Las mujeres de Egipto

María S. Muñoz

  

 

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“La mujer debe ejercer su derecho a voto y, además, ¿quién ha dicho que una mujer no pueda ser presidenta de Egipto? En el Corán no hay nada que lo prohíba”, comenta Salma, una joven egipcia de 25 años, casada y con tres hijos.

Salma estudió Marketing en la Universidad Ayn Shams de El Cairo y tras licenciarse decidió no trabajar para poder dedicarse de lleno a sus hijos. Su marido, Khaled, tiene una tienda de ultramarinos en el barrio de Dokki. Felizmente, ha podido ahorrar lo suficiente para ampliar su local y contratar a un joven que le ayuda. Al terminar su trabajo cada día, Khaled regresa a su casa, donde le esperan Salma y sus tres retoños. Llevan una vida tranquila y aparentemente feliz, sin ostentaciones ni escasez.

Salma es una mujer fuerte, políticamente activa y muy firme en sus convicciones. Quiere inculcar en sus hijos los que considera los valores humanos básicos: respeto, libertad y honestidad. Piensa que la educación es el camino correcto para que el país pueda salir del agujero en el que está sumido y opina que cada persona tiene la obligación moral de esforzarse por mejorar la sociedad en la que vive: los esfuerzos individuales resultarán en prosperidad para todos.

Por eso, Salma se manifestó en la plaza Tahrir, el corazón de la revolución egipcia. Desde el 25 de enero de 2011, todas las mañanas, tras dejar a los niños en el colegio –los días que había colegio– se pasaba por la plaza para alzar su voz en contra de lo que consideraba injusto: la corrupción de las altas esferas, la pobreza extrema de la mayoría de la población, el abuso de poder de las fuerzas de seguridad, el desempleo, el acoso a la mujer y un largo etcétera de realidades que dificultaban infinitamente su día a día, y el de su familia.

Tras dieciocho días de “revolución”, el hasta entonces presidente/dictador Hosni Mubarak presentó su dimisión y dio paso al gobierno militar actual, dirigido por el también militar y mano derecha de Mubarak, Mohamed Hussein Tantawi.

Salma recuerda aquel momento con nitidez: “no podía parar de llorar, todos nos abrazamos sin creernos lo que estaba pasando. El yugo de tantos años desaparecía… Pensé que Tahrir –que en español significa liberación– debería haber pasado mucho antes, muchos años atrás”.

Sin embargo, a pesar de los primeros días de júbilo y sensación de libertad, pronto muchos “hijos de Tahrir” se vieron traicionados por la Junta Militar; Salma es una de ellos. “Me dolía ver a todos esos jóvenes en televisión y en Internet que afirmaban haber sido torturados cruelmente por los soldados. Me sentí defraudada al ver que el ejército no daba paso a un gobierno civil a los seis meses de la toma de poder, tal y como prometió. No han hecho nada por mejorar la economía, no hay nada en claro. Su presupuesto sigue siendo secreto, y su poder ilimitado. Siento que se ha derramado sangre en vano”.

Cuando Tahrir comenzó a llenarse de nuevo en noviembre de 2011, lo hizo al principio tímidamente, con ciudadanos exhaustos tras meses de protestas y enfrentamientos contra los secuaces de Mubarak, las fuerzas de seguridad y finalmente contra el ejército, aquel que en su día aparecía como el mayor aliado del pueblo. Al inevitable cansancio se sumaba la incertidumbre de no saber las consecuencias de enfrentarse a un ejército armado.

A pesar de todo Khaled y Salma, como tantos otros egipcios, se unieron a las protestas una vez más, demostrando al mundo que únicamente habían parado para tomar impulso. “No sé cómo es el camino hacia la democracia porque jamás la hemos disfrutado, pero lo que si sé es que la actuación de la Junta Militar es anti-democrática”, opina Salma. Juicios militares a civiles, “tests de virginidad” a jóvenes egipcias, censura en los medios de comunicación y control de la televisión estatal, instigación a la violencia sectaria, detención de periodistas y blogueros…, gravísimas acusaciones que han minado la credibilidad de la Junta Militar a pasos agigantados. Salma y Khaled están convencidos de que la Junta Militar debe hacer un traspaso de poder inmediato y que la lucha debe continuar hasta que el pueblo egipcio pueda decidir libremente su futuro, mediante una elecciones libres y claras.

Malika vive con sus padres en el acomodado barrio de Zamalek. Tiene 23 años y estudió Derecho en la Universidad Americana de El Cairo. El año pasado completó un máster en Londres y al regresar en enero se encontró con la revolución que forzó la salida de Hosni Mubarak. “Al principio no creía que algo así pudiera ocurrir. Pensé que las manifestaciones en Tahrir acabarían en nada, como todas las anteriores. No fui a la plaza Tahrir en esos días, porque mis padres me lo prohibieron terminantemente, pero me pasé los días enganchada a la televisión, preguntándome qué podría pasar después de todo aquello, hacia dónde se encaminaba Egipto. Por supuesto que pasé miedo como todos, y temía que el único resultado fuese la bancarrota del país y el caos más absoluto”.

Malika también recuerda el día 11 de Febrero de 2011, cuando Mubarak dijo adiós a treinta años en el poder. “Me alegré tanto… estaba orgullosa de ser egipcia por primera vez en mucho tiempo. Lo celebramos por todo lo alto, fue un momento inolvidable”.

