Espejos en fotografías en Internet

David Matías

Joan Fontcuberta (editor), Estrella de Diego, Román Gubern, Alberto García-Alix, Jorge Alemán, A través del espejo, Madrid: La Oficina, 2010.


Un reflectrograma es, de acuerdo con la definición de Joan Fontcuberta (su introducción a A través del espejo es, en suma, una larga definición), un autorretrato fotográfico realizado frente a un espejo o cualquier otra superficie reflectante en el que, además, aparece la cámara con la que se toma la foto. Por “cualquier otra superficie reflectante” me refiero a la de espacios tanto interiores como exteriores, al espejo empañado del cuarto de baño o el dormitorio y al del museo o el parque, al retrovisor de una moto y al reluciente parachoques de un coche, a unas gafas y a un iris, a una bola de navidad y a un instrumento musical, a una tostadora y a la puerta de un microondas, a la escafandra de un astronauta y a un escaparate.

Y de la selección y exhibición de decenas de reflectrogramas (de entre los cientos de miles que circulan por la Red) se nutre A través del espejo, un proyecto artístico que da nombre a una instalación fotográfica y a un libro que añade cinco textos, cinco análisis, a las imágenes. A pesar de la crudeza del neologismo, acuñado por el propio Fontcuberta, que también se encarga de la selección de las fotos, el reflectrograma es el centro de una vasta tradición. Espejos aparecen en los retratos femeninos de pintores tan canónicos como Tiziano, Rubens o Velázquez, a menudo con la excusa de contextualizar el espacio íntimo donde la mujer se desnuda. De la misma forma, la inclusión en el cuadro del propio pintor con sus herramientas de trabajo, merced al gusto barroco por los juegos de miradas (es difícil no pensar en Las meninas), anticipa el retrato de la cámara en la propia fotografía.

Pero el mecenas de estos nuevos autorretratos especulares que culminan, de momento, una práctica a la que tampoco es ajena el cine no es la nobleza ni la burguesía adinerada, sino Internet. De ahí que, aunque protagonizados por todo tipo de personas, los reflectrogramas exhiban en su mayoría el cuerpo de los nativos digitales, es decir, el de los jóvenes. Pensados para ser compartidos “hasta el infinito”, circulan por cientos de miles en las redes sociales, reforzando nuestro sentimiento de pertenencia a la comunidad que, al mismo tiempo, contribuyen a construir. Esta conducta ha llevado a Fontcuberta a proponer una nueva lectura del mito del Gran Hermano, convertido ahora en “una infinitud de reality shows a escala individual” a través de la que todos compartiríamos de manera democrática el registro icónico de nuestra experiencia cotidiana. Pero es tal la información que exhibimos en las redes sociales sin que nadie nos la pida, sumada a la obtenida por satélites y cámaras de vigilancia, que, por el contrario, es casi imposible no sentirse vigilado e imaginar con Alberto García-Alix que, cuando vengan a buscarnos, ni siquiera “podremos quejarnos. Nos dirán: «usted mismo se delató»”.

En cualquier caso (el choque de estas dos interpretaciones del Gran Hermano revela una nueva lucha de clases por el control de la imagen), tal proliferación de reflectrogramas nunca hubiera sido posible sin la popularización de los mecanismos de producción de la imagen, en la prehistoria reservados en exclusiva al chamán, miles de años más tarde al pintor y algunos siglos después al fotógrafo profesional. Con la masificación industrial de las cámaras digitales y los teléfonos móviles con cámara de fotos culmina un proceso cuyas consecuencias incluyen que, para bien o para mal, un niño de diez años pueda llevar en el bolsillo “un complejo dispositivo de computación y comunicación que, entre otras muchísimas cosas, permite tomar fotos”. En teoría, ahora cualquiera debería poder ser dueño de su propia imagen: la democratización en la producción de la misma debería liberar a la mujer de la mirada hegemónica, a saber, la del especialista masculino, pues la inmensa mayoría de los que a lo largo de la Historia han detentado el privilegio de generar imágenes han sido hombres. Pero Fontcuberta no puede evitar preguntarse si lo consiguen, si en la práctica, cámara en mano frente al espejo, las jóvenes no hacen más que reproducir posturas estereotipadas que, como en la publicidad, como en el cine de Hollywood, las convierten en cuerpos-objeto, en meros continentes de placer (visual o incluso táctil). Aunque, quizá como una primera consecuencia de esta liberación, “los reflectrogramas femeninos son muchísimo más abundantes que los masculinos” (en buena medida, gay o, según la RAE, gais), muchas de estas jóvenes (ya se sabe, nos recuerda Román Gubern, la mayoría siempre es conservadora) siguen inspirándose en las modelos de las portadas de revistas como Playboy o incluso Penthouse, diseñadas para el disfrute de los hombres, como si las nuevas mujeres no vieran en su cuerpo más que el mero portador de las fantasías sexuales masculinas. En los retratos de pareja, de hecho, suele ser el varón quien sostiene la cámara, quien controla la imagen.

