ORÍGENES DE LA POSTAL ERÓTICA Y ESTEREOTIPOS DE GÉNERO

Marisol Salanova

La tarjeta postal es un impreso con forma rectangular y de tamaño variable destinado a una correspondencia breve al descubierto. Actualmente se encuentra en desuso, sobre todo desde la aparición del correo electrónico. Da pena pensar que las próximas generaciones nunca se habrán enviado postales de papel, quizás sí de las virtuales. Sin embargo, la postal clásica tiene una trayectoria como objeto para coleccionar tan extensa como la de instrumento de comunicación e información vinculado al turismo, que guarda una curiosa relación con el erotismo.

A comienzos del siglo XX la tarjeta postal era muy socorrida por barata y rápida: se vendían millones cada año, con gran variedad de motivos. De hecho, el papel fotográfico se comercializaba principalmente en el tamaño de las tarjetas postales. Más pronto que tarde las imágenes eróticas entraron en un auge de producción industrial y comenzaron a imprimirse en generosas cantidades desafiando a los censores de la época. La represión y las multas a quienes las vendían, así como también a los fotógrafos, sacaron de circulación muchas de estas imágenes, que consistían en desnudos que recreaban escenas legendarias, literarias, paganas, profanas, sagradas o simbólicas. A veces con un marcado carácter fetichista, incorporando elementos relacionados con la autopunición, el sadomasoquismo suave y el exhibicionismo.

Según explica Alexandre Dupouy en su libro Fotografía erótica (Edimat, 2007), el desencadenante para que lo erótico se filtrase en este ámbito fue que un fabricante de estereoscopios especialmente morboso que se llamaba Jules Richard pusiera en el mercado las imágenes estereoscópicas. Cuando murió, su biógrafo Jacques Perrin realizó un inventario de 7.500 imágenes eróticas, de las cuales la mayoría habían sido tomadas por el propio Richard. Por eso es considerado pionero en trasladar el erotismo gráfico al correo. Solía escoger a sus modelos de entre bailarinas y camareras, pero también hacía posar a modelos profesionales. Todas las fotos habían sido cuidadosamente catalogadas y muchas llevaban escritos nombres como La Cigale o Le Moulin Rouge.

No obstante, la auténtica proliferación de la fotografía de desnudos en forma de tarjeta postal parece que se dio durante la Primera Guerra Mundial. Con la tácita aprobación de las autoridades los jóvenes soldados recibían en sus sórdidas trincheras las imágenes de mujeres libres y deseables en todo tipo de poses. París era el lugar que actuaba como faro para tales imágenes, tal y como señala el propio Dupouy, pues las mujeres de las fotografías solían ostentar un aire parisino que era sinónimo de libertinaje. Allí los burdeles empezaron a tener catálogos de las prostitutas fotografiadas y expuestas a la elección del cliente. Cuando la guerra terminó, el Casino de París decidió que todas sus bailarinas aparecieran desnudas en un espectáculo lleno de euforia. Las fotografías de aquel evento dieron la vuelta al mundo.

El efecto del fin de la Primera Guerra Mundial influyó en la explosión de movimientos artísticos como el Dadá, la Bauhaus, la Escuela de París, el Surrealismo y el Cubismo. La exhibición de la desnudez estaba en su punto álgido. Josephine Baker, indiscutible reina de los espectáculos de Les Folies Bergère (La Folie du Jour en 1926 y Un Vent de Folie en 1927), había saltado al escenario con sólo un racimo de bananas como vestido. Las fotografías de aquel sugerente modelo se vendieron muy bien y hubo muchas postales con imágenes de espectáculos de variedades: ya no se trataba de una novedad. La desnudez del cuerpo femenino se volvió inevitable y, aunque frecuentemente estereotipada, sembró la semilla de una revolución.

Los grabados eróticos, así como la literatura y la fotografía, abrieron la veda al comercio pornográfico, ya que lo erótico se volvió cada vez más y más explícito. Por otro lado, desde el ámbito científico vieron la luz fotografías de mujeres desnudas de etnias exóticas, idealizadas y también estereotipadas. La apropiación artística de las representaciones eróticas y la reelaboración del concepto de postal picante han contribuido a cuestionar los estereotipos de género, así como a diluir la heteronormatividad (aunque este término no se emplease hasta los años 70). Se entiende por heteronormatividad la tendencia a imponer el patriarcado y las prácticas heterosexuales mediante diversos mecanismos educativos, médicos, religiosos y jurídicos, a través de los cuales la heterosexualidad se presenta como necesaria para el funcionamiento de la sociedad, identificada como único modelo válido de relación sexual deseable.

La imagen ilusoria de una muñeca violada en una fotografía de Pierre Molinier (su obra Poupée violée realizada en 1965) ironiza sobre la virilidad, nos habla de la fluctuación entre lo masculino y lo femenino y estimula la semilla del transgénero en un formato que recuerda al de las postales. Los accesorios incluidos en algunas de las viejas postales eróticas (látigos, fustas, ataduras, máscaras) son de gran interés para el desarrollo de prácticas relacionadas con lo que Michel Foucault denomina “sexualidades periféricas”, aunque hoy en día algunos accesorios son comunes en cualquier práctica sexual, no necesariamente sadomasoquista. El placer se deconstruye en distintos elementos permitiendo cantidad de combinaciones y variaciones que han gozado de mayor o menor aceptación en función de la época. Las imágenes eróticas son el reflejo de cuerpos sexuados sin límite destinados a ser representados hasta el paroxismo sobre cualquier soporte.

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