ANTE LOS TROZOS DEL ESPEJO

David Matías

Un trozo

Alguien ha dejado dos fotografías sobre el escritorio. En la primera, dos jóvenes sonrientes entre los dos espejos del probador de una tienda de ropa. El chico dispara la cámara mientras la chica escribe con pintalabios en el espejo frontal: “Conócete a ti mismo”. El espejo posterior refleja sus rostros como calaveras y repite hasta el infinito sus sonrisas congeladas en una mueca. En la segunda, un anciano pensativo y desnudo frente al lavabo. Con una mano sujeta la cámara que fotografía su reflejo y con la otra dibuja en el vaho del espejo: “Nadie se conoce a sí mismo”.

 

Otro trozo

“Continuará…”, escribía Joan Fontcuberta al final de su introducción a A través del espejo, exposición y libro compuestos por una selección de los miles de reflectrogramas que pueblan la Red. Así que continuamos nosotros con un artículo para nuestro número cero titulado “Espejos en fotografías en Internet”, en el que al final os proponíamos que nos enviarais vuestros propios reflectrogramas, que, como sabéis, son autorretratos frente al espejo o “cualquier otra superficie reflectante” en los que aparece el dispositivo con que se toma la fotografía. El proyecto, al que llamamos Atraviesa el espejo, tenía una fuerte carga de género: invitábamos a las mujeres, a las chicas, a construir los modelos femeninos de las adolescentes que están por venir.

Podéis ver todas las fotos citadas en este artículo (todas forman parte del proyecto: son el proyecto) en la sección “Vuestros reflectrogramas” del blog de Sara Mago.

Otro trozo

En el reflectrograma titulado “Desolación” no aparece ningún atributo sexual. No hay seducción. Sentada junto a la taza del váter, una chica se abraza las piernas, flexionadas, y oculta la cara entre ellas. Pero ¿por qué se fotografía en el cuarto de baño? ¿Porque se siente, quizá, un desecho?

En “Espejos en fotografías en Internet” nos preguntábamos si detrás del exhibicionismo de los reflectrogramas no se escondía cierto deseo de venderse a uno mismo, de explotar voluntariamente la propia imagen imitando a los iconos explotados por la industria cultural y publicitaria que admiramos, imitando a las prostitutas del Barrio Rojo de Ámsterdam que, obligadas o no, ofertan su mercancía tras los escaparates. Pero ¿qué hay de malo -podría responder alguien- en querer seducir, en querer gustar? ¿No son estos autorretratos colgados en Internet un encuentro con los otros?

La foto “Rodrigo Luxon” [primera ilustración] expresa la consciencia de que en un reflectrograma el artífice y a la vez protagonista de la foto se debate entre la condición de sujeto y la de objeto. En el centro de la imagen, la cámara, que, montada sobre un trípode, independiente por momentos de la mano humana, domina la composición. En un lateral, un chico con el torso desnudo que, quizá cansado de la constante necesidad de gustar, de la imposibilidad de escapar al ojo de los demás y de la máquina, ni siquiera mira a la cámara: prefiere contemplar su reflejo en el espejo. Al fondo, una cama deshecha apuntala la dicotomía interior/exterior que vertebra la imagen. “Entre rejas” redunda en esa consciencia del fotógrafo convertido en objeto mostrando su reflejo encarcelado tras los barrotes de una ventana. “Esto somos I” presenta otro torso desnudo encerrado en la pantalla de un ordenador, estación de ocio pero también de trabajo, acusada de no-lugar por el libro que yace a su lado, sobre el escritorio, junto a un boli y una libreta y otros libros que parecen sugerirnos que el trabajo intelectual, como el físico, quizá también nos envilezca. “El trabajo os hará libres”, inscribieron los nazis a la entrada de Auschwitz y otros campos de exterminio (a pesar de que, mucho antes, en 1880, Paul Lafargue hubiera publicado El derecho a la pereza). Pero si los trabajos forzados y el salario esclavizan, también lo hace el ocio de masas, cuya totalitaria difusión deja muy poco espacio a posible alternativas culturales. El sensacionalismo televisivo de “Esto somos II”, conservador, machista, estereotipado, cosifica el cuerpo y anula al espectador, que ni siquiera aparece en una imagen que, por otra parte, ¿a cuántos no retrata? Como si se tratara de un reflectrograma pre-abstracto que imitara el trayecto estético recorrido por la pintura, sólo muestra un reflejo metonímico de la cámara: el flash.

