ALICE GUY, PIONERA DEL CINEMATÓGRAFO

Texto: José Luis Forte Ilustración: Fermín Solís

Alice Guy nació en París en 1873. Está considerada la primera mujer directora de la historia del cine. Si bien este tipo de afirmaciones son algo tramposas: los inicios del cinematógrafo se redescubren constantemente y no sería de extrañar que en cualquier momento apareciera otro nombre que le arrebatara el puesto. Pero mientras esto no suceda, Alice Guy es la primera. Una auténtica pionera no solo en el campo de la dirección cinematográfica, sino también en el uso del color y el sonido en sus películas, siguiendo los pasos de la productora en la que se inició y forjó como directora, la Gaumont.

Alice comenzó trabajando como secretaria de Léon Gaumont en 1885, cuando este se dedicaba a la construcción de equipos fotográficos. En 1896, Gaumont perfecciona la cámara de cine y funda la productora que lleva su apellido. Ese mismo año, Alice pasó a escribir y dirigir películas para la compañía. Tenía veinticuatro años. Ella misma cuenta cómo le propuso a su jefe contar una historia con imágenes para diversión de sus amigos. Así, de forma tan sencilla, consideran algunos que nació la narración en el cine. Eso dicen, porque la leyenda aumenta cada día y los logros de Alice Guy se multiplican con cada nuevo artículo que se escribe sobre ella.

En ocasiones, los inventos que le cuelgan los articulistas parecen responder más a la búsqueda de algo original sobre lo que escribir que a un homenaje sensato y leal a su recuerdo. Así, en lo que se refiere a cuál sería la primera película con estructura narrativa, no olvidemos que la productora de Thomas Alva Edison había rodado ya en el temprano 1895 una breve película (14 segundos) con actores representando una escena de época: The Execution of Mary, Queen of Scots. Un plano en el que ya podemos apreciar el gusto por lo macabro y las ganas de impactar al público de los pioneros. Si leéis que Alice Guy también inventó los efectos especiales, adelantándose al mismo Georges Méliès, no dejéis de ver este pequeño film que ya los utiliza antes que ambos. El truco consiste en detener la filmación y cambiar algún elemento del decorado o de los actores y volver a filmar, provocando así que parezca que los objetos se mueven por sí mismos, que alguien aparece o desaparece, que los vestidos se quitan y se ponen solos. En fin, un recurso que sería utilizado en infinidad de ocasiones. El cine era entonces magia de verdad. En la película de Edison, el corte oculta el cambio imperceptible de la actriz que interpreta a la pobre María Estuardo por un muñeco con sus ropas al que el verdugo corta implacable la cabeza con un hacha. No contento con esto, recoge el sangriento trofeo del suelo y, ufano, lo muestra a cámara.

Au bal de Flore from Alice Guy on Vimeo.

La fiebre reivindicativa que puede llegar a acompañar a un personaje que se ha mantenido en la oscuridad ha llevado a algunos a convertir a Alice Guy, ya lo he dicho, en inventora de prácticamente todo. Las fechas de producción en los inicios del cine son la mayoría de las veces aproximadas y una diferencia de tres o cuatro años, en ocasiones muchos menos, pueden convertir al presunto descubridor en mero compañero de aventuras. Como si esto fuera poco. Así, siempre se ha considerado La fée aux choux (El hada de las coles), fechada en 1896, la primera película de Alice. Pero una reciente edición en DVD de 64 de sus cortos y películas (para la colección Gaumont Treasures de Kino International) la fechan en 1900. Lo que haría temblar las afirmaciones de que este film es el primero en mostrar una historia narrada: apenas un minuto en el cual vemos a una joven hada sacando niños de entre las coles de un huerto. Que sea la primera o no, en cualquier caso, nos da igual. Muchos admiramos a Alice Guy por encima de ser la primera en lo que sea. Incluso por encima de ser mujer. La admiramos por lo mismo que a todos los pioneros del cine: por abrir fuego en un arte que aún no era considerado como tal. Como los pocos artículos que he leído sobre ella son algo inconsistentes en las fechas y, en ocasiones de manera directa, demuestran no haber visto ni las películas que resumen, tomaré como base para las mismas esta colección de la Kino que recopila material restaurado por filmotecas y productoras de diversas partes del globo.

Hasta el año 1907 Alice Guy dirigió de todo: películas narrativas, documentales y números musicales sonorizados mediante el sistema del cronomegáfono, patentado en el año 1905. Este sistema consistía en la grabación de, por lo general, un número musical con un enorme megáfono que reproducía la música. A la película se le añadía una banda de sonido que coincidía con las imágenes, dando la sensación de ser sonido recogido en directo. Era además costumbre en el cine mudo la utilización de grandes megáfonos para reproducir música ambiental que sirviera en las escenas que se iban a rodar, así como la utilización de sonidos o de los mismos actores enunciando un texto relacionado con lo rodado. Esto último, que parece evidente, no siempre era tenido en cuenta. En ocasiones se dejaba al actor que dijera lo que le viniera en gana, lo que desembocaba en desastre si el público era capaz de interpretar, por el movimiento de los labios, la inconveniencia de algunas palabras.

