SER BLANCA Y FUNCIONARIA. La bisagra entre teoría y práctica de género

Ernesto Castro

Durante el último cuarto de siglo, las sucesoras del feminismo más favorecidas por las editoriales anglosajonas han centrado su agenda política en la performatividad del género. Bajo este ambiguo paraguas experimental se han cobijado muchas prácticas corporales, desde la inversión sexual paródica hasta el desajuste hormonal voluntario, en el nombre de impenetrables presunciones ontológicas. Tras el desplome del socialismo real, apenas ninguna tendencia intelectual adscrita por defecto a la izquierda, con excepción de la conciencia ecológica y animalista, ha gozado de mayor atención académica y de mayor actualidad mediática. Para cerciorarse de la elevada cultura libresca del movimiento basta con revisar el mínimo común bibliográfico visitado, comentado y revisitado por sus autores: Hegel o Spinoza, Foucault o Derrida, Lacan o Deleuze, los grandes filósofos nunca faltan a su cita con el género. Entre la ensalada de referencias característica de toda Gran Teoría, objetivos políticos mundanos marcaron, en realidad, la pauta de los escritos. No en balde, la liberalización de las relaciones personales, en el sentido más comercial del término, y el reconocimiento de la igualdad de intereses, en el sentido más ilustrado del término, estuvieron en el horizonte de las guerras culturales que revolvieron la opinión pública en el Atlántico Norte desde finales de la década de los ochenta, creando las condiciones de posibilidad para la renovación de los estudios de género.

En cuanto a la dimensión práctica de la teoría, títulos como el Manifiesto Contrasexual no llaman a engaño: publicado en el año 2002, en el contexto de unas elecciones francesas marcadas por el inesperado sorpasso del Frente Nacional hasta la segunda ronda de las presidenciales, esta recopilación de artículos, precedida por una batería de principios para la construcción de una sociedad utópica, asientan un paradigma de intolerancia feminista como estrategia de provocación, en la venerable tradición del Manifiesto SCUM de Valerie Solanas. Preciado recurre a la parodia como técnica de desencantamiento, utiliza los órganos protésicos como herramientas de desnaturalización y, entre los susodichos axiomas normativos, propone la abolición de todos los derivados del matrimonio liberal regulado por el Estado en un sugerente tour de force, cuya actualidad aumenta por momentos con el triunfo de los socialistas en Francia, que prometen legalizar el matrimonio homosexual. Sus prácticas de género favoritas contienen, sin embargo, un ambivalente componente económico, no exento para nada de consideraciones ideológicas en términos de clase. «Decido conservar mi identidad y tomar testosterona —reconoce con sinceridad en Testo Yonki— sin entrar en un protocolo de cambio de sexo. Esto es un poco como morderle la polla al régimen farmacopornográfico. Esta posición es, por supuesto, un lujo político. De momento puedo permitírmelo porque no tengo que salir a buscar trabajo, porque vivo en una ciudad de más de ocho millones de habitantes, porque soy blanca, porque no espero ser funcionaria».

Por otro lado, estas limitaciones ya están presentes en Judith Butler, la pionera cuyas fluctuaciones sintetizan el ambiente del periodo. Sus señas de identidad sociológica reflejan, de hecho, el carácter representativo de su persona. De ascendencia familiar alemana y de herencia intelectual francesa, esta intelectual californiana con pasaporte norteamericano constituye una muestra de la heterodoxia filosófica propia del circuito académico del Atlántico Norte. El estilo que atraviesa sus escritos, en tercera persona y desapasionado, le garantiza una posición excéntrica dentro de un género literario como este, tan proclive a la declamación autobiográfica. Así, Gender in trouble no es solo el mejor comentario hasta la fecha de la teoría de género francesa, sino también un formidable ejemplo de solipsismo ideológico, escrito desde ninguna parte. Con la excepción de la «Posdata final no científica», con una extensión aproximada de seis páginas, centrada en el recurso a determinados prejuicios culturales en los criterios de atribución sexual de los recién nacidos, el resto del libro, doscientas y pico páginas de comentario puramente bibliográfico, ameritan la acusación formulada, desde dentro de la teoría queer, por las discípulas aventajadas de la clase: Butler no tiene cuerpo. En caso contrario, ¿dónde están las credenciales de rareza sexual? Las publicaciones posteriores serán como una toma de tierra en este sentido: en un sorprendente ejercicio de confesión sincera, nuestra catedrática en identidades preformativas justificará entonces su preferencia por la negatividad en términos de un reconfortante determinismo social —«Yo tiendo a pensar que esto es simplemente lo que ocurre cuando una niña judía con una herencia psíquica del Holocausto se sienta a leer filosofía a una edad temprana, especialmente si recurre a la filosofía en circunstancias violentas»—, y detallará su programa político acudiendo a un vaporoso imaginario humanista, formulado en términos de dignidad personal y de libertad de elección. «Lo que me motiva políticamente y lo que quiero alcanzar —concreta en “La cuestión de la transformación social”— es aquel momento en el cual un sujeto —una persona, un colectivo— afirma su derecho a una vida habitable en ausencia de una autorización previa, de una convención clara que lo posibilite».

¿Qué balance merece este programa? Sería injusto evaluar los frutos de esta ambiciosa propuesta con tan poco margen, máxime si tenemos en cuenta la multiplicidad de frentes de batalla abiertos y la dispersión de los militantes por la causa. Por lo pronto, cabe constatar que la rápida incorporación de esta corriente en el circuito comercial del sector servicios no ha ido en detrimento de sus virtudes definitorias: la pluralidad como bandera y la despatologización como meta, todo ello aderezado con una estética juvenil contestataria, propia de la última argamasa contracultural prêt-à-porter. A su vez, el reconocimiento institucional de ciertas estrellas intelectuales ha producido un provechoso relevo generacional, caracterizado por un mayor compromiso con la democratización de las prácticas de género, fomentando el acceso a capas menos favorecidas económicamente, y buscando alternativas a la divergencia clasista ya destacada por Preciado. En cuanto a la cristalización de las demandas efectivas, como el reconocimiento estatal de la legitimidad de más de cinco géneros diferentes, las cosas de palacio van despacio, pero el contexto juega en favor de la creciente liberalización de las identidades personales y, en términos comparativos, el camino recorrido resulta impresionante. Entre la Declaración de Olympique de Gouges, la convención de Seneca Falls y el sufragio universal en el Atlántico Norte medió, respectivamente, medio siglo o más. Teniendo en cuenta la actual participación en el sistema de congresos internacionales de las principales teóricas de género, la comparativa solo puede esperanzar a quienes luchan por traducir en el escenario político toda la purpurina intelectual de las disidencias de género realmente existentes.

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