Distopía

David Matías

  

Xavier Montagut y Esther Vivas, Del campo al plato. Los circuitos de producción y distribución de alimentos, Barcelona: Icaria, 2009.

Como indica su propio subtítulo, este libro es mucho más que un tratado sobre agricultura ecológica. Está formado por tres partes: un estudio introductorio, a modo de prólogo, firmado por Esther Vivas; una serie de doce entrevistas a activistas, cooperativistas y sindicalistas agrarios americanos, africanos, europeos y asiáticos, la mayoría de ellas realizadas en el marco del Foro por la Soberanía Alimentaria celebrado en Malí en 2007, es decir, una vez conocidos los estragos de los efectos de la llamada, con tanto cinismo, Revolución Verde; y un estudio conclusivo, a modo de epílogo, firmado por Xavier Montagut. A lo largo de estas tres partes diversas voces analizan el sistema político-económico que ha determinado el estado actual de la agricultura y el comercio de alimentos a nivel global. Antes de continuar, sin embargo, tenemos la obligación de observar que, si bien el texto es revelador, la edición del mismo no está tan cuidada como debiera. Hay un uso reiterado de la construcción “deber de”, que expresa duda, en oraciones que quieren expresar obligación, comas mal puestas y algunos errores sintácticos que evidencian el descuido de la gramática que, cada vez de forma más alarmante, muestran algunas áreas, como el periodismo y la edición no literaria, de las ciencias sociales.

El escenario que “construye” Del campo al plato es el siguiente: como afirma Montagut en un apartado de su estudio, titulado con la significativa antítesis “Obligados al mercado «libre»”, el modelo económico mundial imperante (el llamado libre comercio, mercado libre o economía de mercado1) no se ha extendido muy libremente. La firma de los tratados que en 1995 fundaron la Organización Mundial del Comercio (OMC) no hizo otra cosa que consolidar el modelo, vigente durante los años 80 y principios de los 90, por el que los países del Sur habían contraído una enorme deuda externa con los países del Norte, que se aseguraban el pago de la misma mediante la imposición de Programas de Ajuste Estructural a los Estados prestatarios (¿de qué nos suena esta forma de usura?). Los nuevos acuerdos gestionados por la OMC abrieron al comercio internacional cuatro nuevos sectores, hasta entonces, nótese el adjetivo, nunca regulados a escala global: la agricultura, los servicios, las inversiones y la propiedad intelectual (¿a alguien le suena la ley SOPA? ¿La ley Sinde-Wert? ¿Megaupload? ¿El monopolio de las semillas?). Por medio de la OMC, nos cuenta Vivas, los países ricos obligaron a los pobres (a menudo con la connivencia de sus gobernantes, muchos de ellos dictadores) a importar cuotas mínimas de productos extranjeros, aboliendo aranceles y abriendo sus fronteras a las multinacionales, a suspender las subvenciones a los pequeños productores y a privatizar tierras y empresas públicas. Los mercados del Norte, en cambio, se mantenían hiper-protegidos. Como consecuencia, los países pobres (o, con más exactitud, empobrecidos) pasarán de ser exportadores netos de materias primas a ser grandes importadores. Según la OMC, continúa Montagut, el libre comercio y el mercado forman el único sistema de relaciones humanas capaz de regular no sólo la economía, sino todos los aspectos de nuestra vida. Pero, en un contexto mundial como el actual, defender el libre comercio significa defender los intereses de los más ricos. Hoy todos los políticos hablan de calmar a los mercados, de reducir el déficit para contentar a los inversores (nuestros prestamistas), pero ¿quién habla de proteger, invirtiendo en ellas, la sanidad y la educación públicas, de reformar los sistemas electoral y judicial, obsoletos? ¿Quién habla hoy en el Telediario de gobernar para la gente?

Una muestra concreta que este libro ofrece de lo que venimos diciendo: en 2005, un estudio de Intermón Oxfam evidenció con cifras la desigualdad en el reparto de las subvenciones públicas. En el caso de la Unión Europea, los mayores beneficiarios de la Política Agraria Común (PAC) son los grandes terratenientes, la llamada agroindustria: en España, sólo siete productores, entre ellos la duquesa de Alba, reciben el 40% del total de estas ayudas directas. Otra muestra: en el momento en que se escribió este libro, el grupo empresarial Mondragón, al que pertenece la cadena de supermercados Eroski, contaba con 75 plantas productivas en el extranjero y proyectaba pasar a 90 en dos años. Nos da la risa cuando la gente dice que los empresarios van a sacarnos de la crisis creando empleo: la práctica neoliberal actual (la última moda, vamos) consiste en deslocalizar la producción y externalizar costes, lo que, en otras palabras, significa llevarse las empresas a países pobres (recordemos, empobrecidos) donde la mano de obra está menos cualificada, pero, y por eso, es más barata. El grupo Mondragón ya ni siquiera deslocaliza empresas: tras el éxito en deslocalizar todo un polígono industrial en China, ahora quiere construir tres polígonos más en la India, Rusia y Marruecos. Al capital español, como al del resto de naciones desarrolladas, ya no le sale rentable producir y crear empleo en su propio país, donde los trabajadores han conquistado muchos derechos. Lo más curioso (y lo más cínico) es que los que tanto hablan de la patria y la nación española son los mismos que nos imponen las medidas liberales.