Por medio de distintos recursos técnicos, muchas de las autoras (y, recordemos, a la vez protagonistas) de los reflectrogramas autocensuran su cara para ocultar su identidad, de forma que de esa tensión entre el exhibicionismo y el deseo de anonimato resulta la fotografía de un cuerpo inerte, como el de los personajes-maniquí guillotinados por el encuadre de un fotograma filmado por Robert Bresson, como el de las piezas de caza que integran la “naturaleza muerta” de los bodegones barrocos. En cualquier caso, retratarse frente al espejo implica gustarse: el objetivo de los reflectrogramas es, como explica Fontcuberta, seducir, publicitar unas características físicas, una personalidad o la pertenencia a determinado grupo social, “vender un yo”. Pero, de acuerdo con Jacques Lacan, ese yo reflejado en el espejo no somos nosotros, es otro, una ilusión. De niños, nos identificamos con nuestro reflejo, pero al llegar a la adolescencia nos decepciona comprobar que hemos dejado de reconocernos en ese otro del espejo. Como Narciso, el personaje del mito ovidiano que se enamoró de su propia imagen devuelta por el agua de una fuente, ¿nos enamoramos al reconocernos en otra persona?

Incapaces de resistir la tentación de exhibir su cuerpo, muchas jóvenes ocultan, decía, su cara, como conscientes de la máxima de nuestra sociedad del espectáculo: “ser es ser percibido”, analogía contra la que se rebela el protagonista de Film, la película escrita por Samuel Beckett. Por más que huya de la mirada de todos, el personaje interpretado por Buster Keaton existe exclusivamente merced a la cámara que lo filma, al ojo que lo ve allá donde vaya, a otro yo. Pero la premisa de la sociedad del espectáculo responde también a la lógica del supermercado: como el producto a la venta en el estante correspondiente, diseñado para llamar la atención del consumidor entre el resto, los reflectrogramas existen sólo para ser percibidos (son, como sabe Jorge Alemán, un encuentro con el ciber-otro). Sus autores aplican las estrategias de publicidad y marketing a, puf, la narración de su yo ¿Nos vemos, os veis, chicas, como mercancía?

El yo del espejo, sin embargo, no somos nosotros. Reflexionando sobre el relato autobiográfico, que incluye al autorretrato, Estrella de Diego se pregunta por los límites entre verdad y ficción y por la relación entre sujeto y objeto, tan cerca en este género que podrían parecer el mismo ente, para concluir, no obstante, que toda narración autobiográfica es ficticia. Vislumbre que también parecen sugerir los muchos reflectrogramas manieristas realizados sobre barandillas, alcachofas de ducha, espejos esféricos y otras superficies deformantes. En el texto que acompañaba a la instalación fotográfica Blow up Blow up, que pudimos ver en la galería Casa sin fin, Fontcuberta, tan borgiano que una retrospectiva sobre buena parte de su obra bien podría titularse Ficciones, escribía que “por más real que parezca, cualquier imagen contiene la amenaza de una falsedad inevitable”. En nuestros brazos sólo quedaría el “cadáver de la representación”.

