Aunque no haya futuro

Ben Clark

when you see how everything you can ever accomplish will end up as trash.

Chuck Palahniuk, Fight Club.

Observo el escritorio (físico) en el que trabajo. Varios libros buenos, alguno malo, diccionarios, bolígrafos ―de los que pintan y de los que no―, una lata de Coca-Cola® a medio consumir, un paquete de Kit Kat® que ya no contiene nada y que, me doy cuenta ahora, ha iniciado un apasionado diálogo con la lata ―no me había fijado en lo parecidos que son, juntos forman una especie de equipo Ferrari de las calorías que lo abarca todo; lo sólido y lo líquido, la curva y la recta. Juntos nos han conquistado con la hermosura de sus cacofonías―. Basura. Todo basura, si no ahora, dentro de un tiempo. Y no hay más. El libro Basura es también un producto y como tal será consumido y desechado. Es posible, incluso, que en muchos casos no se consuma y pase directamente de los almacenes de la Editorial Delirio al contenedor de reciclaje o de la biblioteca de algún comprador compulsivo de libros ―benditos ellos― a la basura en la siguiente mudanza. Lo que más me gusta del libro es que no es, como se ha dicho alguna vez, tanto una forma de ver la basura como una prueba más del propio fenómeno que los textos denuncian y celebran: Basura sólo podrá ser leído mientras siga funcionando la máquina contra la que clamaba Mario Savio hace ya medio siglo o la «cinta deslizante» de la que habla Jorge Riechmann en un magnífico poema de El día que dejé de leer El País. La máquina está funcionando y cuando pare ―volviendo al poema de Riechmann― lo hará para siempre. Creo con toda firmeza que estamos en un camino sin retorno y por eso no me gustaría que se interpretara el libro como un poemario que habla de ecología. A mí me ha interesado documentar nuestro fracaso, nuestro camino ―¿irreversible?― hacia la podredumbre y que tiene, desde luego, cosas maravillosas y que vale la pena destacar.

Cuando era un adolescente caí en la trampa de Sam Mendes y quería escribir poemas que hablaran de bolsas de plástico volando al viento que hicieran llorar a mis compañeras de clase. Hoy sé que la bolsa de plástico es eso, una bolsa de plástico y lo que hay que celebrar ―si acaso― es su cutrez exenta de bandas sonoras, de gloria, de futuro. La sociedad que hemos destruido entre todos es esto que observamos, a diario. Hemos abrazado un sistema absurdo y vicioso, capaz de destruir en diez años de basura una civilización que no había acumulado, en diez mil años, otra cosa que sabiduría ―estoy pensando en el breve y tremendo documental de Werner HerzogTen Thousand Years Older’ (2002)―. Tampoco llamaría a esto pesimismo. Nunca he querido ser, como decía Gonzalo Escarpa, un poesimista. Creo que lo mejor ha pasado, entendiendo lo mejor como una época de despreocupaciones, bienestar y comunión con la naturaleza. No veo cómo puede ser uno acusado de pesimismo cuando la realidad es, en efecto, siempre mucho peor.

Quizá sólo valga la pena, en el fondo, la humanidad que hay detrás de casi todas las historias relacionadas con la basura. La humanidad, de nuevo, como algo bastante feo, noble, sí, a su modo, pero desde luego recubierta de una pátina de soledad y patetismo que lo hacen bastante irresistible, herzoguianamente irresistible. Porque hay que empezar a hablar ya de una nueva forma de estar en el mundo, en este Nuevo Mundo. Hace falta ―y creo que está ocurriendo― construir una narrativa, una poética para procesar nuestra extinción. Opino que es, hoy más que nunca, fundamental recoger el testigo con la conciencia de ser los últimos en portarla, con la única determinación de hacer un buen sprint final. Todos nuestros dirigentes políticos ―nacionales e internacionales― pertenecen a una generación que vive, afrontémoslo, de espaldas a cualquier interés relacionado con la supervivencia en este planeta. Todos los Al Gore ―incluso los Al Gore― del mundo han vivido ya en un planeta muchísimo mejor que el que conocemos los veinteañeros de hoy en día y sus discursos no nos sirven. Hablan de proteger, de conservar, de reciclar. No. Ya no hay nada que proteger, no vale la pena conservar y desde luego reciclar la mierda de otros no nos hará vivir mejor. Frente a las famosas erres, tan al final del abecedario, hay que romper la baraja con una transparente «A»: Asimilar. Las cosas están así: esto es insostenible. La guerra llegará, pronto, y hasta entonces no nos queda otra, creo, que asimilar que nuestros abuelos la cagaron, que nuestros padres también y que no estaría de más que todo reventara de una vez y que se acabara esta plaga de humanos. No hay que preocuparse. Como dicen los nativos americanos, el mundo tiene todo el tiempo del mundo.

La A. No tanto la A de anarquía sino la A de amor. El amor, quizá, como el único camino ―nunca como esperanza―. El amor del padre y del hijo que caminan por la carretera de un mundo condenado ―el mismo mundo en el que vivimos hoy, en realidad―, el amor por las cosas pequeñas, que no importarán cuando estalle la bomba. En un librito inmenso, El tiempo de los asesinos, Henry Miller pensaba en la bomba y en Rimbaud hace sesenta años al escribir «Y el futuro le pertenece aunque no haya futuro». Creo que detrás de estas palabras hay una forma de vivir hoy, una filosofía extraña y sencilla que entiende que podemos pervivir en la destrucción, que la enfermedad, como ya nos anticiparon Camus o Umbral, es la vida verdadera. Hagamos el futuro nuestro con el Amor, con el Arte ―pero un arte alejado de los museos, de los espacios proporcionados por aquellos que crearon las deudas imposibles de pagar―, arte para reírnos un poco antes del último día, para sentir alguna emoción y para aceptar que todo se hizo mal, sí, pero nosotros tenemos hoy el privilegio de ser testigos del final, que es nuestro deber comprender la deriva de los siglos y que hay que hablar de lo que hemos sido, los humanos, y hay que abrazarse, largamente, cuando se materialice la promesa del invierno nuclear.

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