Entrevista a Esther Vivas

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Se echa de menos en Del campo al plato una entrevista que analice las iniciativas de agricultura ecológica y comercio justo en España ¿Qué nos puedes decir acerca de ellas?

En el Estado español hay varias experiencias agroecológicas que son un referente. Podemos citar desde las que promueve la COAG con la iniciativa ARCO, que pone en contacto a productores agroecológicos y consumidores que optan por un consumo crítico, hasta “Bajo el asfalto está la huerta”, en Madrid. En Catalunya, varios campesinos agroecológicos se coordinan a través de la red La Xarxeta. Y también hay muchas otras experiencias en Andalucía, País Valencià, Galicia…

No obstante, es importante tener en cuenta que hablar de agricultura ecológica no es lo mismo que hablar de agroecología. La agroecología va más allá de la agricultura ecológica y no sólo contempla unos criterios de producción ecológicos, sino también sociales, culturales, de proximidad, etc. El Estado español es, por ejemplo, el principal productor de agricultura ecológica de todo Europa, pero la mayor parte de esta producción se comercializa en el extranjero, en países centroeuropeos. Se trata de un modelo de producción agrícola insertado en los parámetros del mercado y del sistema capitalista y no supone un cambio real en la forma de producir ni en lo que respecta a los derechos laborales que garantiza. Desde un punto de vista medioambiental tiene, incluso, un impacto negativo en el ecosistema, ya que los alimentos deben recorrer las largas distancias que separan los lugares donde se producen de los lugares donde se comercializan. Este modelo de “agricultura ecológica” insertada en la lógica del mercado remeda las prácticas del sistema agro-industrial dominante que criticamos. Por este motivo, es fundamental que, cuando defendamos otro modelo de producción agrícola, lo hagamos desde una perspectiva agroecològica.

¿Qué opinión tienes, desde el punto de vista político y ecológico, de experiencias anticapitalistas ligadas al campo tan dispares como la industria agrícola de Marinaleda (Sevilla), la cooperativa ecológica de Amayuelas de Abajo (Palencia) o la Cooperativa Integral Catalana?

Todas ellas son experiencias que apuestan por un modelo de producción, distribución y consumo de alimentos al servicio de las personas. El Sindicato de Obreros del Campo (SOC) de Andalucía y, en particular, de Marinaleda es un referente en la lucha por los derechos de las y los jornaleros a través de un sindicalismo agrario combativo y de una agricultura que defiende a aquellos que trabajan y cuidan de la tierra. El proyecto de Amayuelas de Abajo ha jugado un papel clave como modelo a seguir por todas aquellas y aquellos que defienden la agroecología y la recuperación de un mundo rural vivo frente al sistema capitalista que, sistemáticamente, expulsa a la gente del campo. Y la Cooperativa Integral Catalana es una iniciativa más reciente que apuesta por avanzar hacia una forma de producir y consumir basada en la autogestión y la autoorganización dentro de una economía cooperativa y solidaria. Junto a estas alternativas, encontramos muchas otras que se multiplican por todo el Estado y que avanzan en esta misma dirección.

Creo que, sin embargo, las experiencias concretas y locales sólo tienen sentido si se hacen apuntando a un discurso general de cambio social global que incida en la necesidad de organizarse y de movilizar a la mayoría de la población en aras de un proyecto de sociedad alternativo.

¿Cuál es la actitud de sindicatos y asociaciones agrícolas como COAG, ASAJA o UPA ante el reparto tan desigual de las subvenciones procedentes de la PAC?

Hay una crítica contundente a la Política Agrícola Comunitaria (PAC), ya que beneficia a los grandes terratenientes, a los empresarios de la agricultura, al agrobusiness. Pero una reforma de la PAC tiene que tener en cuenta al pequeño campesinado y al mundo rural: hacer que todo el mundo pueda acceder a alimentos saludables, promover precios estables y rentas justas para el campesino, fomentar la producción agroecológica, acabar con las prácticas de dumping Norte-Sur… Y esto es, precisamente, lo que promueve la COAG, vinculada en muchos territorios con grupos y cooperativas agroecológicas. A diferencia de sindicatos como ASAJA o UPA que, por citar sólo un ejemplo, apoyan la producción de transgénicos.

Hemos visto que en algunas acampadas del 15M se instalaron huertas ecológicas ¿Sabes qué pasó con ellas tras su desmantelamiento? ¿Qué alianzas podrían establecerse entre el 15M y los movimientos por un comercio justo y una alimentación ecológica?

Muchos activistas agroecológicos y defensores de un consumo crítico han participado activamente en el movimiento 15M. Además, la propia dinámica del movimiento, que apuesta por construir “otro mundo aquí y ahora”, es un terreno fértil para iniciativas de esta índole. Hoy vemos cómo en muchas asambleas del 15M se está tratando el tema de la soberanía alimentaria con el fin de recuperar la capacidad de influir en las políticas agrícolas y alimentarias desde abajo, a partir, sobre todo, de la creación de grupos de consumo agroecológico, huertos urbanos, redes de intercambio, etc.

Y es importante que se establezcan alianzas entre este movimiento de la indignación colectiva y las redes que luchan por la justicia climática y ecológica. Ambos “combates” van estrechamente unidos. Tanto la crisis económica y social como la crisis climática y medioambiental son resultado de la usura que ejerce este sistema capitalista, así como de la supeditación de la práctica política al poder económico y financiero. Esto es, precisamente, lo que el movimiento indignado y occupier busca transformar.

¿Qué pasos debe seguir cualquiera de nosotros para participar como consumidor o, incluso, como productor en una cooperativa agroecológica? ¿En qué medida optar por cultivar alimentos ecológicos y organizarse en una cooperativa es un modelo de trabajo viable y, por qué no, rentable en este contexto de crisis?

En primer lugar, es necesario tomar conciencia de las injusticias del actual modelo agrícola y los impactos que éste tiene en el campesinado, en el ecosistema, en nuestra salud, en los derechos laborales… A partir de aquí, se trata de llevar a cabo un cambio en las prácticas de consumo a nivel individual pero principalmente a nivel colectivo. Ya que sólo con la organización colectiva conseguiremos cambios estructurales y de fondo. Podemos organizarnos en grupos y cooperativas de consumo agroecológico (gente de un barrio o de una localidad que se juntan para consumir de otra manera comprando directamente a un campesino local agroecológico). Pero hay que tener en cuenta que sólo con estas iniciativas no vamos a cambiar el mundo. Se trata de experiencias fundamentales que apuntan a “otro mundo posible”, pero es necesario ir más allá. Y vincular, como muy bien ha hecho el 15M, la responsabilidad política con la práctica agrícola y alimentaria. Y defender el interés político y económico común frente a un modelo de alimentación que nos enferma, que acaba con el campesinado y la agrodiversidad y que contamina nuestros campos con fitosanitarios y transgénicos. Y exigir una “democracia real ya” en la agricultura y la alimentación.

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