego de la peripecia del protagonista y por derecho propio uno de los avatares más desbocados y a un tiempo más puros de la modernidad occidental. Cabe preguntarse hasta qué punto es posible seguir añadiendo eslabones en esa cadena de tiempo espacializado, con el objeto de sumar a dicha geografía de la esclavitud y la vagonificación los innumerables no-lugares que pueblan a día de hoy el territorio: aeropuertos inútiles, centros comerciales, gimnasios, hospitales privados, palacios de congresos, estaciones para trenes de alta velocidad, empresas de trabajo temporal y precario, mastodónticos complejos de juego y apuestas…).

Quizá la ficción, más allá del soporte o lenguaje utilizado, sea uno de los lugares donde seguir buscando ciertos instrumentos para destejer esa red cartográfica de nodos y líneas destinada a hacer olvidar en el espacio y en el tiempo otros mundos reales ya desaparecidos u otros universos posibles silenciados antes de nacer, el Alzheimer social y programado que da título a estos desvaríos. En el epílogo a su libro El hacedor, Jorge Luis Borges, otro adicto a los mapas y a las formas del tiempo, nos dejó un microrrelato en ciernes a propósito de un hombre que decide dibujar el mundo, para lo cual durante años «puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara». No olvidar los trazos de ese rostro, de ese mapa, de esas historias colectivas e individuales, de esos proyectos y geografías descartados. Ése, quizás, no es el menor de los méritos de la obra de Sebald.

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