Conchi L. Andrada


They filled our hearts and hands with violence
With violence, with violence
It’s time to leave the fields behind us
Behind us, behind us
In silence

(Low, “In silence”)

Cuenta Marcel Cobussen en su artículo “Silence and/in music” que el silencio no deja traspasar la música: “Through this ‘non-ceasing’ music, which resounds beyond the limits of its audibility, silence acquires a different form of musical Dasein”. El silencio es heterogéneo: el silencio y el silencio no necesariamente coinciden. En la música minimalista, el silencio funciona como un fantasma o sombra, el silencio impregna el sonido, llegando a ser audible. El silencio genera la continuidad que a veces es interrumpida por los sonidos. John Cage es el gran maestro del silencio. El músico estadounidense ofrece múltiples formas de escuchar el silencio. Su obra más conocida es 4’33”, cuatro minutos y medio de silencio. Esta obra está pensada para un número indeterminado de instrumentos, que durante su ejecución no deben producir ningún sonido. He aquí la primera versión editada de 4’33”:

La partitura se articula a partir de la palabra “Tacet”, que indica que el intérprete permanezca en silencio durante un movimiento.

 

I

Las palabras ya no nos pertenecen. Las palabras dejan de decir cosas. Las palabras ya no significan lo que significan. Las palabras condicionan nuestra forma de ver el mundo. Son el modo en el que vemos la realidad (o la “realidad”), el instrumento con el cual categorizamos lo que nos rodea. Sin embargo, la entraña de la palabra ha perdido su historicidad. Es por esto por lo que, precisamente, solo nos queda el silencio o “los silencios del silencio”. El silencio puede ser exhibido como acción. Cada vez que guardamos silencio decidimos. El silencio debe determinar la acción. El expolio de la palabra tiene como consecuencia la necesidad del silencio, la negación del lenguaje. Pero el silencio debe ser lúcido y rabioso como el de Elisabet Vogler.

Ser, no parecer, sólo ser Elisabet Vogler.

Abandonemos las palabras. La protagonista de Persona (1966) de Ingmar Bergman decide guardar silencio absoluto. Su decisión revela “una gran fuerza psíquica” y una profunda voluntad de incomunicación. El monólogo de la doctora indaga en las causas por las que Elisabet ha decidido no hablar: “¿Crees que no lo entiendo? El absurdo sueño de ser. No parecer, sino ser. Consciente, alerta cada instante. Y, al mismo tiempo, el abismo entre lo que eres ante los demás y lo que eres ante ti misma. La sensación de vértigo y la sed constante del desenmascaramiento. De verte por fin descubierta, reducida, quizá aniquilada. Cada tono una mentira y una traición. Cada gesto una falsificación. Cada sonrisa una mueca: el papel de esposa, el papel de colega, el papel de madre, el papel de amante. ¿Cuál de ellos es el peor? ¿Cuál te ha causado más tormento?”

El propio Bergman explica en sus memorias el porqué de la negación de la palabra por parte de la protagonista del film: “La señora Vogler ansía la verdad. La ha buscado por todas partes y a veces ha creído encontrar algo sólido, algo duradero, pero de pronto el suelo ha cedido. La verdad se ha diluido y desaparecido o en el peor de los casos se ha convertido en una falsedad”.

Hay un momento en el que, sola en la habitación, Elisabet Vogler ve por la televisión a una monja budista quemándose a lo bonzo. Ante el horror ya solo queda la renuncia a la palabra, el no-decir. Asimismo, el silencio debe actuar, ser ejercido como el suicidio ritualista de la palabra, el punto de partida de la protesta social, del desorden y la subversión.

Acaparemos el silencio, el silencio sí nos pertenece.

 

II

Se puede considerar el silencio como una de las (muchas) formas de comulgar con el poder (el silencio de la buena gente). El silencio contendrá todo lo posible, es susceptible de significar lo que el dominio induzca. Guardar silencio es ser cómplice. Todavía estamos a tiempo de practicar un silencio con valor de acción, voluntad y movimiento. Un silencio activo y a la contra.

Toda decisión política busca en última instancia preservar al propio poder. Enunciar la palabra es reafirmar el poder del otro ¿Crees que lo que dices es tuyo? ¿Crees que te corresponde? La sociedad de consumo, la sustancia viscosa neoliberal, la que impregna nuestras vidas a través del uso estratégico de la lengua, ha reducido al ser humano de sujeto a objeto de consumo. Eres lo que consumes.

A la palabra se le ha desposeído del armazón histórico. Es decir, de toda su capacidad de subversión. El dueño de la palabra ha cambiado. Antes el intelectual humanista, ahora el mercado. Todos son discursos rebosantes de palabras huecas, vacías, que repetimos bajo el hechizo del verbo. Como un salmo, una proclama, un eslogan. De acuerdo con Bernstein, funcionamos por la semejanza de comportamientos y por la definición cerrada de los roles sociales. La lengua expresa las exigencias del rol y no las individualidades diversificadas y cambiantes.

Las palabras no nos sirven.

III

Se dice que las palabras pueden curar. También se dice que puedes ser esclavo de tus palabras. Cuando la palabra se somete a la estructura de poder solo poseemos la amplitud de la negación, de la tachadura. Es lo único que nos queda, lo único que resiste. Lyotard traduce el silencio como un espacio hondo, abismal y latente para el ser humano. El silencio metafísico es el espacio de angustia y pesadumbre humana ante la falta de legitimidad de los discursos de las instituciones, lo cual “no significa que el que calla no tiene derecho, es que no ejerce su deber de interlocución”.

La obra de Samuel Beckett es el gran destierro de la palabra. El ser no puede expresarse, el silencio se hace necesidad. Poco a poco despoja a sus personajes de frases, retórica y andamiaje estilístico. Beckett asume el fracaso de la comunicación y la imposibilidad del lenguaje y del objeto representado: “Al ser humano se le ha hecho lo imposible para que elija. Para que tome partido, para que acepte a priori, para que rechace a priori, para que deje de mirar, para que deje de existir, delante de una cosa que simplemente habría podido amar, o encontrar fea, sin saber por qué”

Al igual que los personajes de Beckett asimilemos el silencio como proceso de negación, el mutismo urgente como el camino para la liberación.

“¡Uno! ¡Silencio!”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s