La libertad económica equivale a la ley de la selva (o del mar: el pez grande se come al chico). Los grandes centros comerciales, donde las marcas multinacionales ejercen una competencia desleal contra los productores autóctonos, saturan el mercado y desplazan a las pequeñas y medianas empresas, muchas de ellas obligadas a cerrar. Las grandes cadenas de supermercados acaban controlando los circuitos de distribución de alimentos e imponiendo sus condiciones a los proveedores: precios que no cubren los costes de producción, contratos abusivos, plazos de pago demasiado largos, exigencias logísticas desproporcionadas, demanda de alimentos que cumplan con condiciones estandarizadas y no con requisitos de calidad. Sólo la agricultura industrial puede cumplir con tales exigencias. Y, claro, si los supermercados no pueden encontrar aquí los artículos que desean tal y como los desean, los importan, a pesar del desorbitado coste energético y ambiental que supone transportar y conservar a través de miles de kilómetros alimentos que pueden conseguirse muy cerca del lugar de venta. Montagut: “cabe recordar que Wal-Mart (la empresa más grande del mundo y la mayor cadena de distribución minorista)” -para entendernos, la mayor cadena de supermercados mundial- “importa más productos de China que todo el Reino Unido o que toda Rusia”.

Pero, como todo texto que se quiera transformativo debería hacer, Del campo al plato no sólo identifica problemas, denuncia y critica, sino que también propone soluciones. Para Henry Saragih, uno de los entrevistados, campesino y sindicalista de Indonesia, donde casi toda la tierra pertenece a las grandes empresas, la alternativa al mercado global es una vuelta, parece obvio, a los mercados locales. Que los habitantes de cada país y cada pueblo cultiven y consuman sus propios alimentos. Sólo deberían importarse los productos que no existan en la zona (como, por ejemplo en la nuestra, café, cacao, té). Es intolerable que el monocultivo extensivo orientado a la exportación acabe destruyendo la agricultura autóctona orientada a la alimentación de la población. Después de diez años de existencia de la OMC, concluye Saragih, aunque cada vez se generan más alimentos, cada vez más gente pasa hambre en el mundo.

La agricultura ecológica cooperativa ofrece un digno modelo de relación con el mercado local. La cooperativa de la que es miembro Rudi Berli, formada tanto por campesinos como por consumidores, agrupa a más de 400 familias de la región de Ginebra. Todos los socios se comprometen a trabajar en ella: el que más trabaja, menos paga. Y todas las decisiones se toman en asamblea. Como las que atañen a los sueldos de los trabajadores más habituales, un 25% más altos que la media salarial agrícola suiza. O como las que atañen al precio final de las verduras ecológicas (libre así de la especulación del mercado), que acaba siendo menor que el de las verduras convencionales (cuyo margen de beneficios se queda, como siempre en el capitalismo, el intermediario: en este caso, el supermercado), ya que la cooperativa no tira ni un sólo pepino (siempre que esté en buen estado) por no cumplir los estándares de venta, de manera que no hay excedentes: todas las hortalizas están vendidas antes de sembrarse. Desde hace algunos años, la asamblea ha dejado de aceptar nuevos miembros, pues considera que 400 hogares es un buen número para que todos los socios puedan llegar a conocerse y compartir su experiencia. En vez de un crecimiento infinito (neoliberal) de su estructura, la cooperativa apoya otras iniciativas parecidas en aras de lo que llaman la biodiversidad económica. Se trata de sustituir las imposiciones del súper, que decide qué podemos comer y qué no: qué hay en sus estanterías y qué no, por una relación más cercana con el campesino, la propia tierra y las estaciones, en los que delegaremos, esta vez sí, nuestra capacidad de elegir lo que comemos.