Otra de las señas de identidad del reflectrograma es el catálogo de errores que exhibe, que incluye desde “tomas borrosas debidas al desenfoque o al movimiento, encuadres mutiladores de la figura, elementos obstruyendo el objetivo, colores exageradamente artificiales, densidades demasiado claras u oscuras, aberraciones ópticas, texturas granuladas o pixeladas” a, de manera destacada, el uso inadecuado del flash. De hecho, que la cámara apareciera en una fotografía tomada frente al espejo siempre me había parecido un error (mucho antes de imaginar siquiera que acabaría existiendo un neologismo para tal género): ¿no sería más práctico enfocarte a ti mismo mientras observas tu imagen en la pantalla de la cámara reflejada en el espejo? Pero para sus autores, la mayoría fotógrafos no profesionales que encuentran acomodo en la ausencia de canon de Internet, está claro que todos estos ruidos que obstaculizan la lectura de la imagen no son errores, de la misma forma que para el espectador son interesantes elementos de análisis, como los construidos a base de disparar el flash en contra de lo prescrito por la norma (que implica saber cómo se comporta la luz), con el fin, eso sí, de eclipsar los atributos sexuales o el rostro o, en cambio, crear un aura alrededor de él. Hallazgos que se suman a los aportados por los reflectrogramas que juegan con más de un espejo, que, al mostrar “una misma” realidad desde distintos ángulos a la vez, parecen querer revivir cierto cubismo fotográfico, o por los protagonizados por cyborgs, individuos que se acercan tanto la cámara a la cara que el objetivo parece haber sustituido al ojo.

Los artífices y protagonistas de los reflectrogramas no quieren ser artistas. Fontcuberta, de hecho, llega a poner en duda que sean siquiera autores: si bien sus fotografías evidencian una intención, ésta no es artística, es otra. Lo que convierte un mero autorretrato fotográfico frente al espejo en un reflectrograma es la mirada crítica del autor-espectador: la autoría ya no consiste en producir imágenes, sino, como a través del efecto museo puesto en evidencia por el urinario de Marcel Duchamp, en dotarlas de valor. El autor ya no como productor de objetos, dice Fontcuberta, sino como prescriptor de valor, de sentidos. Pero, cuestionada la noción tradicional de autor, ¿qué hacer con sus derechos tradicionales? “¿Cómo abordar hoy la propiedad de las ideas en una plataforma [Internet] nacida precisamente para compartirlas?” La solución no parece estar, como pretenden los ministerios de Justicia y las academias de cine comercial, en tratar a las ideas (intangibles, infinitas) como si fueran materiales (tangibles, finitas).

A través del espejo se adscribe a un nuevo modelo de relación entre el autor y el espectador (o lector, consumidor, etc.): ya no importan tanto las relaciones dentro de la propia obra como la interacción del espectador con la obra. Se busca un público activo, participativo. Y ese es el público que queremos para este fanzine: OS PROPONEMOS que paséis a ser artífices y protagonistas. Que realicéis vuestros propios reflectrogramas y nos los mandéis a sara.mago.fanzine@gmail.com acompañados de vuestro nombre, seudónimo o nick. Nosotros, que también haremos nuestras propias interpretaciones, subiremos todas las fotos a nuestro blog, www.saramagofanzine.wordpress.com, e imprimiremos las que más nos gusten (y las más votadas por vosotros) en el siguiente número, como el resto de contenidos de la revista, bajo licencia Creative Commons. Como los revolucionarios que rompen los cristales de los escaparates y funden así los espacios de la tienda y de la plaza, como la ropa interior tendida en un balcón que da a la calle (risas), todo reflectrograma conlleva una transgresión política, es decir, convierte en público lo privado. Los rautorretratos eróticos y pornográficos conllevan además una transgresión moral, incluso religiosa. Mostradnos lo impensable. Mostradnos lo que no está permitido. Nos retrataremos frente a un espejo o, recordemos, frente a “cualquier otra superficie reflectante” (otro ejemplo: unos azulejos). Objetivo: conocerse y conocer a través de la imagen, una imagen que no seremos nosotros (a veces veremos en ella a un rival, a veces a un amigo). Y, si espejo y fotografía son una construcción, ¿por qué no, como los constructivistas, retocarlas, modificarlas a nuestra voluntad? ¿Por qué no disfrazarnos? Chicas, la feminidad no está tan determinada por vuestro sexo, por el hecho de que seáis una mujer, una hembra, como por vuestro género, por el hecho de que aceptéis y asumáis el conjunto de roles sociales y conductas culturales que se os reservan (la práctica icónica más cotidiana de la sociedad del espectáculo no es, ya que estamos, el reflectrograma, sino el maquillaje). “¡Sí, señor!, les enseñaremos el ojete”, ríe García-Alix mientras nos reta a contestar al Poder con una “imagen colectiva y anónima” de nuestros culos desnudos. Experimentar para salvar la fotografía. Vamos. ATRAVIESA EL ESPEJO…

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