CONTRA LA PAREJA

Petra Burdel

Sentir

Entra.

Déjame cerrar la puerta.

Nos miramos, los dos de pie en medio del salón, nos besamos.

Me coges de la cintura y, seguimos besándonos, me aprietas fuerte contra ti hasta que decido quitarte la camiseta. Acaríciame los pechos, así, desabróchame el sujetador. Fuera el jersey. Fuera el sujetador. Nos besamos. Apriétame los pechos. Has dicho tantas veces que te vuelven loco… Más fuerte. Meto la mano dentro de tu pantalón y encuentro tu… pene erecto. Lo acaricio. Gimes. Me desabrochas el botón de los shorts y, hemos dejado de besarnos, me los bajas hasta los tobillos. Me miras. Fuera las zapatillas. Quítame las medias. Arráncamelas con los dientes. Ya aparecerás mañana, o dentro de una semana, con otras nuevas, parecidas. De rodillas, con impaciencia, me las arrancas y las escupes. Me das un beso en las bragas y me las quitas. Espera. Me siento en la mesa, totalmente desnuda, y apoyo las manos y los pies en ella. Ven. Quiero que me lamas el clítoris, que me chupes la vulva, abierta a ti. No, espera, hablar así, con las palabras que me enseñaron en el colegio, no me excita. Voy a decirlo: quiero que me comas el coño. Ven, así. Me haces respirar con dificultad. Así. No puedo evitar gemir. No puedo evitar soltar grititos de placer. Me metes un dedo, dos, mientras me sigues lamiendo el clítoris. Me muerdo una mano. Sigue, sigue. Creo que voy a correrme. Creo que voy a gritar.

Otra vez de pie frente a ti, te miro, sonriente, mientras te desabrocho el botón del pantalón, mientras te limpias la boca con el antebrazo. Fuera las zapatillas. Las tuyas. Hace rato que me quité las mías: ahora, una junto a la puerta, la otra sobre la butaca. Fuera, por supuesto, los calcetines. Sonríes. Fuera el pantalón. Abajo los calzoncillos. Me siento en el borde del sofá. Ven, acércate. Te voy a, sí, por qué no decirlo así, te voy a chupar la polla. Te miro a los ojos mientras te lamo los huevos –sólo médicos y profesores ven testículos– apretándote las nalgas. Vuelves a gemir. Te miro a los ojos mientras te cojo, sí, la polla y la recorro entera con la lengua. Cuando me la meto en la boca. Mascullas algo que no entiendo. Observo tu reacción cuando te acaricio el ano –el lubricante está en la habitación– al tiempo que recorro tu polla, abajo y arriba, abajo y arriba, con la boca. Te tiemblan las rodillas. No te corras todavía. Espera, no te corras. Te cuesta mantenerte de pie.

Me coges por los hombros, impaciente, y me pones de pie. Pilla un condón de mi bolso. Me pides que me abrace a tu cuello y me levantas con tanta fuerza como delicadeza agarrándome por las nalgas para que rodee tu cintura con las piernas. Me apoyas contra la mesa y, ah, me penetras. Te miro. Me haces gemir: me penetras una y otra vez, una y otra vez, cada vez con más fuerza. Gimes: mi interior te hace gemir. Me aparto el flequillo de la cara. Aprieto tu cintura con las piernas y me tumbo sobre la mesa. Me cuesta fijar la vista en el techo –sigues penetrándome, una y otra vez. Así, no pares de follarme–, me acaricio los pechos, las tetas, luego los pezones. Unes tus manos a las mías para acariciarme las tetas, para apretarlas. Me meto uno de tus dedos en la boca. Cierro los ojos. Me concentro en cómo arremetes contra mí sobre la mesa, en acariciarme los pechos, en el placer. Gimo. Oigo tu respiración, cada vez más ruidosa. Abro los ojos. Los dos sonreímos, lascivos, tú con dificultad. Espera, no te corras todavía.

Te empujo para que salgas de mí. Ahora sí, sonríes. Siéntate en el sofá: me toca follarte. Me siento a horcajadas sobre ti, como si te cabalgara –te gusta que lo diga así, ¿verdad?–, y vuelvo a meter tu polla dentro de mí. Te pongo las manos sobre los hombros y subo y bajo, subo y bajo. Muevo la cadera hacia adelante y hacia atrás, una y otra vez, hacia delante y hacia atrás. Dibujo círculos con la cadera sobre ti obligando a tu polla a que los dibuje dentro de mí. A que me des placer mientras te doy placer. Ahora, otra vez, hacia delante y hacia atrás, me aprietas los pechos y me besas los pezones en cada embestida, hacia delante y hacia atrás, cada vez más deprisa, me aprietas las nalgas contra ti, intentas juntar tu lengua con la mía, pero no llegas, hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás, me coges del cuello, sin apretar, hacia delante y hacia atrás mientras gemimos. Ahora, córrete ahora, córrete dentro de mí, dentro de ese plástico que has metido en mi interior.

Córrete conmigo.

Pensar

Quiero follar contigo por todos los rincones de la casa. Quiero, incluso, hacer el amor contigo los días felices. Pero no puedes pretender ser el único con quien lo haga. No me pidas exclusividad.

Tú que lees, mastúrbate si necesitas tener la mente clara. Ahora toca pensar.