La primera película recogida en la edición de Kino es Le pêcheur dans le torrent (1897). Un pescador ve turbada su tarea con la llegada de unos jóvenes bañistas. Les reprende y solo consigue que todos acaben enzarzados en una pelea. 36 segundos que muestran ya una de las líneas temáticas de Alice, la del humor. Un humor que busca siempre al gran público, al supuestamente poco formado intelectualmente que acudía a las proyecciones cinematográficas: chistes fáciles, de humor grueso, asilvestrado en muchas ocasiones, y plagado de golpes, porrazos y peleas sin cuento. En fin, lo que nos hace reír a todos, para qué nos vamos a engañar. En Challerie et charcuterie automatiques (1900) podemos ver una máquina por cuya abertura superior dos hombres introducen gatos y perros, que salen por un lado convertidos en sombreros y por el otro en chorizos o salchichas, que no lo distingo bien. Una idea digna del Profesor Franz de Copenhague para Los grandes inventos del TBO con un toque a lo Ambrose Bierce en su magnífico y brutal relato Aceite de perro. Otro corto que destaca de entre todos aquellos rodados para descacharre del personal es Chirurgie fin de siécle (1900), en el que unos médicos operan a un paciente así como a lo finolis, cortando brazos y piernas con sierras, tijeras y un enorme cuchillo. Una vez cortados los miembros, los introducen en un cubo. Pero no termina aquí, claro: de un bote gigantesco sacan las piezas de recambio y las pegan con cola al cuerpo del paciente. La gran broma final es que, al despertar el paciente, los nuevos miembros tienen vida propia, se mueven de manera loca cada uno por su lado, provocando que el hombre, nada más ponerse en pie tras la operación, se contorsione de manera espasmódica. Ya veis que eso del cine gore es tan viejo como el propio cine.

Mis favoritos en este apartado humorístico son, sin embargo, dos cortos en los que el humor no es tan salvaje, pero sí más efectivo y de construcción más elegante. Los directores de cine ingleses (con R. W. Paul y Cecil Hepworth a la cabeza junto con los miembros de la escuela de Brighton, James Williamson y G. A. Smith) de finales del siglo XIX y principios del XX revolucionaron el lenguaje cinematográfico con grandes avances narrativos que muy pronto Alice aplicó con muy buenos resultados. En especial, el uso del raccord para los cambios de escena y la continuidad de la historia, alejándola del recurso teatral del escenario único. Ya lo podemos comprobar en películas anteriores, pero en estas dos Alice se muestra inspirada de manera especial, al menos a mi gusto. En Une héroine de quattre ans (1907), una niñera se queda dormida en el parque y la niña a la que está vigilando se escapa recorriendo la ciudad sin miedo alguno. Son tan geniales como divertidos los momentos en los que la niña se dedica a escarmentar maleantes, ayudar a ciegos y ancianitas a cruzar la calle y, en fin, a hacer el bien por doquier. Y qué decir de Le piano irrésistible (1907), donde un nuevo vecino llega al vecindario y trae con él un piano. Empieza a tocar y, aunque al principio todos se muestran molestos, al poco de escuchar la música empiezan a bailar y enloquecen con su ritmo. Vaya, si hasta los obreros de la mudanza se ponen a bailar como posesos. Cuando al fin el pianista, agotado, deja de tocar, los vecinos, que se han acercado hasta su casa para bailar a lo loco, lo vuelven a sentar ante el piano y le obligan a seguir tocando…

Desde muy pronto, Alice Guy comienza a utilizar los recursos que se iban descubriendo en la narrativa cinematográfica. Trucos que hoy nos parecen simples pero que entonces resultaron toda una sorpresa y siempre fueron efectivos entre el público. No era otro el objetivo de estos primeros artistas del cinematógrafo: entretener y sorprender, lejos en todo momento de considerarse o pretender ser considerados artistas. En Chez le magnétiseur (1898), Alice ya hace uso de los efectos especiales: gracias al ya comentado efecto de detener la grabación y volver a rodar con elementos del decorado alterados, Alice nos muestra los trucos que un hipnotizador hace en el salón de su casa a una joven a la que viste, desviste y a la que cambia la ropa de forma mágica por la de su novio militar, que entra en escena bastante enfadado… Un cortometraje que parece continuar en Scène d’escamotage (1898), rodado con el mismo escenario y en el cual el hipnotizador de marras hace trucos propios de prestidigitador, haciendo desaparecer a una chica y mostrando en su lugar a un mono, volatilizándolo a su vez para al final volver a mostrar a la chica. Va un poquito más lejos en el sorprendente Faust et Méphistophélès (1903), donde se condensa la obra de Goethe en menos de dos minutos, llenando el escenario de apariciones mágicas, demonios y fantasmas de los de sábana blanca, con saludo final al público como si todos se hallaran en el escenario de un teatro. La más conocida y sorprendente de estas películas de trucos quizá sea La charité du prestidigitateur (1905). En ella, un mago decide ayudar a un vagabundo, al que, mediante la magia, concede ropas, un opíparo banquete en mitad de la calle y dinero, pero en cuanto el vagabundo se ve rico y bien vestido negará su ayuda a quien le socorrió sin esperar nada a cambio.