Pero ¿cuál es la clave para librarnos de esa cosificación del sujeto que amenaza detrás de cada foto que nos hacemos frente al espejo? Quizá tengamos que imitar a la Alicia soñada por Lewis Carrol, de la que nos cuenta Fontcuberta que quiso atravesar el espejo para “escabullirse en su ficción”, para trasponer el umbral a otro mundo. En una serie narrativa de tres reflectrogramas, su autora/protagonista documenta un intento fallido de entrar en el espejo a cabezazos, según ella misma confiesa en una nota y como atestigua el cristal hecho añicos de “En la noche, 2007”, tomada en un cuarto de baño público/privado, y “En casa, 2008”. En la primera, sin embargo, tamaña liberación de energía parece haber transformado el entorno: las puertas de los excusados están abiertas ¿Es el reflejo fragmentado una metáfora del resquebrajamiento de una ilusión? ¿Lo son las puertas de un estado de ánimo? Como al final del relato de un aprendizaje, la protagonista de “Sabes algo, 2009” se encuentra pegado en el cristal, otra vez sin fisuras, un post-it en el que alguien ha escrito: “¿Sabes algo que pueda serle útil a los demás?”. Incapaces de traspasar físicamente el espejo, como Alicia, e indagar, quizá no hayamos tenido otra opción para recuperar nuestra condición de sujeto (reducida a la de objeto por el reflejo especular) que hacerlo saltar en pedazos para, incluso ante un artefacto fabricado para contemplarse a uno mismo, dejar de mirarnos. Y, entonces sí, al encuentro con los otros, mirar.

 

Otro trozo

Reflectrogramas en los que prima el mensaje verbal:

“Lizzy Bennet” [tercera ilustración], que, como si participara de nuestro descubrimiento, oculta su cara tras un emoticono sonriente (máscara de Anonymous digital, de heroína colectiva) y, reclamando justicia, desviando la atención de sí misma, señala su camiseta, en la que puede leerse: “kill all bankers”. Y “Spazio”, en el que puede adivinarse un interés más intelectual.

En los que priman mensajes no verbales (clasificación a la que podría ajustarse, no obstante, cualquier reflectrograma):

“La Pequeña Delirio #2”, en el que una serie de iconos pictográficos adheridos al espejo prescriben el uso de un baño, remedando a Zygmunt Bauman, público/privado. Un espacio en el que ciertas normas de conducta privadas invaden la autonomía pública del individuo. “¿Qué significa el punto verde?”, que, con solo un círculo pegado a la entrada de un establecimiento, es capaz de reivindicar la sanidad pública, por más que dicho punto remita a un complejo debate verbal. Y “El desdoble patrocinado”, que nos muestra la imagen partida en dos de un individuo que acusa a los símbolos publicitarios del fondo de enajenar nuestros deseos.

Otro trozo

Autorretratos reflejados en todo tipo de objetos y superficies. Como una lámpara, en “Homenaje a Escher”, que tiende puentes entre este nuevo género fotográfico y géneros de la tradición plástica anterior como el grabado. Como la luna del coche, símbolo del capitalismo, sobre la que se retrata “Jorge M”, parodia sucia de ese personaje de American Beauty que parece limpiar su propio reflejo mientras abrillanta el capó de su coche. Como el retrovisor lateral del coche, en “Marisol Salanova 2012” y “Roud Hours”. Como un CD, en “Al final de la escapada (dry cd)”, al mismo tiempo un homenaje a la nouvelle vague, y en “Four legs good, two legs bad”. Como una esfera metálica, en “Round Saint Paul”. Como unas gafas de sol, en “Vegaflexión”. Como un espejo convexo para la circulación vial, que documenta el proceso de construcción de un sueño compartido en “ReflectroAuriga” y un encuentro en los accesos del metro en “London Subway: Pre-Olimpic Games” o que, trasladado al interior de un edificio en “Willkommen”, sirve para abrir un espacio privado a todos.