Como muchos otros, Malika adquirió sin pretenderlo una cierta conciencia política a partir de ese momento. Esperanzada con la llegada de los militares, pensaba que lo mejor estaba por llegar y que para verlo, habría que ser pacientes. “Si la Junta Militar pide tiempo, hay que dárselo. Si ellos abandonasen el poder, ¿quién podría gobernar Egipto? Ahora no tenemos otra opción mejor; de hecho, ahora no tenemos otra opción. La gente que se manifiesta en Tahrir no está haciendo lo correcto”.

Malika piensa que deberían mirar por la economía y volver a su trabajo, intentar mantener una cierta estabilidad y esperar: “el camino hacia la democracia”, dice, “será muy largo. Es cierto que el ejército ha atacado a manifestantes, pero también ellos les han provocado. Y lo de los `test de virginidad´… no acabo de creérmelo; a la gente le encanta inventar rumores”.

Con el fin de completar su retrato, podríamos aportar algún dato secundario sobre nuestras dos jóvenes. Salma lleva hiyab, es decir, un velo que le cubre el cabello y deja ver su rostro. Jamás ha probado el alcohol, ni piensa hacerlo. Reza e intenta cumplir con los preceptos islámicos.

Malika, por su parte, no lleva velo. Suele salir los fines de semana con su amigas y, alguna vez que otra, consume alcohol. Reconoce que quiere dejar de hacerlo algún día, pero aún es joven.

El hiyab o velo ha cambiado de significado cultural desde la aparición del Islam, en el siglo VII, hasta el día de hoy. Las mujeres veladas han llegado a identificarse tanto con la élite del país como con las trabajadoras. Hay momentos en la Historia de Egipto en los que la mayoría de las mujeres vestían según las tendencias europeas y otros, como hoy en día, en los que la mayoría llevan velo. La mentalidad de la mujer no está ligada a su velo, sino a su entorno, a sus ideales y posibilidades y, sin duda, a su educación.

La situación de la mujer en Egipto es, en la práctica, muy compleja, y para analizarla habría que ir más allá de los tópicos religiosos o culturales. La educación, así como la situación económica y personal de cada una de esas mujeres, es muy heterogénea. A estas variables debemos sumarle el papel que juega la mujer en el ámbito sociopolítico y religioso del país.

Por un lado, es cierto que las mujeres en Egipto tienen voz y, ahora, voto. El porcentaje de mujeres en las universidades es prácticamente igual al porcentaje de hombres y podemos verlas desempeñando casi cualquier tipo de trabajo: son dueñas de negocios, médicos, profesoras, actrices, ingenieros… Es decir, participan de la vida económica, social y política del país. De hecho, durante el proceso de elecciones que comenzó con las parlamentarias en noviembre de 2011 y que, teóricamente, culminará con las elecciones presidenciales en junio de 2012, hemos podido ver unas colas interminables de mujeres esperando su turno para votar.

Pero, por otro lado, un sector más conservador de la sociedad, del que los islamistas forman una parte importante, continúa insistiendo en que las obligaciones ligadas a la biología de la mujer, es decir, aquellas relacionadas con su papel de progenitora y esposa, deben prevalecer sobre cualquier otro tipo de obligación o aspiración personal. Este discurso machista que justifica la discriminación contra la mujer no ha cesado tras el cambio de gobierno. Es más, esta posición retrógrada es sin duda unos de los mayores obstáculos en la lucha por la igualdad y el desarrollo.

El movimiento feminista en Egipto que comenzó a finales de siglo XIX no ha sido constante y no ha tenido un progreso lineal. Aunque con momentos de fuerza y esplendor con nombres como los de Huda Shaarawi, Nabawiya Musa o Malak Hifni Nassef, la ausencia de hombres y la falta de apoyo por parte de los sucesivos gobiernos han impedido el éxito de esta corriente.

Aunque no podemos obviar los logros conseguidos por millones de egipcias a lo largo de, especialmente, este último siglo, Egipto sigue siendo una sociedad patriarcal y machista. Las mujeres no disfrutan de los mismos derechos que el hombre ni a nivel representativo ni en su día a día. En los primeros resultados de estas últimas elecciones, el porcentaje de mujeres en el parlamento no alcanza el 3%, una cifra sorprendente si tenemos en cuenta el porcentaje de mujeres que luchó en la calle desde el comienzo de la revolución (el 25 de enero de 2011), así como el altísimo porcentaje de mujeres que ha ejercido su derecho a voto en las elecciones parlamentarias.

Para cambiar esta realidad, actualmente numerosas asociaciones y ONGs intentan concienciar a la población de que todos somos ciudadanos, independientemente del sexo, la religión, la edad o la nacionalidad de cada uno. Miles de egipcias aún continúan su extenuante lucha particular por la emancipación y por el respeto a sus derechos individuales. Pero no es una tarea fácil y tienen que hacer frente a siglos de opresión e injusticias nacionales.

Evitar generalizaciones sobre la falta de libertad de las egipcias en particular y de las árabes en general nos ayudará enormemente a analizar y comprender mejor la situación real que éstas viven hoy en día. Dejemos a un lado los tópicos para así observar sin prejuicios el interesante papel que están jugando las mujeres en este período clave para la Historia de Egipto.

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