Como ya se ha dado a entender, estos pioneros del cine no albergaban ni la más mínima pretensión autoral. Por eso, tratar de definirlos por los temas que eligen en sus películas o por los géneros a los que recurren es una tarea vana: todos eran válidos. También por eso, Alice no dejó de hacer documentales: los tomavistas tan populares en los inicios del cine: la manera más sencilla y barata de viajar para aquellos que no podían hacerlo de verdad. Ni tampoco dejó de lado los dramas tremebundos, esos de hacer llorar sin piedad al personal. Ni las películas de guerra. Sin olvidar sus experimentos con el cine sonoro, rodaje de canciones sincronizadas con el método comentado del cronomegáfono. Se conserva una maravillosa toma del año 1905 en el gran estudio de Buttes-Chaumont de la Gaumont en la que podemos ver a Alice Guy dirigiendo una de estas grabaciones, coordinando a todo el equipo: actores, camarógrafos, eléctricos, iluminadores, la joven encargada de accionar el gigantesco gramófono… Un documento espectacular en el que podemos admirar cómo la falta de intenciones artísticas no eximen de poseer genio.

En su documental Espagne (1905), también podemos verla brevemente rodeada de niños, sorprendida por su camarógrafo Anatole Thiberville. Compuesto casi en su totalidad de fantásticas panorámicas circulares, todavía hoy Espagne es un trabajo apabullante por la belleza de sus tomas y la vitalidad de sus cuadros. Madrid, Sevilla, Barcelona, Granada… Desde los monumentos y paisajes más espectaculares hasta los suburbios de chabolas atravesados por cortejos fúnebres, todo parece vivir y vibrar de manera especial en este documental.

Hasta el año 1907 Alice Guy rodaría más de doscientas películas. Entre ellas, la gran superproducción dedicada a narrar el nacimiento, la vida y la pasión de Cristo con la que la Gaumont pretendía hacer la competencia a la película que sobre el mismo tema había estrenado la productora Pathé, bajo la dirección del gran Ferdinad Zecca, Vie et passion de N. S. Jésus-Christ. Los temas bíblicos fueron muy recurrentes pues, además de ser muy populares, permitían contar grandes historias que, al ser conocidas por el público, se comprendían con facilidad. Alice dirigió La naissance, la vie et la mort de Christ montando varios cuadros en los que se iban mostrando de manera condensada los momentos más conocidos del personaje bíblico.

En 1907 Alice se casa con el director de cine inglés Herbert Blaché y se retira momentáneamente de la dirección. Con él, en 1910, ya en Estados Unidos, formará la productora Solex Company, donde volverá con fuerza a su actividad como realizadora cinematográfica. De esta segunda época cabe destacar su emocionante película Falling Leaves (1912), cuya base argumental consiste en mostrar la “maravillosa” cura del doctor Earl Headley para la tuberculosis. Pero Guy sabe ir más allá de la convención y muestra momentos muy poéticos, representando la metáfora de la muerte en la caída de las hojas de los árboles y la de la vida en las nuevas flores. Abandonaría de manera definitiva el mundo del cine en el año 1920.

Cuando en 1907 abandona la Gaumont, Alice Guy, que además de directora era secretaria de producción y gracias a la que se incorporó a la productora el pionero de la animación Émile Cohl, nombra sucesor a un todavía no muy conocido Louis Feuillade. Cuando Guy vuelve a la dirección, su cine ya empezaba a resultar viejo, precisamente por el fascinante y rompedor trabajo de su Feuillade, que, con Fantômas (1912-1913), su serial de cinco episodios, revolucionaría el mundo del cine antes de que los italianos, primero, y los norteamericanos, poco después, impusieran sus respectivas hegemonías. Alice Guy también fue una visionaria capaz de apreciar entre sus iguales a aquel que los superaría a todos: Feuillade, quien, por primera vez y sin pretenderlo, llevaría el cine a niveles artísticos y narrativos hasta entonces impensables.

 

L’emeute sur la barricade – 1906‏ from Alice Guy on Vimeo.

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