Las asociaciones de productores ecológicos y consumidores locales se extienden, aunque muy despacio, por el mundo. En Estados Unidos ya hay más de mil experiencias de este tipo. Algunos productores ecológicos han sabido introducir sus alimentos en espacios públicos tan sensibles a una dieta sana como los restaurantes de los hospitales o los comedores de los colegios. El objetivo es establecer, además, relaciones comerciales justas con la administración pública para luego exportar el modelo al resto de la sociedad. Otras propuestas de proximidad entre el agricultor y el consumidor incluyen la del café directo, genial, mediante la que el primero vende vía Internet el café que él mismo cosecha y el segundo lo recibe por correo en la puerta de su casa. Eliminados los intermediarios, el productor obtiene el triple de beneficio. En algunos casos, la feroz competencia del mercado obliga a los pequeños grupos de comercio alternativo a transformar sus materias primas para agregar valor al producto final y aumentar la viabilidad de sus empresas. Valga como ejemplo el de la UNORCA mejicana, que, ante la dificultad de sobrevivir sólo con la venta directa de maíz, se las ingenió para procesarlo y venderlo en forma de tortillas.

La cooperativa es un modelo de empresa anticapitalista. Sin embargo, hay que distinguir entre la cooperativa original, horizontal, en la que todos los socios toman las decisiones en asamblea y en la que la división del trabajo es mínima, y la mal llamada cooperativa capitalista, vertical, en la que los trabajadores que la integran delegan la toma de decisiones en una junta directiva profesional. En el campo español se multiplican los casos de cooperativas de fruta (por poner un ejemplo) en las que los propios gerentes actúan como representantes del supermercado, transmitiendo sus exigencias a los agricultores propietarios, que ya no pueden entregar toda su producción a la cooperativa, pues están obligados a cumplir con unos tipos de fruta e, incluso, de semilla estándares a cambio de un precio de compra cada vez más bajo. Las cooperativas capitalistas (sintagma antitético) traicionan así a los campesinos que las fundaron.

Otro modelo con capacidad de transformar las reglas del mercado es el comercio justo, que está, sin embargo, muy cerca de ser fagocitado también por la lógica capitalista. Para que exista un comercio que merezca el adjetivo justo tiene que existir una relación directa, sin apenas intermediarios, entre el consumidor y el productor, que tiene que recibir una retribución que le permita desempeñar su trabajo con seguridad, protegido del riesgo de una mala cosecha, y vivir con dignidad. En cambio, el tipo de “comercio justo” que se ha generalizado hoy no es más que un eufemismo, una operación de marketing y publicidad de una práctica que sigue siendo muy injusta. El activista indio Shalmali Guttal denuncia que en Estados Unidos inmigrantes mejicanos sin contrato ni seguro laborales cultivan naranjas que más tarde se venderán en el supermercado como zumo ecológico, eso sí, bajo un certificado de comercio justo, una etiqueta que, de acuerdo con el análisis de Slavoj Žižek2, no hace más que justificar los altos precios de los artículos de compañías como Starbucks, a la vez que limpia la conciencia del consumidor, que cree así estar contribuyendo con su dinero a una buena causa. Pero ¿puede ser, digámoslo otra vez, justo el comercio cuyo destino son supermercados y cafeterías trasnacionales que explotan a sus trabajadores y proveedores? Según Michel Besson, cooperativista francés, muchas empresas y ONGs, amparadas en una visión paternalista que permite todo tipo de abusos y que impide cualquier análisis autocrítico del sistema, se están enriqueciendo “con la moda de ayudar a los pobres”. No han hecho otra cosa que abrir un nuevo nicho comercial. Así funciona la economía de mercado, donde la solidaridad se convierte en negocio, donde las organizaciones sin ánimo de lucro compiten como empresas, donde, por cada euro que donaste a Haití o a cualquier otro país devastado, tu banco se guardó alrededor de seis céntimos en concepto de comisión. Echa cuentas.

A medida que uno lee Del campo al plato, se figura habitante de una de esas distopías (¿hemos llegado ya a 1984?, no podemos evitar preguntarnos) en las que solo unos pocos ofrecen resistencia. Uno de esos pocos, Eric Holt-Giménez, director del instituto estadounidense Food First, consciente de que los parches (la limosna travestida de solidaridad) no arreglarán el sistema, levanta la mano y dice: “tenemos la convicción de que el hambre se va a vencer en cuanto haya justicia”. A su voz se unen la de Enric Tello, que sabe que “el capitalismo es el mejor sistema para satisfacer los tipos de demanda que él mismo ha generado e impuesto históricamente”, y la de Joaquim Sempere (ambos citados por Montagut), que no cree que, para construir una sociedad distinta, baste con actitudes individuales como, en la tradición de Montagne, una austeridad voluntaria y privada. Es una tarea colectiva. Se trata de que nos convirtamos en ciudadanos implicados activamente en nuestro contexto social, cultural y político y consumamos como tales.

1Distintas formas, en suma, de nombrar la misma realidad: el capitalismo.

2Citado en Ernesto Castro, Contra la postmodernidad, Barcelona: Alpha Decay, 2011, pp. 56-57.

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