Quiero que me dejes explorar tu cuerpo y que me ayudes a conocer mejor el mío. Quiero comprenderte, escucharte: que me hables de tu trabajo, de tus ilusiones, de tus frustraciones. Quiero aprender contigo: que leamos o veamos una peli juntos en la cama. Quiero salir de fiesta contigo. Incluso viajar. Acompañarte para que no te sientas solo. Acariciarte el pelo en el sofá.

Pero no quiero ser tu novia ni, mucho menos, tu mujer. No quiero firmar ningún contrato de permanencia ni compartir una hipoteca contigo. Ya no puedo creer en la pareja, en esta sociedad de la pareja. Ni tú me perteneces ni yo te pertenezco. Nos veremos cuando a los dos nos apetezca. No quiero cargarte con responsabilidades que te hagan creerte con algún derecho sobre mí. No podremos exigirnos nada, sino agradecernos todo lo que hagamos el uno por el otro, siempre voluntariamente. No quiero ser infiel. No quiero reducir mi vida a ti.

Y ¿si la pareja fuera la entropía? No hay pareja sin límites. Emparejarse implica aceptar ciertos límites mentales y sociales en aras de la seguridad y la comodidad. Recurrir a la pareja –a un solo individuo– supone reconocer que estamos solos. Emparejarse es excluir. La pareja moderna es un simulacro temporal del matrimonio cristiano para toda la vida. Pero el amor –el romántico, el de las películas– no dura tanto: según los últimos estudios psicológicos, no sabemos amar durante más de cuatro años seguidos. Debe de haber –debemos encontrar– otras formas menos restrictivas de compartir la intimidad.

¿A cuantas generaciones de mujeres –y también hombres– ha condenado a la prostitución la sociedad del matrimonio? A una prostitución legal basada en la práctica de sexo continuado siempre con la misma persona a cambio de estabilidad económica y social –esto es, de dinero– y, muchas veces, incomprensión, infelicidad e incluso maltrato ¿Acaso no se prostituye también una adolescente que, seducida por una moto o un coche, quiere ser la novia de su dueño y practicar sexo con él? ¿Acaso una moto o un coche no simbolizan una posición social que significa, a su vez, dinero? ¿Cuántas personas se han casado atraídas por el trabajo, la casa o la posición social de su pareja? ¿Atraídas, dicho de otra forma, por su dinero? El matrimonio civil y la pareja en cualquiera de sus formas no son más que la actualización desacralizada de una norma social –no natural– impuesta por la Iglesia, por la élite conservadora romana que durante el Bajo Imperio reelaboró el discurso cristiano para adaptarlo a sus intereses. La pareja es el origen de la familia y de la herencia, principales reproductores de la desigualdad económica. La familia, la forma de organización social tradicional, es el primer reproductor –antes que la escuela o la televisión– de la ideología conservadora dominante, ya sea socioeconómica, cultural o religiosa. La familia vertical dirigida por el cabeza de familia es uno de los pilares –uno de los órganos de control– fundamentales de las dictaduras.

¿Acaso obtener sexo continuado a cambio de comprometerme a no practicarlo con nadie más no es prostituirme? ¿No es, dicho de otra forma, pervertir, prostituir, el objetivo natural del sexo? Una vez que no follamos para procrear sino por placer y, siendo conscientes de que en el capitalismo todo puede conseguirse con dinero, que todo significa dinero, todo, quizá la única salida para no prostituirse sea practicar el sexo por el sexo. Por compartir. Practicar un sexo, como la vida, no trascendente. Sin compromiso. Quizá la solución para ser libre esté, como escribe Jesús López Pacheco en sus “Cuatro notas a manera de epílogo” para la reedición en 1982 de Central eléctrica, en no comprometerse. Eso dice, refutando a Sartre: no comprometerse para sentirnos libres de imaginar lo que aún no es real, para, sin lastres, arriesgarnos a cambiar.

Dejar de utilizar el sexo como una de las cláusulas de un contrato de fidelidad cambiaría nuestra forma de agruparnos, de organizarnos socialmente. Esto es, cambiaría la sociedad. Y de eso se trata. Frente a la sociedad de la pareja, el matrimonio y la familia, fundemos nosotros no la sociedad de la amistad, que sería abstracta, sino comunidades de amigos. Creemos juntos una nueva ficción –otras canciones, otras películas, otras novelas– que prescriba y describa una nueva forma de organizarnos y relacionarnos, porque todas las canciones de amor son conservadoras –no escucho canciones de amor mientras follo contigo en mi imaginación, sobre la mesa del salón. Lo siento, es cierto, ahora toca pensar–. Como las comedias románticas producidas por Hollywood con que nos ha bombardeado la globalización estadounidense, las canciones románticas se esfuerzan por conservar la forma tradicional de relacionarse por amor: la pareja ¿Tenía razón @oikonomenos cuando escribió en Twitter el 8 de agosto que “el realismo crítico no tiene nada que hacer aquí y ahora” y que nuestra sociedad necesita más bien cierto “idealismo mágico”? Puede que se refiriera a cierta descripción de la utopía, a la urgencia de un mapa que nos guíe a otro mundo donde no necesitemos más héroes protectores, donde podamos desempeñar más funciones que las de prostituta, esposa o madre. Pero no quiero quedarme sola en los márgenes de esta sociedad de la pareja. Fundemos juntos, eso es, nuevas comunidades de amigos. Aunque algunos de mis mejores amigos sean parejas, aunque a veces parezca la única forma de resistir a este sistema egoísta, ayudadme a dejar de creer en la pareja.

Juliao_Sarmento,_Holly,_2006

Holly, Julião Sarmento (2006)

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