Otro trozo

La naturaleza invade el espejo en “La Pequeña Delirio #1. Las fronteras entre el interior y el exterior se funden, como en la radiografía humorística “José María Cumbreño por dentro y por fuera”. Hasta que vuelven a delimitarse con claridad en “La música del desierto (libro-espejo)”, cuyos protagonistas optan por publicitarse leyendo, por vender su conocimiento frente al imperio de las apariencias. El libro como atributo intelectual frente a los atributos sexuales.

Otro trozo

La transformación corporal subyace en reflectrogramas como “Juan Dando”, que se convierte en un cíclope en el que el ojo de la cámara sustituye al ojo humano, fusión de la carne y la máquina llevada casi hasta el impresionismo en “Face”. Tímidos travestismos motivan “Drag King-Queen”, donde una chica finge un bigote con un mechón de pelo de su cabeza tras un chico que amenaza con pintarse los labios. “ReflectroGrandma: de donde venimos”, entrañable retrato intergeneracional, podría valer también como una reflexión sobre las huellas de la edad en el cuerpo.

Otro trozo

Inclasificable composición pictórica, irreverente parodia, la de “Avutarda sacra” [segunda ilustración].

Otro trozo

De los 32 reflectrogramas que nos habéis enviado, 12 son femeninos y 12 masculinos. De los 7 autorretratos de grupos y parejas mixtas, en 2 sujetan la cámara, controlando la imagen, las chicas y en 5 los chicos. Sólo en 1 no puede identificarse el género del fotógrafo.

Otro trozo

Una veintena de personas practica ciclo indoor a ritmo de electro latino en la sala de un gimnasio en la que tres de sus cuatro paredes están forradas de espejos que reproducen hasta el infinito la carne en ejercicio. Sobre el sillín de una bici sin ocupar, sola, la cámara.

Basándose en que no pretenden crear sino comunicar, en que no sabrían prescribir los valores y el sentido de sus acciones, carentes de toda intención, Fontcuberta niega la condición de autor a los artífices de los reflectrogramas. Negación que, auspiciada en tales criterios, quizá también podría extenderse a creadores poco conscientes de su artisticidad como Arthur Bispo do Rosário o a etiquetas enteras como art brut o outsider art.

La pregunta es, pues: ¿quién o quiénes colocan la cámara ahí y activan el disparador automático en la fotografía anterior? ¿Qué mirada ordena la composición de tal reflectrograma?

Otros muchos trozos

A todos los que habéis participado en Atraviesa el espejo y habéis compartido vuestra reflexión ante vuestra propia imagen con nosotros: Gracias. A todos los que habéis apoyado y difundido nuestra iniciativa, haciéndola vuestra: Gracias.

CRÉDITOS DE LOS REFLECTROGRAMAS

Juan Dando · Lizzy Bennet · Cyberpirla · Jorge M · Elena Cabrera · La Pequeña Delirio · José María Cumbreño · Rodrigo Luxon · Conchi Legrand Barrett · M. Vulcano · Marisol Salanova · Jesús Nido · Laura Azuaga Muñoz · Pablo Aldana · Virginia Rivas/Urbano Pérez Sánchez · Guillermo Morales Sillas/Isabel Torreblanca · Laura Moreno · Teresa Batallas, Cristina Borrego Real, Raquel Cendal, Helena Muela · Roberto de la Llave · RubenZuelo · Dantegalis · Ama ·

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